¿Qué eternidad?

 

          Le preguntaban al famoso escritor sueco de novelas policíacas y dramaturgo, Henning Mankel, unas semanas antes de su muerte, en el semanario más leido de España, por su grave enfermedad, por sus obras, su teatro de Mozambqiue, por el mundo contemporáneo… Por ejemplo, Mankel cree muy sensatamente que las dos principales tareas a que se enfrenta el mundo en las próximas decadas  son la lucha contra la pobreza  y los derechos de las mujeres, e insiste en que la peor herencia que vamos a dejar a las generaciones futuras son toneladas de basura nuclear.  El autor del último éxito de ventas, Arenas movedizas, respeta, no envidia, a las personas religiosas. Sabe que lo que está compuesto por átomos  se disuelve. Así es, claro, si Dios no está por medio, y el espíritu descarnado, tan caro a los griegos, tiene hoy pocos partidarios. Cuando le preguntan si tiene miedo a desaparecer del todo, me parece menos sensato: -Nunca he pensado en eso, la verdad. Basta con escupir en el océano para  tener toda la eternidad que se quiera. Pero no. Somos átomos y nos disolvemos. No hay eternidad que valga.-  Si esa fuera la eternidad que buscamos, la que ansiaba Unamuno y el Zaratustra de Nietzsche, la que todos llevamos en el hondón del ser, verdaderamente no valdría la pena.