Ocurrencias electorales (IV)

 

           Nunca había habido una campaña tan polarizada. Todo o nada. Azul o rojo. Blanco o negro. Verdad o mentira. Amigo o enemigo… Viejas falacias de dividir el mundo en dos, como si todo no fuera mucho más rico, más complicado y diverso.

Esa división del mundo en dos: yo y el otro, mi partido y los demás, nuestra bondad y nuestro progreso frente a la maldad y a la regresión de los demás, ha reducido y empobrecido la mente de muchos políticos y de muchos ciudadanos también en dos, de manera que ya no son capaces de buscar, y menos de encontrar, la realidad de las cosas y de los hombres, tal como es, con todos sus matices, formas, colores, sabores y olores.

De donde nace el fanatismo, fruto del egoísmo, de la soberbia, el desconocimiento, el resentimiento y el odio -casi todos los políticos parecen, demasiado a menudo, unos fanáticos en sus declaraciones, en sus triunfalismos, en sus invectivas, y hasta en sus expresiones, gritos y gestos. Porque, si la vida y el mundo se reduce a un binomio, todo aquél que no piense o hable o actué como uno piensa y quiere, será despreciado, vilipendiado, odiado, y, si fuera posible, eliminado.

Las redes sociales, con sus pocas palabras y su poco tiempo, ayudan con frecuencia a este simplismo y a este reduccionismo mortal. Apenas hay un razonamaiento convincente, una reflexión histórica, una consideración humanista. A menudo son noticias inciertas, conjeturas apresuradas, comparaciones injustas, insultos fáciles, burlas inhumanas.

¿Qué pueblo, qué sociedad, qué nación, qué unidad elemental podemos esperar de todo esto? ¿Qué nos une, qué nos congrega, qué de común nos anima y entusiasma?