Mientras, un día sí y al otro también, nos enteramos de las hazañas por sobrevivir de las exmonjas clarisas rebeldes de Belorado, las clarisas del Monasterio de Cubas de la Sagra (Provincia de Madrid y Diócesis de Getafe) celebraron, la semana pasada, con una misa de acción de gracias, en presencia del nuncio papal y de muchos obispos, la beatificación de la famosa abadesa Sor Juana de la Cruz (Azaña, Toledo, 1481- Cubas de la Sagra, 1534), popularmente llamada en su tiempo la Santa Juana.
Aquella mujer fuerte y santa, realista y visionaria, gran predicadora, a la que fue a escuchar el mismísimo emperador Carlos, nombrada párroco de su parroquia y protegida por Cisneros. A la que dedicó una trilogía teatral Tirso de Molina y Lope de Vega un soneto, y cuyos Sermones, copiados por una hermana clarisa, dieron mucho que escribir a varios teólogos e historiadores durante siglos y no poco quehacer a la mismísima Inquisición.
Lo cierto es que la fama de santa no ha dejado de durar y propagarse desde entonces, mientras el proceso de beatificación se había varado poco después del Concilio de Trento. El papa Francisco, el pasado noviembre, reconoció y aprobó su culto inmemorial, sin necesidad de milagro ni de una ceremonia especial.
Confieso que, como he escrito otras veces, es lo que a mí me gusta: que las beatificaciones y canonizaciones tengan su base en la fama de santidad, es decir en el pueblo fiel que, conociendo de cerca las virtudes de los verdaderamente santos, sea quien eleve la petición de reconocimiento posterior por la Iglesia local, nacional o universal como modelos y prototipos de santidad, sin necesidad de milagros, siempre discutibles e inciertos, y con frecuencia tachados de discriminación.