Los cristianos anónimos

 

                           Para el teólogo jesuita alemán Karl Rahner (Friburgo de Brisgovia, 1904- Austria, 1984), tenido como el mejor teólogo católico del siglo XX, la palabra primigenia, clave y motriz del cristianismo es el amor al prójimo. Según esta doctrina, quien obra solidaria y amorosamente está en la órbita de la salvación, aunque no sea consciente de ello o no confiese explícitamente que Jesús es el Señor. Porque sus obras están diciendo más de lo que pueda proclamar de palabra o de lo que no dice explícitamente o, incluso, más de lo que pueda negarse a reconocer teóricamente.

La persona, que en pleno uso de su libertad lleva a cabo un acto positivo, según Rahner, está llevando a cabo, desde la perspectiva cristiana, un acto salvífico y sobrenatural. Allí donde se dé un acontecimiento de carácter positivo están actuando la caridad y  la salvación. Y esto es así, aunque la explicación posterior de tal acto no proceda palpable, sensible o explícitamente de la revelación positiva.

Claro que ese cristiano anónimo ha de buscar a Cristo mientras sea posible en el momento histórico en que le toca vivir y pasar así a un fase superior de desarrollo de ese cristianismo, lo que será una explicitación de algo que esa persona ya ha llevado a cabo en la profundidad de su existencia. Pero nunca dejará de ser algo accesorio, por muy importante que sea.

No todos los teólogos están de acuerdo con esta teoría, y uno de ellos es otro gran teólogo, Hans Urs Von Balthasar (Lucerna, 1905 – Basilea, 1988), para quien tal reflexión rompe la continuidad con lo que hasta ahora se ha tenido como cristianismo. Porque, si el Dios de la gracia es accesible por un comportamiento bueno del ser humano, no le parece que quede sitio para la encarnación y muerte de Cristo y para el testimonio de los mártires. Y hasta cree el gran teólogo suizo  que se trata de una teología de liquidación y almoneda (que),quiéralo o no, se acerca asintóticamente al ateísmo.

Duras, injustas palabras. Si la gracia de Dios -su presencia en hombre- solo fuera posible a través del conocimiento explicito y directo de la encarnación y muerte de Cristo y del testimonio de los mártires, Cristo debiera vivir y morir en cada siglo, qué digo, en cada generación, y en cada país, qué digo, en cada comarca y en cada ciudad. Y todavía podría no ser accesible. La reflexión de Rahner llena ese gran vacío, y está bien basada en la vida y en las palabras de Jesús (Bienaventuranzas y Juicio Final), y hasta en la lógica común del pensamiento humano. Lo contrario convertiría al cristianismo en una secta elitista e inmensamente minoritaria.