Salíamos de Estella el viernes, hiciera el tiempo que hiciera, en la primera Javeriada; dormíamos en San Martin de Unx; caminábamos después hasta Liédena, donde pasábamos la segunda noche, y desde allí, el domingo, de par de mañana, salíamos tranquilamente hacia Javier.
Ya en Pamplona, después de muchos años, salíamos tres compañeros, en la segunda Javeriada, desde Noain; más tarde, cuando fui haciéndome mayor, me llevaban hasta Monreal, y después hasta Liédena o hasta Sangüesa, y desde allí me unía a los otros más jóvenes, que seguían saliendo desde Noain, y juntos terminábamos la caminata hasta el santuario. Dejé varios testimonios escritos de aquellas hermosas jornadas.
Ahora me contento con llegar en coche hasta el aparcamiento a cielo abierto junto al Río Mayor, que esta vez viene bravo, con muchos troncos y ramas de olmos y álamos en sus orillas, y desde ahí, yo ya con mis bastones de monte, subimos hasta la explanada del castillo.
A la salida de Noain hemos visto algunas bicis; cerca de Monreal, los últimos caminantes, y a partir de Monreal y de Idocin, grupos variados y coloridos van plácidamente por la carretera vieja, sin coches que los molesten, y con la alegría que da el frío, la marcha a Javier y el desayuno o almuerzo («mordida») que nunca faltó. Solos, en parejas, en pequeños grupos, mixtos casi siempre, o en gran caravana andante, con cruces de madera, con banderines o algunas banderas, de todas las edades, aunque sobre todo jóvenes, de todos los estilos de andar y vestir, al sol a menudo interrumpido por unas grandes nubes blancas… desfilan hacia el Este, pensando de muy variadas maneras, pero buscando, cada uno a su modo, lo mejor que espera de su vida. Pasado Yesa, de todos los caminos, por los cuatro puntos cardinales, vienen peregrinos a Javier.
Nos empuja un cierzo frío afilado, con olor a nieve, que sobrevuela la encinosa sierra de Leire o se cuela por su cola occidental, que nos obliga a llevar gorros, bufandas o acolchados de todo tipo. Han desbrozado un poco el camino asfaltado, y en los bordes refulgen en su humildad las violetas pilosas.
En la explanada hay algunos grupos sentados en los bordillos exteriores, y algunos coches de padres con niños. Las planchas de metal que dividen los espacios –Caja Rural– están tiradas en el suelo por el viento. Allí lejos, en el barrio comercial, un gran rebullicio de colores. Suben y bajan al/del santuario devotos y devotas por las escaleras largas sobre las rocas bravías que fundamentan la iglesia y el castillo. Rocas de Javier. De ellas se forjó el Maestro. De roca fue su carácter, su talante, su fortaleza, su resistencia, su santidad. Todo, casi sobrehumano.
El coro de cipreses itálicos que guardan celosos el rincón de ruejos del viejo poblado, con la iglesia bautismal del santo en su centro, sigue apuntándonos, impasibles, tenaces, al cielo de Dios.
La misa en la iglesia nueva es una misa rasa, diaria, sin música. Los jesuitas dejan la celebración para la eucaristía multitudinaria de la tarde.
La vuelta por la misma pendiente es más cómoda y ya ya no tenemos que contar hasta treinta o cuarenta. Volvemos un rato por la misma carretera. Yesa parece ahora un cuadrivio internacional. En un momento pasamos bajo la carretera por donde llega el grueso de peregrinos coloristas haciendo un bello contraste con las flores níveas de los espinos y los endrinos del ribazo, que es maravilla.
Vamos a Sos del Rey Católico. De roca a roca. De castillo a castillo. De magia a magia. En el patio del Parador, donde tomamos café, bajo la balconada septentrional, ha florecido el pissardi (prunus cerasifera), el ciruelo japonés, con pretensiones de cerezo.