El juzgado nº. 38 de Madrid ha impuesto una multa de 50.000 euros al autor de un poema irónico sobre Irene Montero, la portavoz parlamentaria de PODEMOS, y otra de 20.000 in solidum a seis miembros de la redacción de la revista donde se publicó el poema. ¿Tan groseros, tan injustos, tan infames eran esos versos? Para mí groseros y despreciables, y sobre todo depreciativos de la mujer: La diputada Montero / ex pareja del «coletas» / ya no está en el candelero. / Por una inquieta bragueta / va con Tania al gallinero.
Claro que, después de las mil y una groserías injurias, infamias, ofensas de todo tipo, descalificaciones mayores, blasfemias.., dichas, leídas, escritas, gritadas, escenificadas… contra Dios, Jesucristo, la Virgen María, el papa, los obispos, el rey, la bandera nacional, varios dirigentes políticos, la guardia civil, la policía, víctimas del terrorismo, varias mujeres («descuartizar» a Cospedal; «azotar» a Mariló Montero; llamar puta y mujer seca a Yolanda Barcina…), en boca y manos de actores, humoristas, cantantes, raperos, políticos, periodistas…, con total impunidad, y casi siempre con libre absolución del presunto deiincuente gracias a la gracia infusa de la nueva diosa, la libertad de expresión…, esos versos antifeministas pueden no parecer tan injuriosos.
Eso es lo que pasa. Que avezados a tales basuras, a tales lodazales, cuando vemos nuevos barros, pueden parecernos menores: tal es la fuerza de la costumbre. Y ¿cuál es la causa de esta doble vara judicial de medir? Algunos nos creímos la especie de que se trataba de una cierta discriminación: solían ser condenados los agresores sólo cuando el personaje vejado era poderoso y popular, y absueltos cuando eran un don nadie en el mundo mediático y populachero.
No está claro que eso sea así, porque parece haber muchas excepciones. Ahora hay que inclinarse más bien por un supuesto nuevo criterio judicial–demencial. En el caso de Montero, el juez Moralles dice habérselas con expresiones de una posición sexista y machista; que son insidiosas e infames y, además, verdaderas vejaciones. ¡Como si en todos los casos susodichos las expresiones no hubieran sido todo eso, y aun más!, me dirá alguien. Sí, pero en muchos de esos casos, no aparecía tan claro el sexismo-machismo. En el caso de Cospedal o Mariló, se interpretó como lenguaje figurado; en el de Yolanda, como ofensa, bien que excesiva, de mujer a mujer… Ah, pero cuando el autor es un varón, la ofendida es una mujer y, además, en una relación de inferioridad de mujer a varón en cuanto macho, ahí hasta la libertad de expresión se rinde.
Así que quedémonos con esta lección: cuasi omnipotente es la libertad de expresión. La única excepción segura hasta ahora, en opinión de ciertos jueces seudoprogresistas o descabezados, es que la presunta injuria esté en el ámbito sexista-machista: una mujer vejada por un varón en el triángulo rectángulo del sexo.