(Primer domingo de Cuaresma, Mt 4, 1-16)
Adversario y gran Calumniador
– que ahora llamamos Mal
y antes era el Maligno-,
tentó muchas veces a Jesús de Nazaret
al comenzar su campaña
por el Reino de Dios.
El afán de las cosas,
necesarias o no,
de este mundo:
– Haz que estas piedras se conviertan en pan.
El soberbio deseo de exceder
la condición humana:
– Tírate abajo del alero del templo.
El dominio señorial
sobre todos los hombres y los pueblos:
–Todo esto te daré si, postrándote, me adoras.
Pero el Hijo de Dios, el Enviado
y amado por el Padre celestial,
impulsado por el recio
viento del Espíritu
tiene misión más alta que cumplir:
amar a Dios de todo corazón
y con toda su alma
y con todas sus fuerzas,
por encima de toda posesión
y de toda autoestima
y de todo el poder
habido y por haber sobre la tierra.
Al servicio de los hombres sin bienes,
sin falsas pretensiones,
sin dominios de unos sobre otros.
Y Jesús de Nazaret salió triunfante
de toda trampa demoniaca.
Dejó entonces su aldea
y se fue a Cafarnaún
a iniciar la campaña del Reino de Dios.
Una luz apacible amanecía
sobre un pueblo que habitaba en las tinieblas
y entre sombras de muerte.