Volvemos a Salburua, con sol de diciembre y sin nieblas en la llanada alavesa. Volvemos porque queríamos ver los humedales del Acuífero Cuaternario de Vitoria, alimentado por varios y pequeños ríos, con el sesenta por ciento de agua, como después de muchas lluvias, y no con poca agua y muchas cigüeñas, como los vimos la última vez, en primavera. Hoy nos dicen que las cigüeñas no se han ido, pero que a esta hora estarán en los vertederos. Lo cierto es que las tres lagunas históricas, de Betoño, Larregana y Arcaute, junto a la nueva de Duranzarra, dentro de los Parques del Anillo Verde, están hoy rebosantes de agua y esplendentes de luz.
De modo similar a lo que ocurrió con nuestra laguna de Pitillas, desde 1857 se inició en estos alrededdores de Vitoria un desgraciado proceso de desecación de las aguas, tala de los bosques y cultivo de los terrenos, que sólo acabó a mediados de los últimos noventa, cuando pudieron recuperarse 200 hectáreas de humedales, con sus láminas líquidas, pequeñas islas, cercos de carrizales, terreno encharcado, praderas, senderos, dos observatorios de aves, más el bello Centro de interpretación, con su plataforma volante de madera, salas didácticas, salas infantiles, cafetería y jardines de entrada, cerca del imponente Buesa-Arena (recuerdo y homenaje, ay, a Fernando) y del original y elegantel edificio de la Caja Vital (2007), dentro del Paseo de la BIosfera, cuya planta simula un cromosoma y la fachada el código genético, obra de los arquitectos Javier Mozas y Eduardo Aguirre.
Vamos hoy al primer observatorio y nos quedamos encandilados por la vista próxima de una cierva, que en la parte más cercana de la laguna de Arcaute mete la cabeza en el agua y va comiendo las raíces y las hojas de la flora acuática y emergente Sentados ya en los bancos de madera de la cabina, nos pasamos un buen rato viendo y oyendo, en silencio, a los habitantes del humedal. A nuestra izquierda, un rodal de chopos, con los nidos artificiales para las cigüeñas, en torno a los cuales las vimos la vez anterior. A orillas de las aguas vemos ahora allí mismo una pareja de ciervos. Tenemos la suerte de sentarnos entre dos fotógrafos vizcaínos expertos en aves, con sus potentes máquinas fotográficas, que no pierden ocasión de disparar a sus objetivos. Uno de ellos nos deja sus prismáticos y así podemos ver con tranquilidad y lucidez todo lo que se mueve en la laguna: en la ribera opuesta, bandadas de gaviotas vuelan de un lado para otro hasta que alzan el vuelo todas juntas y se pierden en el horizonte. En la islita más próxima descansan o andan con pasos lentos de oca una bandada de gansos, que acaban al final lanzándose al agua y nadando en grupo. Cerca y lejos vemos muchas fochas -negras con el escudete frontal blanco- dentro de la laguna; los numerosos zampuillines comunes; los patos cuchara, con pico de espátula, o los ánades azulones, tan conocidos de nuestros parques. No acabamos de distinguir a los somormujos. Ni vemos los cormoranes, que vimos abundantes y pacientes, en Txingudi. En un abrir y cerrar de ojos vemos y oímos pasar por encima de nosotros tres garzas reales, veloces, directas, con las patas extendidas y el cuello encogido. Nuestro compañero fotógrafo intenta hacernos ver en el aire al aguilucho lagunero, que merodea por la parte oocidental de la laguna, donde tiene su nido.
Contemplamos detenidamente la muy variada y didáctica exposición permanente dentro del Centro de interpretación: audiovisual de la vida en los Parques del Anillo Verde; ciclo del agua; clases de suelo; animales terrestres; aves acuáticas residentes y visitantes…, así como, a lo largo del pasillo, la selección de fotos maravillosas de la naturaleza que obtuvieron premios internacionales… Unas famlias jóvenes con niños dan a comer a los patos que patulean en el agua debajo de la plataforma volante.
Al salir, varias bandas de nubes enrojecen al fuego del atardecer tras los choperales de Betoño. El escenario es grandioso. Y el último sol ilumina también con sus pocas fuerzas el código genético de Caja Vital.