Presentamos anteayer en Tudela nuestro libro colectivo Navarra: tiempo y espacio. Hablé del porqué del libro en este momento. Hablé de la semejanza de Navarra con otras sociedades y de la pluralidad de patrias (matrias y fratrias) -nombre clásico, afectivo y hasta sagrado, de la comunidad, pueblo, región, país, nación y Estado-, que todos tenemos, y que incluye las patrias políticas, naturales, deportivas, culturales, espirituales o religiosas, lo que derriba los viejos mitologemas de que no hay patria o que patria no hay más que una.
Al final de la presentación, se me acercó un joven, el único joven que había entre el meritorio público, y me dijo, directo y sincero, lo difícil que es para la juventud entender ese concepto de patria. Intenté entonces sintetizar: la patria de verdad -palabra hecha ya propiedad casi exclusiva de nacionalistas etnocráticos- es esa comunidad cotidiana de costumbres, trabajos y afectos, más todo lo que le hace posible, desde los derechos y deberes constitucionales hasta lo que nos hace las vidas felices: el amor, las letras, las artes, las aficiones, los deportes… ¿Qué más real y necesario, qué más digno de admiración y cultivo, que esa patria, que esa comunidad entrañable? Y, además de eso, si no nos basta, cualquiera otra comunidad, donde hayamos vivido o vayamos a vivir. Y todas esas patrias, que añado: naturales, culturales, espirituales, religiosas, deportivas…, que hacen nuestra vida ancha y generosa.
Todo lo contrario de esa otra patria angosta, retórica, polémica, egoísta y cerrada, que es la que cualquier joven y cualquier viejo hacen bien en menospreciar.