Esperanza y belleza (VI)

 

                 La esperanza incluye la idea de progreso, pero, a la vez, la trasciende y somete a juicio crítico. Aristóteles ya nos enseñó, y con él todos sus discípulos, como santo Tomás de Aquino, que  la aspiración última de la vida es la felicidad, la cual conlleva proteger la vida y mejorarla. Y no siempre lo que lleva el nombre de progreso defiende la vida y  da respuesta a la búsqueda de sentido de la misma.

Hay cosas que, para ser esperadas, deben ser creídas. Sin fe en la vida y en la dignidad inalienable de esta, la esperanza está desenfocada. y, a la inversa,, la esperanza genera sus propios conocimientos y descubre nuevos mundos. La esperanza tiende una pasarela sobre un abismo, al que la razón no se atreve  a asomarse. Y percibe un sonido armonioso para el que la razón es sorda. La razón por sí sola no advierte los indicios de lo venidero, de lo todavía no llegado, porque rastrea lo existente y lo inmediato. San Pablo lo razona lisa y llanamente: Si lo que se espera ya está a la vista, entonces no es esperanza, porque ¿para qué esperar lo que ya se está viendo? (Rom 8, 24).

La esperanza -que Pascal incluye en lo que él llama corazón en sus Pensamientos- tiene razones que la razón no conoce, o que no conoce todavía. La esperanza, que presupone la razón, intuye que venimos del misterio y que nuestro destino es el misterio y por eso intenta adentrarse en él. En eso se parece a la oración, siempre esperanzada y raramente adivinatoria. El  gran teólogo dominico holandés Edwuard Schillebeeckk, acertó al decir que el que ora espera, y donde no hay oración no hay esperanza. Y Josef Piepper, el filósofo-teólogo alemán neoescolástico, experto en el tema, llegó a afirmar: La oración no es otra cosa sino el lenguaje de la esperanza.