No hay en Pamplona hiladas de chopos más hermosas que las que acompañan y protegen al Arga en su paso por el Paque de San Jorge.
Son los chopos de la ribera por excelencia, que cantó la jota popular.
Pero el río no los lleva. La luz solar los mantiene fijos en él.
Son los chopos inversos que crecen hacia el fondo del cauce.
Sombras arborecidas iluminadas.
Buzos de luz y fuego.
Llamas vivas hacia el centro de la tierra,
Remeros líricos que conducen fluvialmente al otoño.
Al otoño que fluye sin moverse.
Que nace, vive, se reproduce y muere, y no pasa.
Que se repite renovándose.
Que se renueva repitiéndose.