El Partido Popular es demasiado importante en la historia de la democracia constitucional española, como para que no nos importen, nos alegren o nos duelan, sus distintos avatares, sus ideas y venidas, sus triunfos y sus derrotas. Si hace dos años, el PSOE quedó reducido a 84 diputados, ahora el PP se ha visto hundido hasta los 65. Y han vuelto a crujir las cuadernas de su galerón.
Si ya en la segunda legislatura de Rajoy, el partido se quebró por la corrupción ante todo; pòr el fracaso, bien lamentado en toda España, del 1-O en Cataluña, y por la torpeza de no haber convocado elecciones tras la publicación de la sentencia sobre la trama Gürtel, el cambio de dirección en el último Congreso, tras haber ganado Soraya Sáez de Santamaría las elecciones primarias del partido, no podía curar en tan poco tiempo tanta herida, ni reparar tanto quebranto.
Y para colmo, no se supo / no se quiso integrar después del Congreso lo que hubiera sido posible integrar entre las diferentes corrientes, candidaturas, sensibilidades, procedencias, ideologías, etc., en un partido tan vario, a pesar de las apariencias. Sin que yo conozca, ni de lejos, el partido, todo daba la apariencia de un nuevo equipo joven, resuelto, brillante, bravo, casi bravucón a veces, dispuesto a tragarse el mundo. Pero aparecían, aquí y allí, renuncias, despedidas, protestas, quejidos, lamentos, ayes… de quienes eran arrinconados, olvidados, excluidos…, no sé sin con razón o no, pero demasiados y en demasiados sitios. Por ejemplo, el triste caso del triste Garrido. ¿Fue la hybris (arrogancia, exceso, soberbia) de Pablo Casado, de su equipo, de sus mentores -Aznar no le ha ayudado en nada, por cierto- la que le ha derrotado, como a tantos y tantos en la historia?
Soy un admirador de la facundia, de la capacidad oratoria, de la habiidad dialéctica, de la asombrosa corrección sintáctica y gramatical de Casado- Pero el tono no iba a menudo de acuerdo con esas perfecciones. Y ya sabemos que ¡c´est le ton qui fait la musique! El tono y un cierto exceso en algunos temas claves; los amigables tratos con VOX; el lema repetido ad irrtandos deos, de echar a Sánchez de la Moncloa, de la que era un okupa; el vilipendiado Sánchez tratado siempre como el villano perpetuo, como el traidor, como el responsable de todos los males de España -¿no lo fue Rajoy para la legión de sus enemigos?-; el artículo 155 siempre blandido como una honda a punto de lanzarla contra unos y contra otros. Y luego, el disparate del pobre Suárez sobre los neandertales, transferidos a Nueva York, y los humos de la sapiente/repelenrte Cayetana, y, por si algo faltaba, la invitación del último día al infiel y valentón Abascal a tener parte en el paraíso soñado del Gobierno, para desdecirse a los dos días, tras el cataclismo…
No puede ser. España, la España que todos queremos, es algo más serena, menos cegada, menos agresiva. Y uno que quiera ser mínimamente popular no puede ser tan fiero.