(Mt 6, 7-8; 7, 9-10; Lc 11, 9-13)
La oración puede liberar al hombre de la tiranía del yo
o puede hundirle en la sima de la magia
al intentar poner a Dios a sus pies.
Largas, insistentes palabras, mil veces repetidas,
toda una jerga extraña, artificiosa,
a menudo incomprensible,
llenaba los templos de los dioses,
que obligaban a escuchar a la deidad.
Jesús recomienda a sus discípulos
no parlotear igual que los paganos,
porque el Padre sabe bien lo que cada uno necesita,
incluso antes de pedírselo.
Incluso, antes de que llamen, contesto,
mientras siguen hablando los oigo,
escribió el tercer Isaías.
La respuesta del Dios de Jesús a la oración del hombre
puede parecer segura, contundente:
Pedid / y se os dará. Buscad / y hallaréis.
Llamad / y se os abrirá.
Porque todo el que pide / recibe.
El que busca / halla,
y al que llama / se abrirá.
¿Es que Dios es peor que cualquier padre
para dar a su hijo una piedra en vez de un pan,
una culebra en vez de un pez,
un escorpión en vez de un huevo?
Jesús habla del final de los tiempos,
marcados por la llegada inminente del reino de Dios,
gracia inesperada, sorprendente, inmerecida,
en todas las cosas buenas que abarca,
con las que podamos regalarnos como niños,
con el don supremo del Espíritu Santo,
mimados por el Padre.