Lo escribo , temblando de emoción, cuando todavía no sabemos quién es. Mientras el elegido -¡in crucem!, dicen que dijo san Pablo VI cuando fue elegido: lo acepto como cruz- se prueba la sotana blanca y los zapatos -¿rojos o negros?- en la capilla de las lágrimas y repasa o se inventa el nuevo nombre para su pontificado. E imaginando muy de lejos qué sea todo eso -llegué a Roma por vez primera la mañana en que Juan XXIII fue elegido papa- y sabiendo un poco lo que eso significa, pongo en manos de Dios los años de pontificado de que quien va a ser sucesor de san Pedro como obispo de Roma. Y rezo en latín, como oración de fe y de súplica, puesto de rodillas ante el Crucifijo del cardenal Vida y Barraquer, que me regalaron sus sobrinos, el Credo de los Apóstoles, que era el que rezábamos ante el altar de la Confesión, en la basílica San Pedro, cuando llegábamos a Roma o no despedíamos de ella, en aquellos años felices.
–Credo in unum Deum…