(Luc 3, 1-6)
Bautizaba Juan en el Jordán.
Le llamaban el bautista, el inmersor,
el zambullidor de pecadores en sus aguas.
Cerca del desierto adusto
que baja de los montes de Judea
hasta el borde noroeste del Mar Muerto.
Juan, profeta austero, apocalíptico,
pelo de camello, y correa de cuero a la cintura,
comía saltamontes, y en días de fortuna
miel silvestre.
Bautizaba el inmersor
con el agua lustral y feraz de los espíritus:
un bautismo singular,
definitivo,
para el perdón total de los pecados,
con la alegre esperanza de escapar
al tremendo castigo de Yahvé
en el juicio inminente,
y compartir así la suerte de los justos
bendecidos con la vida y la fuerza del Altísimo.
Siguiendo a los profetas de Israel,
que anunciaban la llegada de Yhavé
por salvar a los suyos,
Juan abría el camino al Salvador:
una calzada recta,
un camino fácil y andadero,
sin pendientes ni barrancos,
sin colinas ni cerros que doblar,
sin breñas ni barzales,
para que todos vieran a su Dios,
que vino, que viene y volverá a venir.
Que Dios siempre está viniendo.
