Volvemos a subirnos a Milagro en este día radiante de lunes de Pascua, cuando todo el campo de nuestra Ribera es una natural resurrección. Entramos por el polígono industrial El Olivo, de 78.514 metros cuadrados, un espacio abierto sorprendente y majestuoso, que acoge algunas de las mayores industrias de la villa -que cuenta con 152-, como el emporio de origen navarro de las verduras, Florette, o la creciente automatización logística de la congeladora Lineage, o la fuerte base agroalimentaria de la actual Gelagri, en plena expansión estas dos últimas empresas, y los tres edificios más grandes, que dan a Milagro la nota alta de uno de los pueblos más industrializados de España.
Continuaqmos por el centro de la villa y volvemos a admirar por fuera la basílica barroca de Nuestra Señora del Patrocinio, la torre gótico-renacentista de Nuestra Señora de los Abades, y subimos por el mirador, que da origen al nombre de la villa (miraculum), lamentando la ruina del castro de la Edad de Hierro, El Castillazo, o el muñón, cada año más estilizado, del viejo castillo construido al finales del siglo XI por el rey Pedro I de Navarra para vigilar la alcazaba mora de Tudela. Seguimos por un camino de tierra entre pinos piñoneros, que sostienen los altos recortes del río Aragón, y llegamos a Monte Alto, donde, a la izquierda, todo son almendros, ya con la flor perdida, y a la derecha, la fabulosa Huerta Solar, que lleva el nombre del monte, inaugurada el año 2007, que fue en ese momento la huerta solar mayor del mundo.
Propiedad comunitaria promovida por Acciona Energía, de 51 hectáreas, con una potencia de 9´5 MWp, 864 seguidores solares automatizados y estructuras fijas, cuenta con 51.000 módulos fotovoltaicos, y 3.500 pequeños propietarios-inversores. Es la mayor estación de la empresa en España, y todavía una de las mayores del mundo. No la conocíamos y nos quedamos estupefactos. Comemos y sesteamos en un pinar cercano, en el cruce del camino que nos baja hasta las riberas del Ebro con el camino que lleva a Funes durante siete kilómetros.
Esta vez no visitamos Peñalén y su historia, porque queremos ver luego detenidamente la Dehesa de San Juan, que conocemos desde las noticias de la colonia agrícola de los Sánchez Marco en tiempos de la República. Pero a la hora del café, en el Casino de la calle Arrabal, uno de los pocos servicios abierto a estas horas, nos damos unas vueltas por el poblado, que es una viva imagen de la transformación de un pueblo, pobre en tiempos, que se vuelve rico y grande (3.700 habitantes), y multi étnico, como vamos viendo, pero deja la huella de su pobreza y de su desigualdad, antes y ahora, en las diferentes construcciones, mejor o peor conservadas, en su cuidado y descuido, en su buen y mal gusto, contrastados a cada paso y a cada momento. Como en tantos otros lugares de nuestra geografía.