De nuevo en la Peña del Saco

 

                                Sábado nuboso frío, con el frío del último invierno, con que se ha estrenado la primavera, y con sol a ratos. Sigue soplando  el cierzo de los últimos días con los carrillos llenos.

Nos detenemos un rato en Caparroso para participar en el homenaje nacional a Joaquín Luqui, el hombre navarro de la música pop en la radio, que llena hoy la Casa de Cultura, bautizada con su nombre, Antes hemos pasado junto a un mercadillo, donde hemos visto a varias mujeres árabes en un puesto de chilabas. y también a otras fuera del mercadillo. Nos perdemos, sin mucho pesar, el parcial eclipse de sol.

Cuando llegamos a la Ribera, vemos por vez primera los perales y los melocotoneros florecidos. Al entrar, antes de llegar a Fitero, por el camino del Círculo de las Roscas, tenemos delante toda una nube baja de flores de pera, corimbos pentámeros y blancos, con estambres purpúreos, que para eso pertenecen al la familia de las rosáceas. No sé  de qué especie de las 3000 existentes son, pero no son muy diferentes de la llamada peral de las nieves. En el regadío fiterano se cultivan, además, cardos, acelgas, lechugas, cebollas… y otros árboles frutales como melocotoneros, higueras, manzanos, nogales… Algunas fincas están baldías. Un paisano nos dice que una próxima a la suya, todo un rodal de perales, está abandonada. Algunas huertas se han convertido en sernas de cereales, y la más lejanas al pueblo en olivares.

Pasamos delante de la Cueva de la Mora, de la que hablé  en ocasión anterior, y vamos directamente hasta el pequeño sendero que, por el flanco meridional, asciende la Peña del Saco por entre romerales. tomillares y aliagales, con alguno que otro escambrón. Esta vez topamos con dos montañeras estellesas, que bajan por el sendero con sus bastones de la cima: no saben nada del castro y algo les decimos. Como no quiero repetir lo que ya dije la última vez, solo deseo explicar nuestra afición a este poblado prerromano, porque es uno de los primero y mejor estudiados por algunos de nuestros mejores arqueólogos, y porque,  la vez anterior, se nos echó el tiempo encima y no pudimos llegar al final. Para que no se enfade nadie, conviene decir de antemano, cosa que no hice a tiempo, que el poblado celtíbero -pelendón, probablemente- no está situado hoy en día en el término de Fitero, sino de Cervera del Río Alhama, río que baja hoy como en sus mejores tiempos, nutrido también por su afluente riojano el Añamaza, a unos pasos de los Baños, y que  tampoco nombré cuando debía.

Pero esta vez, y ya subidos a la cumbre, y habiéndonos acercado al poblado, tras franquear los dos primeros fosos transversales, que dificultaban el acceso al oppidum, no es el tiempo relojero el que nos impide rematar la tarea, sino el ventarrón, que está a punto de volcarnos contra algunas de las peñas huecas o cortadas de conglomerados, areniscas y calizas oolíticas del cretácico inferior que componen la espina dorsal, estrecha y alargada de la Peña. No hay manera de avanzar, No hay manera de sujetar la visera. No hay manera de hablar ni de entendernos. No hay manera de hacer nada.

Yantamos románticamente a la vera del río y nos acercamos a los Baños, desde donde aquel cliente catalán ilustre, Juan Cabré Aguiló, descubrió el castro en la peña llamada entonces Quiebracabras. Pero no tenemos de nuevo suerte y, aunque el balneario Gustavo Adolfo Bécquer ya está abierto, ya no es hora de cafés, lo que, tras contemplar la catarata de agua cálida que se despeña estos días por las rocas, entre los cactus rupícolas, nos empuja a tomarlo en la villa. Y en medio del camino, vemos por fin en el horizonte la silueta del castro que nos queda por ver, y que llevábamos  un rato buscándolo: el castro Sancho Abarca, que tenemos en frente, al otro lado del río; un castro que guarda restos celtibéricos, visigóticos y árabes, y que tampoco fuimos capaces de encontrar en el viaje anterior.

Gozosos por nuestro hallazgo, que dejamos para hollarlo otro día, tomamos café nada menos que en el teatro-cinema Calatrava, dentro del antiguo recinto del Monasterio, solo que en el bar del vestíbulo y servidos por un camarero magrebí. Al penúltimo sol de la tarde, y resguardados de la ventolera, recorremos el amplio Paseo de San Raimundo de Fitero, patrón de la villa, a espaldas de su enhiesta escultura (1946), obra del escultor fiterano Fausto Palacios, que fue, además, alcalde de la villa (1955-1967).