El mejor encanto (glamor) de los Goya, esa fiesta nacional de los sentidos; esa fiesta de la creatividad, del ingenio, de la belleza, de la elegancia, de la moda y de la fama, fue ayer el actor revelación de la estupenda película, premiada, Campeones. Pero por encima de ese premio y de los muchos premios a la película El Reino, de Rodrigo Sorogoyen –de la que tengo que hablar otro día-; del buen humor discreto de Buenafuente y su señora Silvia Abril; del merecido homenaje a Chicho Ibáñez Serrador, y de tantas otras cosas…, están las palabras de Jesús Vidal, licenciado en Letras y máster en periodismo, con cierta discapacidad física, que nos hizo, sin querer, llorar a todos, y a poner sobre todos los encantos (glamores) el encanto del valor de la humanidad, ejercicio del humanismo. Aquel no sabéis lo que habéis hecho (premiando a él y a sus compañeros) fue un grito de exaltación y de crítica social a la vez. Nadie podía decirlo con más autoridad que él. Aquellas palabras conmovedoras sobre sus padres, su familia, sus amigos, sonaban más sinceras y entrañables que todas las muchas similares de sus colegas los artistas. Y nadie, sino él, podía decir: Queridos padres: A mí sí me gustaría tener un hijo como yo, porque tengo unos padres como vosotros.
Hay cosas que hasta en una feria de vanidades tan encantadoras como la de los premios Goya, están por encima de todo.