El capellán jesuita de Voltaire

Estudiando la disolución de la Compañía de jesús por la República española en febrero de 1932, encuentro un texto curioso que no conocía hasta hoy. Sabía que François Marie Arouet había sido durante siete años alumno de los jesuitas en el colegio Louis-le-Grand, de París, donde tuvo como profesores a los mejores maestros del momento. Y conocía igualmente el reconociento que el personaje llamado después Voltaire mostraba a los buenos padres, a quenes  tenía, de entre todas las Órdenes docentes, como los que mejor habían entendido las bellas artes y los que mejor habían enseñado la oratoria y la poética. Lo que no sabía era que, tras la disolución de la Compañía en Francia, el escritor, poeta, historiador y filósosfo, para quien la Igesia era un engaño y la religión revelada una superstición, había mantenido en su palacio  desde 1763 a 1777 al jesuita Antoine Adam, como su capellán, y que de sus manos había recibido los sacramentos durante una grave enfernedad, en 1769, tras retractarse de sus escritos anticristianos; retractación  que después retiró. Poco antes de recibir la muerte de verdad, el poco fino, o excesivamente celoso, párroco de Saint Sulpice le preguntó si creía en la divinidad de Jesucristo, a lo que el paciente le dijó suplicante: Déjeme morir en paz. Pocos días antes, había entregado a su secretario su verdadera profesión de fe: Muero admirando a Dios, amando a mis amigos, sin odiar a mis enemigos, y detestando la superstición. Ni siquiera tuvo paz tras la muerte. Trasladado el Panteón el año 1791, unos realistas crueles esparcieron sus huesos en 1814, que no volvieron a encontrarse. Su tumba está hoy vacía. Su admirable y admirado Dios no le habrá dejado tan solo y desamparado.