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«El nuevo orden erótico»

 

                         Diego Fusaro (Turín, 1983), joven filósofo marxista hegeliano y crítico de la globalización liberal, acaba de publicar su último libro titulado El nuevo orden erótico. Elogio del amor y de la familia.

Para Fusaro, con cuyas opiniones sobre la política actual estoy muy en desacuerdo, el capitalismo -un cierto capitalismo, corrijo yo- es escándalo y locura, porque deforma al hombre, lo deshumaniza, lo embrutece y lo pervierte, convirtiéndolo en un extraño para sí mismo, para el mundo y para los otros hombres.

-El capitalismo odia a la familia igual que odia al Estado y todo lo que no es inmediatamente atribuible a la relación mercantil. (…) Odia a la familia porque solo quiere átomos de disfrute sin estabilidad ni planificación. Sade, como don Juan, son sus iconos histórico-literarios: El amor, en tiempos del capitalismo, se convierte en mero goce, amor líquido, precariedad sentimental. La libertad para el capitalismo es la ruptura de todos los límites éticos y de todas las vinculaciones sólidas, la transgresión permanente, la desregulación antropológica sentimental y afectiva, así como económica.

Y en otro momento: Lo importante es que no se creen vínculos firmes y solidarios, presentando la alternativa del desarraigo amoroso como una experiencia seductora y emancipadora. A estas personas, tristemente convertidas en `átomos posidentitarios, solteras en el sentido ontológico más profundo, el capitalismo les brinda luego el venenoso premio gordo de la ideología de género que -como todas las ideologías- niega su estatuto ideológico y se presenta a los ojos de sus ilusos adeptos como una forma natural de ver, entender y habitar a realidad.

El Dios de F. X. Nguyen van Thuan

 

           Nacido en Vietnam en 1928, François Xavier fue consagrado obispo de Nha Trang en 1967. Ocho años después, habiendo sido nombrado obispo coadjutor de Saigón, fue apresado por el nuevo régimen comunista, que acababa de llegar al poder. Estuvo trece años encarcelado, nueve en absoluto aislamiento. Fue liberado en 1988 y puesto en régimen de arresto domiciliario en Hanoi, sin permitirle volver a su diócesis. Dos años más tarde, se le permitió viajar a Roma, pero no volver a su país. En la capital de la cristiandad fue vicepresidente (1994) y luego presidente (1998) del Pontificio Consejo de Justicia y Paz hasta su muerte en 2002. Durante sus años de cautividad escribió para sus feligreses varios libros sobre la esperanza cristiana. Al final de su vida, el libro Cinco  panes y dos peces (1997) sobre sus recuerdos de la prisión.

-Ayer por la tarde fui detenido. Transportado durante la noche a Saigón hasta Nhatrang, a cuatro cientos kilómetros de distancia en medio de dos policías, he comenzado la experiencia de una vida de prisionero. Hay tantos sentimientos confusos en mi cabeza: tristeza. miedo, tensión; con el corazón desgarrado de haber sido alejado de mi pueblo (…). Pero en este mar de extrema amargura, me siento más libre que nunca (…). De camino a la cautividad he orado: Tú eres mi Dios y mi todo (…). En la oscuridad de la noche, en medio de ese océano de ansiedad, de pesadilla, poco a poco me despierto: Debo afrontar la realidad. Estoy en la cárcel. Si espero el momento de hacer algo verdaderamente grande, ¿cuántas veces se me presentarán ocasiones semejantes? No, aprovecho las ocasiones que se me presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria.. No esperaré. Vivo el momento presente colmándolo de amor. La línea recta está formada por millones de puntitos unidos entre sí. También mi vida está integrada por millones de segundos y de minutos unidos entre sí. Dispongo perfectamente cada punto y mi vida será recta. Veo con perfección cada minuto y mi vida será santa.

