Por el amor y la vida

 

         Terminó el Sínodo sobre la familia en Roma y muchos han quedado desencantados porque esperaban  del papa Francisco y de los sinodalistas más cercanos a él no sé qué cambios drásticos, que no se han llevado a cabo. Desconocen tales críticos a la violeta la compleja diversidad de la Iglesia, una comunidad de 1.300 millones de fieles, muy distintos en ideologías, tradiciones, lenguas, usos y costumbres. Y desconocen las diferencias entre lo que puede y debe hacer y no hacer el papa y lo que puede y debe hacer y no hacer un Concilio. De todos modos, el principio quicial de la misericordia, avanzado ya por Juan Pablo II y puesto en práctica por Francisco, cambia el paradigma en las actuaciones de la Iglesia y por ese camino se puede llegar muy lejos. El desajuste cultural del mensaje eclesial en los ámbitos de la sexualidad y del matrimonio, al que asistimos, ¿procede del rechazo de la sociedad actual a los valores genuinamente evangélicos del amor y de la vida, basados en el amor paternal-maternal de Dios y en la fraternidad universal de todos los hombres, o del rechazo a unas normas  e instituciones jurídico-culturales superadas en nuestra edad contemporánea? Los planteamientos filosóficos, los conocimientos científicos, las creencias sociales -sobre el papel de la mujer, por ejemplo- de ayer, ¿son en su totalidad plenamente vigentes hoy? ¿Tiene algo que ver la sociedad patriarcal de antaño con la sociedad abierta y plural de hogaño? ¿Se parece mucho la interpretación literalista de ciertos textos bíblicos, hasta hace poco compartida por casi todos, a la interpretación de los mismos realizada por la exégesis histórico-crítica de nuesto tiempo? ¿Fue Jesús de Nazaret acaso un prototipo de familia tradicional castiza? ¿Nos dejó acaso un código estricto de moral familiar? ¿Fue un moralista ceñudo, cegato, cerrado? ¿No fue, más bien, todo lo contrario? ¿Alguien ha imaginado a Jesús de Nazaret tomando la palabra en el reciente Sínodo sobre la familia en Roma?