Durante la primera mitad del siglo III se sentaron las bases en Oriente (Orígenes) y en Occidente (Tertuliano) para el desarrollo de la cristología católica. El filósofo y martir Justino, ya citado, fue preparando el terreno. El susodicho debate con los gnósticos, de muy variada especie, pero todos adversarios del mundo y de la carne, hizo conscientes a los teólogos y apologetas cristianos del valor de la tradición bíblica y apostólica, reforzada más adelante con el valor de la tradición patrística (los llamados Padres de la Iglesia). La Iglesia del siglo III tuvo que vérselas, además y sobre todo, con las aceradas críticas de paganos y judíos, y comenzó a elaborar formalmente una reflexión constante y profunda sobre el patrimonio de su fe transmitida. Fue el momento del nacimiento de la teología especulativa de largo alcance. Frente al unitarismo judío hubo que mostrar la compatiblidad del Dios único con las diferencias del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo dentro del mismo Dios, la Santa e Indivisible Trinidad, y frente al politeísmo pagano, la unidad de Dios, hecho hombre. Los teólogos cristianos crearon o desarrollaron, a partir de la Escritura Santa, un sistema de explicación de la realidad total, con la teologia como núcleo, tan importante e influyente como el platonismo, el neoplatonismo o el estoicismo, que, por otra parte, les ofrecieron estímulos y posiblidades de pensamiento y de especulación filosófica. Pero el cristianismo rebasaba por su originalidad y ullterioridad todos los sistemas hasta entonces implantados, y por eso algunos de los intentos de inspiración y adaptación en/de los antiguos sistemas tuvieron que ser abandonados por el peligro de helenización del primitivo mensaje cristiano. El peso principal de la reflexión, en Clemente de Alejandría, Orígenes, Hipólito o Tertuliano recayó en la interpretación de la relación entre el Padre y el Hijo, contemplada también desde la Encarnación del Hijo, el Logos del evangelio de Juan. Frente a docetas y gnósticos, con los que tuvieron que enfrentarse ya sus predecesores, insistieron en la realidad humana de Cristo. Para ellos, el Logos humanado era uno e idéntico, como dejó acuñado Orígenes en la citada respuesta a Celso, muy anterior a él. Por ello los apologetas renunciaron a la teoría estoica de la krasis (mezcla de cuerpos distintos que conservan sus peculiaridades) y abrieron el camino a una síntesis de la naturaleza divina y humana, de larga duración en las escuelas. Aunque aparece ya el concepto de persona, no alcanza todavía a tener la decisiva función posterior que tendrá en la cristología católica.