¿Por qué dejar, Señor, de ver ya más
el alba prometedora,
el lumbar mediodía
y el profundo anochecer?
¿Por qué morir y no ver más
los montes y su armiño de nieves,
los ríos desbocados.
y el vasto mar,
metáfora azul del infinito?
¿O nos tendrás preparado todo eso,
al día siguiente de morir?
¿En un planeta nuevo?
¿O en este mismo mundo?
¿Cómo, si no, los sentidos corporales
por muy espirituales que devengan,
se van a acostumbrar
a no ver
lo más bello que en este mundo vieron?