Seguí ayer, muy de cerca, los discursos de los dos jefes de Estado, de España y Portugal, en la universidad de Salamanca -que celebra su 800 aniversario-: dos hombres egregios, el rey Felipe VI y el presidente Marcelo Rebelo de Sousa, muy populares en los dos países. El discurso del rey de España fue, entre otras cosas, un memorial de las buenas relaciones de los dos países en sus mejores momentos, y de la amistad y colaboración entre personajes de ambos pueblos, con Miguel de Unamuno como símbolo clave, en su Salamanca. Sentí una profunda nostalgia de aquellos tiempos, de aquellos hombres, vista la lejanía en la que vivimos hoy de Portugal en casi todos los sectores de la vida, volcados como estamos al otro lado del mapa: Francia, Alemania, Inglaterra…, o, por encima de Portugal, mirando hacia América del Norte o del Sur. Y más ahora, cuando estoy estudiando el siglo XVI, donde todo era España y Portugal, Portugal y España: hijas de los Reyes Católicos, reinas de Portugal; hermanas de Carlos V, con el mismo oficio; la emperatriz portuguesa, Isabel; la primera mujer de Felipe II… Pero me consolé de alguna manera, pensando que tal vez desde Galicia, Extremadura o Castilla la Vieja, las relaciones personales y colectivas son mucho más próximas, y ponderando otras relaciones, como las económicas -que abren paso a otras-, mucho más intensas hoy, hasta el punto que España exporte a nuestro vecino más que a toda América Latina. Los discursos, muy bien hechos y dichos, me hicieron recordar los tiempos en los que, como parlamentario europeo, fui un entusiasta del iberismo en mis viajes, lecturas, relaciones con colegas portugueses. ¿Qué sería de nuestro patrono Francisco de Javier sin Portugal?, solía decirles yo, y no como dingolondango. Sí, ayer, a través de la TV, fui un asistente fervoroso a la celebración de la amistad ibérica, desde Camoens a Pessoa, por citar a los más citados ayer.