-Meses más tarde, cuando me metieron en el fondo del barco Hai-Pong con otros mil quinientos prisioneros para transportarnos al norte, viendo la desesperación, el odio, el deseo de venganza en las caras de los detenidos, compartí su sufrimiento, pero rápidamente me llamó de nuevo esa Voz: Escoge a Dios y no las obras de Dios. Y yo me decía:  En verdad, Señor, aquí está mi catedral, aquí está el pueblo de Dios que me has confiado para que lo cuide. Debo asegurar tu presencia en medio de estos hermanos desesperados. Esta es tu voluntad, y, por tanto, esta es mi elección.

-¿Cómo llegar a esta intensidad de amor en el momento presente? Pienso que debo vivir cada día, cada minuto, como si fuera el último de mi vida. Debo dejar todo lo accesorio y concentrarme solo en lo esencial. Cada palabra, cada gesto, cada llamada de teléfono, cada decisión es la cosa más bella de mi vida.

«Los teólogos ya no van a la hoguera»

 

           Este título encabeza uno de los últimos números de una revista tan seria como VN. Lo que quiere decir que, corridos los velos del luto pontificio, volvemos a la vida normal, donde se cuentan las cosas tales como sucedieron.

La buena noticia es que en esta última década no ha ha habido amonestación pública alguna a teólogos y moralistas católicos por parte del nuevo Dicasterio (antigua Congregación, que dejó de ser sagrada ya con Juan Pablo II) de la Doctrina de la Fe. En el severo y hermoso Palazzo del Santo Uffizio priva ahora el diálogo con los investigadores y profesores por encima de la amonestación, la convocatoria disciplinar y los castigos varios, y se prefiere que las Iglesias locales no eleven las discrepancias a conflictos de alcance global.

En marzo de 2017 ocurrió la última amonestación a la religiosa norteamericana A. Farley, de las HH de la Misericordia por su libro sobre cuestiones de moral sexual, aunque no se le impusieran sanciones. Pero a ello siguió la polémica y desgraciada intervención del Vaticano de la Conferencia de Superioras Mayores de Estados Unidos de América, conflicto estruendoso entre los obispos católicos y las superioras religiosas, que acabó en tablas en 1915, ya en tiempos del papa  Francisco, y con muchas deserciones en los conventos.

Fue Juan Pablo II quien comenzó en abril de 1979l as amonestaciones oficiales,  teniendo como prefecto de la entonces Congregación al cardenal croata F. Seper. La primera víctima fue el dominico francés J. Pohier, al que siguieron el teólogo moralista norteamericano A. Kosnik; el sacerdote suizo Hans Küng (con remoción de su cátedra); el dominico belga E. Schillebeechk. El 25 de noviembre de 1981 el teólogo alemán del Concilio, J. Ratzinger sustituyó a Seper en la Congregación. Ante ella fue convocado de nuevo el teólogo belga; el franciscano L. Boff (con remoción de cátedra  y prohibición de predicar y publicar libros) y, el caso más escandaloso de todos, el eminente moralista redentorista holandés, Bernard Häring, icono del Alphonsianum de Roma, varias veces llamado a capítulo, que escribió primero un artículo resonante y luego un libro contra tales prácticas inquisitoriales, y llegó a afirmar que prefería encontrarse ante un tribunal de Hitler que presentarse otra vez ante el Santo Oficio. El mismo moralista acompañó ante el tribunal romano a otro colega en la misma Academia Alfonsiana, el teólogo norteamericano Ch. Curran, que fue separado de la misma. A este siguió de nuevo el dominico belga -una de las cimas de la  teología europea-; los teólogos oblatos A. Guindon, norteamericano, y T. Balasuriya, sacerdote de Sri Lanka (directamente excomulgado en 1997, aunque reconciliado un año más tarde); la obra del fallecido jesuita A. de Melo; la religiosa norteamericana J. Gramik y el salvatoriano R. Nugent (a quien se le prohibió cualquier cargo y ejercicio pastoral); el austríaco R. Messner; el jesuita francés J. Depuis; el redentorista español, discípulo de Häring y  profesor como él en Roma, M. Vidal, y el jesuita norteamericano R. Haight (con remoción de cátedra). Seguramente  me dejo algunos más.

