Exigencias de la vocación apostólica (I)

 

 Nota sobre los poemas dominicales

           Durante estos últimos seis años. he ido publicando, todos los domingos, poemas relacionados casi siempre con cada evangelio fijado por el Año Litúrgico correspondiente. Digo casi siempre, porque mi intención primera no era el fragmento evangélico de cada día, sino el fragmento evangélico relacionado con el Jesús histórico, que he ido buscando y estudiando todos esos años. Pero, pasado todo este tiempo, veo que he ido traduciendo casi todos los textos dominicales por mis llamados poemas bíblicos, algunos de los cuales vengo repitiendo dos o tres veces, y, a este paso, en adelante tendría que repetirme mucho más. Por lo que, desde hoy, iré publicando, los primeros días de la semana, algunos poemas bíblicos más, aunque no tengan que ver con el fijado por el Año Litúrgico, o algunos otros versos o prosas que tengan que ver con el mundo religioso o eclesial.

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                                                  Exigencias de la vocación apostólica

(Luc 9, 57-62; Mt 8, 18-22)

A un discípulo que prometió a Jesús
seguirle a donde quiera que fuese,
le contestó, prudente, el Maestro:
Los zorros tienen guaridas y los pájaros nidos,
pero el Hijo del Hombre no tiene
dónde reclinar la cabeza. 
(¡Piensa bien lo que haces!)
El nuevo hogar es el reino de Dios,
la nueva familia de hermanas y hermanos.

Otro, que, al decirle Jesús que le siguiera,
le pidió primero enterrar a su padre.
Deja -tuvo como respuesta-
que los muertos entierren a sus muertos.
Tú ven y anuncia el reino de Dios.
Enterrar a los muertos era y sigue siendo

la mejor obra entre las obras buenas.
El proverbio escandaloso y provocador del Maestro
subraya sobre todo la importancia suprema del reino de Dios.

Un tercer  discípulo, en fin, que, antes de seguirle,
quería despedirse de los suyos,
oyó de labios de Jesús de Nazaret:
Nadie que pone su mano en el arado y mira atrás
es apto para el reino de Dios.
El Maestro evoca aquí el caso de Eliseo,
que estaba arando con doce yuntas de bueyes
e iba detrás de la última.
El profeta Elías pasó junto a él y le cubrió con su manto.
Eliseo quiso despedirse de sus padres, 
pero luego se volvió, sacrificó los bueyes
y celebró con ellos un banquete.
Después marchó tras Elías y se puso a su servicio.
Así dejó el rico heredero su oficio y su familia.
La causa de Dios no admite demora alguna.