El héroe, no solo el protagonista, de La peste, de Albert Camus, es el doctor Rieux, médico de Orán, hombre entregado contra la plaga de la peste, comido por su celo en favor de los pobres y de los enfermos. El santo laico por excelencia. El que, hablando de santidad, se conformó, socarronamente, con ser médico. Frente a su amigo el jesuita Paneloux, a quien convence para ser activo contra la plaga, se niega a amar esta creación donde los niños son torturados. Aunque el jesuita califique esto como carencia de gracia (de Dios), Rieux prefiere trabajar juntos más allá de las blasfemias y de las plegarias. Esto es lo único importante.
Pero Paneloux, también víctima probable también de la peste, aprende algo más de la cruda realidad y del ejemplo de Rieux. Si en el primer sermón en la catedral parece seguro de que la plaga es una castigo de Dios, tesis tradicional durante siglos, en el segundo, escuchado por muchos, entre ellos Rieux, ya no repite lo dicho en el primero, pondera el sacrificio de los niños, no lo justifica beatíficamente con la futura eternidad y llega a la conclusión de que es preciso creerlo todo o negarlo todo: escoger entre amar a Dios u odiarle. Él se resigna, hablando de la muerte de los niños, a que quererlo porque Dios lo quería. Eso sí, no hay que bajar los brazos; hay que avanzar en la tinieblas, hacer el bien y encomendarse a Dios incluso ante la muerte de los niños. Al no poder comprenderla, lo único que nos queda es quererle. (…) Esta es la fe, cruel a los ojos de los hombres, decisiva a los ojos de Dios.
El doctor Rieux, oyente de los sermones del jesuita (el mismo Albert Camus), aunque ve un progreso del primero al segundo sermón, no puede estar de acuerdo con todo eso. Y como piensa que la teología y hasta la misma fe sostiene esa tesis, no puede aceptarla: de ahí su increencia, su agnosticismo al menos. Lo cierto es que esa era la doctrina común en este tiempo entre los católicos, exceptuadas algunas cabezas teológicas privilegiadas: Dios permite el mal; Dios lo tolera por no sé qué razones desconocidas. a veces por un bien mayor, que no se sabe cuál es, etc.
Faltaba la distinción, hoy habitual en la mejor teología, entre la autonomía completa del mundo creado por Dios, y el Dios que respeta no solo la libertad del hombre, sino también las leyes del mundo creado, que no es ni infinito ni perfecto, sino contingente y limitado, y, como tal, lleno de imperfecciones. Dios no quiere el mal, ni lo permite. Es algo propio del mundo autónomo, que no es el cielo. Pero el Dios creador respeta ese orden autónomo y lucha por medio de su Hijo, Jesús de Nazaret, víctima también de la injusticia del mundo, y por medio de los hombres contra el mal en todos los terrenos. Toda la Biblia es un grito contra el mal.
Solo queda el dilema final, versión actual del dilema de Paneloux: creerlo todo o negarlo todo. Es decir: aceptar o rechazar la creación del mundo. ¿Merece la pena un mundo así o no? Y esta es la primera y la última cuestión.