Sobre la nieve teológica, litúrgica y literaria del Tiempo de la Navidad ha vuelto a derramarse la sangre cristiana, primero en Iraq, luego en Alejandría (Egipto) y Nigeria. En su mensaje navideño, Benedicto XVI recordó a los cristianos perseguidos de China y a los mártires cristianos de Oriente, animando a los responsables de las naciones a una solidaridad efectiva con ellos. Lo cierto es que tras la matanza en Alejandría, atribuida a Al-Qaida, una de las primeras y más prestigiosas sedes de la primitiva Iglesia, las protestas, las condolencias y los llamamientos a la concordia se han multiplicado en todo el mundo, desde Obama a Sarkozy, incluyendo el Consejo Superior Islámico Chiíta, del Libano; la universidad Al-Azhar, de El Cairo (institución superior sunnita), y hasta las organizaciones políticas extremistas Hezbollah y Hamas. España, como de costumbre en estos casos, está ausente. Si tamaña tragedia, tan repetida, hubiera ocurrido en una mezquita española, no habría otra noticia en nuestros medios informativos y habría temblado hasta la cúpula de la Alianza de las Civilizaciones.– En muchos países musulmanes, sobre todo los contaminados por la barbarie terrorista, las minorías cristianas son vistas como cómplices de las potencias de Occidente y como enemigos históricos, forzados a menudo a emigrar, cuando no a arriesgar la muerte. En la dictaduras islámicas su sola presencia es una provocación en cuanto manifestación de libertad de conciencia frente a los fanáticos de la religión oficial. Pero ¿no es el Dios del islam el Misericordioso por antonomasia? Y la religión musulmana ¿no simboliza sobre la tierra la hospitalidad universal en nombre de Dios, en el respeto de la alteridad y las diferencias?
