Uno es no solo de donde nace, sino también de donde vive y, sobre todo, de donde quiere vivir. Robert Francis Prevost ha querido ser norteamericano de Chicago y peruano de Chiclayo, además de papa de una religión universal. Nos alegra, cómo no, que sea americano del norte y del sur, que su apellido segundo sea Martínez, que su bisabuelo fundara un colegio francés en Huelva, que conozca tan bien España…, y cosas así. Los asiáticos tienen que esperar un poco. Cada vez serán más, y tiempo y ocasión no les faltarán.
Nos alegra asimismo que todo el mundo le tenga como amigo fervoroso de Francisco, pero a quien no sucede, sino a San Pedro, primer papa y mártir. Y que al mismo tiempo tenga su carácter y su estilo -eso que llamamos genio y carisma- y llene los huecos que su antecesor dejó abiertos. Está claro que será menos locuaz que Francisco y que hará menos entrevistas y declaraciones, aunque nunca se sabe: es aficionado a los tuits…
Nos alegra mucho más que todo el mundo pondere su decisiva condición de misionero, miembro de una Orden de origen misionero, hijo humilde y estudioso del mayor Padre de la Iglesia, el gran San Agustín, obispo de Hipona, in terra infidelium.
Lo demás… dejemos a Dios y a todos los muchos hombres que le ayudarán. Y a un Concilio en lejanía para poder hacer lo que un papa, por enérgico y creativo que sea, no puede hacer.
Nos alegra, y mucho, que el mundo entero haya tomado más en serio que nunca la defunción de un papa y la elección de otro.
Me ha sorprendido muy gratamente la calidad y la exquisitez de los medios informativos y de sus muchos profesionales, de casa y de fuera de casa, en prensa, radio y televisión, que han dedicado muchas horas de trabajo, de reflexión, de información sobre los dos dos papas, sobre la Iglesia y sobre la Iglesia en el mundo. No esperaba, la verdad, la calidez de El País, o la maestría de la Sexta y de la Cuarta.
Tampoco esperaba la sordidez de Público -el artículo de Cristina Fallarás me ha recordado a José Nákens y El Motín-; ni la frialdad de The Objective -los ex de El País-; ni los tristes e injustos artículos de José Varela en El Confidencial o de Fernando Fernández Savater en The Objective, llamando a Francisco peronista o tipo Perón y mofándose de los políticos y escritores entusiastas del papa argentino. Vivir para ver.
Dixi et salvavi animam meam.