La pobreza individual, al parecer, no se hizo presente en Israel como fenómeno social de cierta envergadura hasta el siglo VIII a. C. Fue el resultado de un proceso de diferenciación socio-económica desencadenado por la institución monárquica: la creación de una clase de funcionarios y el desarrollo de los talleres sociales y del comercio. Los notables se construían casas lujosas; organizaban festines, y sus mujeres se engalanaban con objetos preciosos. Tanta riqueza corría parejas con los préstamos usureros y contratos abusivos hechos después de malas cosechas, y con las expropiaciones reales, a veces ilegales.
Los labradores menos acomodados se veían abocados, tarde o temprano, a perder sus tierras, mientras los ricos se hacían con grandes extensiones de propiedad, recurriendo a la especulación y al fraude, corrompiendo a los jueces y mostrándose despiadados.
Los profetas emprendieron la defensa vehemente de esta pobre gente, mientras la Ley los protegía, prohibiendo la usura, promulgando el precepto de la limosna, protegiendo al obrero a sueldo y obligando a devolverle al deudor pobre su prenda antes de la puesta del sol.
Los libros del Pentateuco, qu recogen esta historia casi desconocida son el Éxodo, el Levítico y sobre todo el Deuteronomio. Los dos libros de Samuel y los dos libros de las Crónicas. Los profetas más explícitos y comprometidos fueron Amós, Oseas, Isaías, Jeremías, Ezequiel y Miqueas.