Esperanza y Belleza (IV)

 

                    Los límites, pues, son consustanciales a la esperanza. Si estos no existieran, no necesitaríamos esperar y la esperanza no sería tal. Esta esperanza, la genuina, es capaz de engendrar en lo más profundo del abismo: guerras, migraciones masivas, atentados, catástrofes climáticas, incendios voraces, tsunamis incontenibles, pestes… 

Lo escribió Vaclav Havel con palabras iluminadoras:

La esperanza no es un pronóstico. Es una orientación para el corazón, una orientación que trasciende el mundo tal como  lo vivimos normalmente. (…) La esperanza, en este sentido profundo, no tiene la medida de nuestra alegría por la buena marcha de las cosas, ni de nuestras ganas de invertir en empresas prometedoras de éxito inmediato, sino más bien la medida de nuestra capacidad de esforzarnos en algo simplemente porque es bueno y no porque su éxito esté garantizado. Cuanto más adversa sea la situación en la que conservamos nuestra esperanza, tanto más profunda será esta. No es el convencimiento de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, al margen de como salga luego.

Tampoco la esperanza puede confundirse con el optimismo ni con el pensamiento positivo. Nuestro filósofo surcoreano nos previene contra ello: La psicología positiva psicologiza y privatiza el sufrimiento. (…) El culto a a positividad aísla a las personas, las vuelve egoístas y suprime la empatía, porque a las personas ya no les interesa el sufrimiento ajeno. Cada uno se ocupa solo de sí mismo, de su felicidad,, de su propio bienestar. (…) A diferencia del pensamiento positivo la esperanza no aísla a las personas, sino que las vincula.

En este régimen neoliberal de  autoexplotación, en que la gente suele volver la agresión contra sí misma, más cerca de la depresión que de la revolución, la esperanza puede  ser la alternativa frente a las dos. Porque la esperanza nos invita no al ingenuo optimismo bienintencionado, sino a la transformación de los sufrimientos en una nueva forma de vida que les da sentido redentor, en cuanto mira al tiempo no como un círculo cerrado sobre sí mismo, sino como una línea ascendente que se abre a un círculo mayor, que termina en la eternidad.