Desde Puente la Reina hasta el límite meridional de Navarra, en torres de iglesias, como ésta de Santacara, o en algunas chimeneas de viejas fábricas de varios pueblos de la Ribera, los nidos de cigüeñas son un regalo estético, cada día más apreciado y fomentado.
Nos traen -desde el día de San Blas, el del refrán-, adelantada, la primavera en la multinacional bandeja de sus alas.
Ellas y sus cigoñinos presiden durante meses la alborotada avifauna que revolotea en torno a los templos. Los romanos las consagraron a la diosa juno, esposa de Júpiter, reina del cielo, de la mujer y de la familia, simbolizando así la fidelidad matrimonial y el amor filial.
Desde el nido hasta el río, balsa o laguna, donde pescan, trazan un triángulo quebrado y lírico.
Algunas, cada vez más, como en este año caluroso, en vez de levantar, como en tiempos, vuelo hasta el sur del Sáhara, se quedan con nosotros durante el otoño y el invierno, que deben de parecerles más benignos y habitables que antes.