Los relatos marcanos y lucanos de la sepultura de Jesús constan de dos partes: una centrada en José de Arimatea, y la otra protagonizada por las mujeres galileas. Como en ocasiones anteriores, Mateo sigue en principio a Marcos, pero luego echa mano de elementos pintorescos, procedentes de la tradición popular -en este caso, sobre la guarda puesta en el sepulcro-, que el segundo evangelista reformula y unifica. Elementos que después, en el siglo II, se extienden y detallan, a veces hasta la exageración, como en el relevante apócrifo Evangelio de Pedro, la fuente más interesante y más utilizada después de los cuatro relatos evangélicos.
La falta de armonía con los otros evangelios afecta a la misma existencia de la guarda del sepulcro, pedida al gobernador Pilato por parte de las autoridades judías, según el evangelio de Mateo, que no tiene base interna ni externa que avalen la historicidad.
La aparición del ángel, que remueve la piedra del sepulcro (Mt. 27, 62 – 28, 15), así como el soborno posterior a los soldados para que expliquen el sepulcro vacío, además de un fin evidentemente apologético, ofrecen una dramatización escatológica y apocalíptica del poder de Dios, que hace visiblemente triunfar la causa de su Hijo en la tierra.