Leo en VN una entrevista con la periodista y exitosa novelista alicantina Matilde Asensi, autora del reciente El regreso del Catón, donde busca los osarios de Jesús de Nazaret y su familia, y prefiere la duda y el escepticismo a la verdad que no puede hacernos libres. Espera que las muchas investigaciones que hoy se hacen sobre san Pablo nos proporcionen un mejor conocimiento del apóstol, al que ella considera igualmente como experto en mercadotecnia y poseedor de la patente del cristianismo. Separa tajantemente la fe de la religión, y, si, como atea que es, estaría dispuesta a dar su vida por defender el derecho de cualquiera a tener su fe en Dios, no daría nada, en cambio, por defender la doctrina de una religión, fuera la que fuera, ya que juzga a todas como obra del hombre. No alcanzo a imaginar la relación que puede establecer la novelista, dicho lo dicho, entre Jesús de Nazaret, Dios y la religión cristiana. Cree doña Matilde que el papa es una buena persona, pero le preguntaría por qué está tardando tanto en aprobar el matrimonio para los sacerdotes. Con todo, su respuesta más curiosa -y decepcionante para mí- es la última, con la que responde a la pregunta de si tiene ella algún sentido trascendente de la existencia: Me gustaría tenerlo. Esta carencia te hace vivir en carne viva permanentemente sin esa piel suave que te protege del dolor, del miedo y de la incertidumbre. Pero prefiero vivir la vida sin red y seguir mis propias creencias de respeto a mí misma, a los demás, a la libertad, a la propia vida, que buscar un consuelo por falta de coraje para enfrentarse a la existencia sin muletas. Dejando aparte la leve contradicción entre el me gustaría y el pero prefiero, se trata de la típica respuesta de los ateos y ateístas, y no sólo españoles, del XIX y de XX. El ateo es el hombre libre por excelencia, el valiente y arrojado, hercúleo, el leal a sí mismo, el que sabe enfrentarse a la vida, sin falsos consuelos y ayudas de ninguna clase. Todo un Prometeo. Los creyentes, ya se sabe, necesitamos esa piel suave -¡pésima metáfora!-, que nos libere del dolor, del miedo y de la incertidumbre (¡para eso, mejor una droga dura!); andamos siempre con red y siguiendo las creencias de otros, sin respeto a nosotros mismos, ni a la libertad ni a la propia vida, buscando consuelos por ahí afuera, sin pizca de coraje, como el que tiene doña Matilde Asensi para escribir novelas y venderlas, y siempre con muletas, sin poder andar bien, y menos correr y saltar, como ella misma. ¡Los alienados de Feuerbach y Marx, para entendernos! -. Yo no sé, siendo las cosas así, cómo se dignó esta intrépida, esta hercúlea mujer conceder esa entrevista a una revista de católicos, tan miserables, como somos, tan impresentables, como nos presenta…