La Navidad y el silencio

 

         Con este título  salió ayer un artículo mío en DN. Podría parecer una pequeña provocación en medio del tumulto electoral. O un hartazgo de política. O, qué sé yo, un arrebato «místico» (con comillas, como siempre que se usa este endiablado epíteto, a menudo mal empleado). O nada de eso. Al artículo de ayer añado esta breve glosa.  La verdad es que, en comparación con las religiones del Extremo Oriente, jainismo, budismo, hinduísmo…, existe le tendencia en el cristianismo a acentuar el aspecto ético y social de la fe, a costa de la transformación personal. La mayoría, o la gran mayoría de los cristianos, sobre todo católicos occidentales, es poco propicia a la meditación, y menos aún al silencio. Y, sin embargo, lo necesitamos, para escuchar a Dios que escuchó a los hombres; al Dios del éxodo, al Dios liberador, que clama desde todas sus creaturas. Un poeta español, Benjamín González Buelta, escribe en su poema Encuentro (1989): Si multiplico las palabras / hasta abrumarte en tu sllencio / ¿cómo seré capaz de escuchar / el grito rebelde del oprimido / y la queja muda del saqueado? Necesitamos cultivar el espíritu contemplativo para descubrir la presencia y la ausencia del reino de Dios en este mundo. Con el silencio profundo de los profetas, para poder después decir cuando convenga palabras como látigos o anuncios como promesas. Con el silencio de María,  la madre de Jesúss, la silenciosa, para poder cantar un día las maravillas que en ella y  en fieles como ella hizo y hace el Señor.