Suso y Cañas, otra vez

 

         Afortunadamente, el cuarto sábado lluvioso en Pamplona durante el último mes. Ya fuimos buscando en otros anteriores un poco menos de agua o algún sol a Torrecilla en Cameros y su entorno; a Uncastillo y Los Bañales… Hoy ¿a dónde? ¿Qué mejor que a Suso, pasando por Cañas a la vuelta?

Desde Viana, no llueve. Los últimos morados y granates de las viñas. Pero aún quedan arces, tilos, cerezos, serbales, plátanos otoñeando. Y desde los chopos caen los últimos adioses de las hojas. Pueblos y campos queridos y revisitados de La Rioja. Berceo como vestíbulo, con nuestro poeta broncíneo delante de la Casa Consistorial. Y San Millán, soleado, con su larga calle mayor hacia el alegre anchurón entre monasterios. Una introducción gráfica y colorista de la  visita en el edificio agustino de la recepción y un paseo breve por la explanada y el claustro exterior de San Millán de Yuso. La cómoda subida con el autobús al monasterio viejo entre el robledal medieval, al que le sobran todos los pinos. Y la vista de los montes cogolludos, que dieron nombre a la cogulla o al revés. El vestíbulo bellamente ruejado: el viejo camposanto de doña Toda, reina de Navarra, y de los Infantes de Lara. Los viejos  grafitos en los muros. Una guía joven, precisa y contenida. El milagro de la permanencia de las viejas cuevas de San Millán (Emiliano) y santa Oria junto al templo visigodo; el mozárabe, arrasado por Almanzor en 1.002, y el románico de nuestro rey Sancho el Mayor c. 1.030: todo en un breve rectángulo prodigioso. Ay, scriptorium emilianense desaparecido, donde Berceo escribió los deliciosos milagros de la gloriosa Santa María…

Bajados ya de la nuble del siglo X, entraba el sol en el amplio comedor regio, donde las patatas y los garbanzos a la riojana son también un valor espiritual turístico y casi religioso. LLueve a ratos y el sol vuelve con más brío. Y el café en la ya reposada cafetería de la Hostería, en una de las estancias barrocas de San Millán de Yuso, cerca del Centro Internacional de la Lengua Española, de la inmensa iglesia conventual y de la biblioteca de los códices, que dejamos para otro día.

Y, de nuevo, Cañas, la cuna de Santo Domingo de Silos, y el monasterio cisterciense del siglo XII, desde 1170, el primero de la Rioja y uno de los primeros de España, monumento nacional desde 1943. Un guía excepcional: un hombre de la casa. Podría ser uno de los administradores de los López de Haro, fundadores del cenobio, y legatario de su hija Urraca, la fundadora y primera abadesa. Y ese reguero de maravillas: el ábside cisteciense, limpio y luminoso, del siglo XIII, con el Cristo del XIV. Y el retablo esplendoroso del XVI, que mandó hacer la abadesa Isabel Osorio. Y el claustro barroco del XVII con una vegetación vivísima del XXI. Y el Museo de las pinturas, las tallas y los altorrelieves  desde el XII al XII. Y el sepulcro, en fin, de la venerable Urraca y las tumbas de otras abadesas con sus báculos de jerarquía y disciplina monacal. 

Le recuerdo al guía a Madre Teresa a quien conoci en una Semana Santa lejana, con el coro lleno de monjas (ahora sí, monjas). Nos hace unas reflexiones muy atinadas sobre el vaciado y el  relleno de muchos claustros. Si por él fuera, otra cosa sería

Ha llovido algo. El último sol se refugia en una última nube occidental lejanísima. Mañana tal vez, si las nubes del temporal de lluevias se lo permiten, el primer sol inundará de gloria el alabastro del ábside  del templo cisterciense. Y todo parecerá más positivo y más lleno de futuro.