Volviendo a Ortega (III)

 

                       En su tercera lección del  exitoso curso Qué es filosofía (1929, Universidad de Madrid, sala Rex y teatro Infanta Beatriz), un verdadero acontecimiento cultural en España, hablando de la filosofía y de la física, de su mutua relación y de la relación e independencia de las ciencias entre sí, José Ortega y Gasset nos pone un ejemplo preclaro de la autonomía de la teología y de su independencia de la filosofía, de la que durante siglos se sirvió como ancilla (esclava).

Y pone como ejemplo supremo la obra inmensa del  pastor y teólogo calvinista suizo Karl Barth (1886-1968), que con su teología dialéctica intenta recuperar la divinidad del Dios de Jesucristo, su radical alteridad y soberanía frente al hombre. Alteridad y soberanía que habían sido limadas y coartadas por toda la teología dominante en las universidades europeas del protestantismo llamado liberal, que, partiendo desde el hombre, cultivaba una teología antropocéntrica. Barth y sus seguidores, que tendrán una enorme influencia entre los teólogos, tanto protestantes como católicos posteriores, vuelven al revés el trámite y elaboran una teología teócéntrica:

El hombre, por definición, no puede saber nada sobre Dios partiendo de sí mismo y de su intra-humana mente. Es mero receptor del saber que Dios tiene de sí mismo y que envía en porciúnculas al hombre mediante la revelación. El teólogo no tiene otro menester que purificar su oreja donde Dios le insufla su su propia verdad, verdad divina inconmensurable con toda verdad humana y, por lo mismo, independiente. En esta forma  se desentiende la teología de la jurisdicción filosófica. La modificación es tanto más notable cuanto que se ha producido en medio del protestantismo, donde la humanización de la teología, su entrega a la filosofía, había avanzado  mucho más que en el campo católico.