La dualización social en España se ha ido adelgazando en la banda de los empleados, con un trabajo más o menos fijo, y densificándose en la de los desempleados o mal empleados, a los que desde hace unos años se ha añadido una notable cifra de los inmigrantes sin trabajo y sin integración en la sociedad en la que viven, dando lugar a esa cultura llamada de la infraclase (Josué de Castro), que suma a menudo fatalismo, anomia y rechazo al techo normativo del resto de la sociedad. Juan González Anleo, tras repasar las principales notas que Menéndez Pidal atribuía al español típico del siglo de oro, enumera algunas notas características del español actual, antipódicas de aquéllas: cultura de la permisividad, el presentismo, el culto al consumo, la cultura privatista o la cultura de la lasitud (templanza frente a fortaleza). Como en toda enumeración teórica, por muy producto que sea de la inducción más realista, siempre hay claros para las excepciones o elusiones; así de aquellos valores menéndez-pidalinos parecen quedar todavía en pie alguna de las notas del español, como ser afectivo y pasional, osado e impulsivo (más contestado), hombre de honor (¿de qué honor?)… Lo cierto es que al socaire de esas nuevas notas sociales, que pueden pasar por legítimas, se escondía y se esconde, como vamos viendo a todas horas, la cultura social de las corrupción o de las corruptelas cotidianas (fraudes, trampas), algunos de cuyos elementos más comunes son el excesivo culto al dinero; la irresponsabilidad generalizada en todos los niveles; el desprecio de la igualdad, que es, por cierto, el valor teórico más exaltado; el desprecio de la ley, que no es cosa precisamente de hoy. Casi siempre son los políticos los denunciados como corruptos, culpables como son de haber politizado casi todas las instituciones, hinfladas y sobredimensionadas para sus propósitos, pero suelen dejarse de lado, salvo en casos estruendosos, muchos de los corruptores o de otros corruptos que no son políticos y que pertenecen casi siempre a los niveles económicos o económíco-sociales, que parecen intactos e intangibles. Total, que España está bajando en todas las listas de países medidos por los criterios de la transparencia, de la honradez y de la limpieza democrática. La corrupción de las costumbres, del ethos, o moral, acompañada o no por la económica, ha rebajado nuestra sociedad en general; ha empobrecido nuestros valores sociales, que nunca fueron muchos ni muy altos; ha minado los fundamentos de nuestro Estado de derecho, de aquella democracia, que en los tiempos de la Transición, dio la vuelta al mundo. Hoy todavía nos despertamos demasidas veces con algún nuevo escándalo: a Marbella, el Liceo de Barcelona, las cuentas de la Hacienda vasca en Irún, ayuntamiento de Móstoles… han sucedido los Gürtel en Madrid y Valencia, los ERES de Andalucía, los casos Munar y Matas (con muchas matas alrededor) en Mallorca, el ayuntamiento de Sabadell, las nuevas cuentas en Suiza de catalanes y no catalanes y… muchos menores más, en los que ya no nos fijamos. ¿Será la crisis un incentivo más para la vuelta a esos valores que ya llamamos emergentes y que eran los tradicionales, no sólo del español del siglo de oro, sino aquéllos que queríamos cultivar hace no muchos años? Es posible. Y en ciertos casos es más que probable.
