Triste 11 M

En situaciones normales y en sociedades normales, una gran desgracia colectiva, natural o cometida por los hombres, es un luto, un dolor y una consternación colectivos. Y al mismo tiempo, como  un bien «nacido» del mal, un sentimiento-afecto colectivo de unión, de unidad, de cohesión, de com-pasión, de animación y de esperanza compartidos. No fue así, ya desde un principio, el tristísimo 11 M para los españoles. El sentimiento-afecto por la desgracia colectiva, acción terrorista en este caso, mucho más grave que un maremoto (tsunami) -y tanto más cuanto que indiscriminada- pasó pronto, y pronto se enzarzaron unos y otros en una discusión y en una pelazón sin fin, que a los siete años los tiene divididos en todos los frentes, y los encuentra enfrentados en palabas y en obras incluso a la hora del homenaje oficial (que son varios homenajes). No es la primera vez. Recordemos el caso de muchos atentados terroristas etarras de gran magnitud, incluido el cometido contra un presidente del Gobierno; o el del Prestige, para no hablar la la guerra de Irak (la única guerra exterior que les ha importado a muchos españoles)…- Pues, si de esto no somos siquiera capaces, ¿de qué somos?