Según Hechos 2, 42-47, los primeros cristianos perseveraban también en la unión fraterna y en las oraciones. y se añade:
Pero el temor se apoderaba de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y signos. Todos los creyentes estaban de acuerdo y tenían todo en común, vendían sus posesiones y sus bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.
En el cap. 4, 32 se insiste en lo mismo:
La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común.
Y, tres versículos después:
No había en ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de las ventas y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad.
La unión fraterna es la fuerza de los miembros de la comunidad, que comparte una fe única y una vida solidaria. Es relevante la insistencia de Lucas sobre la comunidad de bienes. Los primeros cristianos aparecen a todas luces también como precursores de los apóstoles laicos, que en el siglo XIX creían que inventaban aquel principio: De cada uno según sus posibilidades, a cada uno según sus necesidades. Se cumplía así el precepto del año sabático en Israel (Deut 15, 4) de que no hubiera un pobre entre los suyos.
Las oraciones de los primeros cristianos tenían lugar en los encuentros familiares o caseros, como aparecen con frecuencia en el segundo libro de Lucas, y en el culto sinagogal. así como en el templo de Jerusalén. En el primer capítulo de los Hechos, tras la Ascensión de Jesús a los cielos, es lo primero que se nos dice de la comunidad de los apóstoles en Jerusalén: Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, y de María la madre de Jesús y de sus hermanos.
En el citado capítulo 4, 33 se nos recuerda que los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con gran poder, es decir, con prodigios y signos, como se escribe dos capítulos antes. En los Hechos (de los apóstoles) vemos frecuentemente exorcismos, curaciones, y hasta resurrecciones, señales todas de la presencia del Reino.
En ambos lugares también se nos dice que esos primeros cristianos gozaban de la simpatía de todo el pueblo (2, 47) o gozaban todos de gran simpatía (4, 33). Frente a la persecución de las autoridades judías, con la connivencia a veces de las autoridades romanas, la benevolencia y el favor del pueblo. Justa consecuencia de su ejemplo de vida y de las buenas obras llevadas a cabo por los apóstoles en las primeras comunidades es que el Señor agregaba al grupo a los que se iban salvando (Hch 2, 47), identificando así la Iglesia con el Resto de Israel.