Dedica muchas páginas don Claudio Sánchez Albornoz, a quien conocí en Roma en 1970, al comienzo de su magna obra España un enigma histórico, a la influencia del suelo, del clima y del paisaje en el hombre, en su modo o estilo de vida, en su cultura. Y, con el testimonio de numerosos autores, se demora en describir, con una bella prosa literaria, las características de nuestra geografía: sus altas montañas, sus pocos e irregulares ríos, sus climas extremos, sus sequías habituales, sus reducidos cultivos – sólo el 40% de su suelo-, sus luchas constantes por la propiedad, sus hambres documentadas…, comparándolo todo con los suelos y climas mucho más propicios y rentables de países vecinos, como Francia, y con su más sosegado vivir. La tierra como madrastra de los hispanos. La tierra como fuente de riqueza o generadora de miseria en España. Y como diferenciadora de sus regiones, según vivan sus gentes en valles umbrosos bajo la cúpula de la lluvia y de la niebla, o en llanos de soleada desnudez, abrasados por largos y crueles estíos… Sin duda para el autor, el estilo de vida de los pueblos es hijo de la cópula entre la tierra y la historia. Cópula iniciada en la remota y misteriosa prehistoria y repetida en un multimilenario proceso biológico de transformación y selección de especies históricas, en el que se han entrecruzado y activado recíprocamente vida y cultura. Una pregunta turbadora le viene a los puntos de la pluma del insigne historiador abulense: si, por arte de magia, en el reinado de los Reyes Católicos se hubieran establecido en Málaga y su tierra los moradores del prusiano Koenigsberg y su distrito, y hubiesen ido a colonizar en el puerto báltico los habitantes de la ciudad andaluza, ¿habría nacido Kant en Málaga y habrían los malagueños cantado flamento en Koenigsberg en el siglo XVIII? A juzgar por lo que Sevila y su alfoz hicieron de los numerosos pobladores gallegos, leoneses, astellanos, francos o genoveses, establecidos allí en el siglo XIII, contesta don Claudio sin vacilar que no. Madame Curie le viene como de molde cuando afirma, de regreso de un viaje a Andalucía, que, de haber nacido en ella, no habría descubierto el radium.