No a una paz injusta

 

                     Mientras la Rusia de Putin sigue machacando la mártir Ucrania, aprovechando la infame decisión de Trump de suspender ayuda a la nación invadida, leo un trabajo de Miguel Ángel Malavia, en VN, que comienza recordando el Holodomor, la hambruna terrible, padecida en Ucrania en tiempos de Stalin, y la nefasta Conferencia de Munich, en 1939, cuando Chamberlain (y tantos otros) confundió las cesiones y las concesiones a Hitler con la paz en Europa.

El  primado de la Iglesia greco-católica ucraniana evoca los 67 pastores de las distintas iglesias muertos durante la guerra, las 670 iglesias destruidas, los 7 millones de refugiados, los muertos sin número (¡por ser tantos!), al grito de ¡Cristo ha resucitado! ¡Ucrania resucitará!

Caritas Española, que recoge testimonios dramáticos de refugiados en nuestro país, nos informa que ha apoyado en estos tres años a 4´8 millones de ucranios que encarnan el dolor de un pueblo crucificado.

Como respondiendo a las falsas voces futuras, que con la excusa de la paz, evitarían condenar al invasor, castigar al verdugo y ayudar a la víctima, el autor trae a colación al filósofo cristiano ruso Vladímir Soloviev, cuando escribió que el diablo se apoderará del mundo con el lema promover la paz en toda la tierra.

La célebre religiosa dominica argentina, residente en cl convento de Santa Clara de Manresa, Lucía Caram, ha sido una de las heroínas que desde el primer momento ha destacado por su activa participación en la ayuda al pueblo ucraniano, con nada menos que 32 corredores humanitarios, siguiendo el llamamiento del papa Francisco, hasta las mismas trincheras, con toda clase de cooperación. Con toda la fuerza de su carácter, fustiga a Trump y Putin, defiende a las victimas, culpables únicamente de defenderse, y alza su grito profético: ¡Por favor, ayudadnos a ayudar. Vamos a seguir mientras  tengamos fuerzas, pues nos las da Dios!

Adriano Roccucci, en fin, coordinador de la ayuda de Sant Egidio a Ucrania, movimiento pacifista y pacificador dentro de la Iglesia donde los haya, beneméritos como nadie por haber participado en mil conflictos en todo el mundo, guerras, posguerras y acuerdos de paz, habla de esa paz difícil de lograr, y sostiene juicioso que los procesos de negociación no sirven de nada cuando todo está todo resuelto, sino que son útiles cuando las guerras continúan y las posiciones son opuestas. Y, tras mencionar la labor humanitaria llevada a cabo por Sant Egidio, radicado ya en Kiev y en tres ciudades ucranias más, con 3.200  toneladas de ayuda en 168 camiones desde Europa (sobre todo desde Italia), une la realidad de esa ayuda humanitaria con el objetivo primordial de la paz: La solidaridad concreta con las necesidades humanitarias de los ucranianos es una inversión para la paz. En cada acto fraterno hay una acción por la paz.