Dos de las últimas encíclicas pontificias, la Deus caritas est – Dios es amor– (2006), de Benedicto XVI, y la Lumen fidei –Luz de la fe- (2012), borrador dejado por aquél al papa Francisco, que la completó y la publicó, citan a Nietzsche. En la primera de ellas, Ratzinger comentaba un fragmento del pensador alemán, en el que acusaba al cristianismo de envenenar el eros de la vida. El papa germano mostraba allí cómo el cristianismo no había venido a envenenar el eros de la vida, sino a purificarlo y a educarlo para poder convertirlo en ágape. En la última encíclica, Lumen Fidei, de Benedicto XVI y de Francisco, se cita la invitación del joven Nietzsche a su hermana Elisabeth a arriesgarse, a emprender nuevos caminos (…) con la inseguridad de quien procede autónomamente, a la que añadía: Aqui se dividen los caminos del hombre; si quieres alcanzar paz en el alma y felicidad, cree; pero, si quieres ser discípulo de la verdad, indaga. Con lo que creer sería lo contrario de indagar. De ahí que Nietzsche critique al cristianismo de continuo por haber rebajado la existencia humana, quitando novedad y aventura a la vida. La fe sería entonces como un espejismo que nos impide avanzar como hombres libres hacia el futuro. Según esta visión, compartida hoy por los discípulos del filósofo alemán y por otros muchos, crer en Cristo es renunciar a la autonomía, a indagar y a explorar por uno mismo, sustituida por una ciega obediencia cerril. La encíclica, que se titula nada menos que Luz de la fe, muestra cómo ésta es un camino que, lejos de oponerse a la inteligencia, al pensamiento y a la razón, es apertura y aventura, la mayor de las aventuras humanas, por la que uno está dispuesto siempre a salir de sí mismo, sin dejar de ser uno mismo, a fin de darlo todo para la nueva creación de sí, de los otros, del mismo mundo, bajo la guía suprema y liberadora del Dios creador y salvador.