Los códices Albendense (976), y los posteriores Najerense y Rodense ya nos dicen con toda claridad cuál era el lugar de los pamploneses y navarros en la Hispania de entonces, que pronto iba a llamarse España. Nuestro Ximénex de Rada lo dejó bien claro también al escribir el Llanto por España y los godos, que continuaba el Llanto de la Crónica mozárabe. Y nuestro Príncipe de Viana, don Carlos, hijo del rey de Navarra y Aragón, Juan II, en La Crónica de Navarra, viene a hacerles compañía. Comienza, como era habitual en este tipo de obras, haciendo el superelogio del objeto de su crónica, en este caso de Navarra: Tú, Navarra, no consentiendo que las otras nationes de Espanna se ygualen contigo en la antiguidat de la dignitat real ni en el triumpho e merescimiento de fieles conquistas ni en la continua possession de tu lealdat ni en la original sennoria de tus siempre naturales reyes e sennores por la justigia de los qoales con muy grant esfuerço has sobrevencido muchos e graves infortunios e daynnos… Para justificar luego la necesidad de escribir los grandes fechos de estos sus reyes, afirma que debe comenza él mismo: dende las poblaciones d´ Espaynna por discurrir los viejos fundamentos deste regno de Navarra, de lo quoal e de los reyes que han regnado proponemos tractar.