Ya como papa Benedicto XVI, y con el prefecto americano W. Levada en la Congregación, la amonestación cayó sobre el célebre teólogo español-salvadoreño J. Sobrino en 2006, con la prohibición de enseñar y de publicar, pero el intrépido jesuita, avezado a mayores peligros, no hizo caso alguno de la sanción.

De entre los españoles en España, y dejando algunas amonestaciones más suaves hechas por la Comisión teológica de la Conferencia Episcopal Española, a teólogos, conocidos como el gallego Torres Queiruga y el vasco José Antonio Pagola, es lamentable el caso de los profesores jesuitas de la Facultad de Granada,  J. M. Castillo y J. A. Estada, destituidos en 1988  de sus cátedras por la presión de la Congregación de Roma y  de la CEE., sin capacidad alguna de defenderse.

A este triste período de la Iglesia, glorioso en otros aspectos, el príncipe de la teología católica del siglo XX, el jesuita alemán Karl Rahner, por algo  lo llamó el invierno de la Iglesia.

 

El desvergonzado Lope de Vega

 

            Estoy terminando la lectura y estudio de las Cartas (1604-1633) de Lope de Vega a su protector y amigo duque de Sessa, de las que hablé en su día. Además de escribirle las cartas para las sucesivas amantes del duque, compartía con él enredos amorosos y groserías eróticas, amén de diatribas contra los frailes de su tiempo. Así, por ejemplo, en su carta nº 229, de octubre de 1617:

Bueno se anda vuestra excelencia de paternidad en paternidad, duque mi señor. Los frailes son los más discretos  hombres del mundo. No van a la guerra, ni pagan millones. Gozan lo mejor y danles dineros, porque dicen las mujeres que los ponen debajo. Debe de ser más firme el eje, que hay mujer que tiene las nalgas como ruedas de torno, por quien decía Cicerón: «ábreme, que me torno». No sé a cuántos capítulos don Quevedo lo dijo mejor en una sátira:

Las, Dios nos libre, faldas levantadas

¿Qué le parece a vuestra excelencia del paréntesis? A la fe, señor, ellos hacen hijos y otros los crían.

 Y no continúo con lo que sigue para no manchar estas páginas.

Cuando esto escribía, enviudado dos veces, tras tener varios hijos legítimo  y de varias mujeres fuera del matrimonio, uno de ellos fraile franciscano, se había ordenado de clérigo en 1614, pronto oficial del Santo Oficio, y enredado después con la Loca (la actriz Lucía de Salcedo) y había tenido una nueva hija con la casada Marta de Nevares, cuyo marido le perseguía y estuvo una noche a punto de matarle.

¡Y aún tenía rostro para hablar mal de los frailes!

Los tres castros de Peralta (y III)

 

               Subimos, lo más despacio que podemos, pasando cerca de las calles CantarranasVerdura y San Juan, por una pendiente donde se tiraron casas o casuchas, se rehicieron nuevas, se rehabilitaron las cuevas ancestrales, se abrieron senderos y rampas, se pintarrajeó todo de cal y algunos colores, entre pitas y copiosos cactus como vegetación principal.

Contemplamos la torre barroca campanar exenta, símbolo de la villa, único resto de la iglesia parroquial, gótico renacentista, de San Juan Evangelista, de fines del XVI, toda de ladrillo rojizo sobre basa de piedra; de una nave, capillas laterales y cabecera poligonal. Airosa y elegante, la torre está compuesta de cuerpos prismáticos decrecientes y otro octogonal de remate, con pilastras cajeadas y labores geométricos, con varios vanos que alojan las campanas, coronado todo por pequeños pilares con bolas. No lejos de ella se levantó, con el mismo título, entre 1826 y 1833, la iglesia parroquial actual, neoclásica, impresionante por su magnitud y por la riqueza de sus retablos. Solo hace unos años se erigieron las dos torres laterales, de estilo herreriano.

Llegados a la altura de la torre campanar, descansamos un poco en uno de los bancos  acogedores, de madera, que se reparten por todo el circuito. Buenas visión sobre el poblado actual y sus polígonos industriales, entre el río, desviado de su antiguo cauce, y los últimos montes de Peralta, y sobre toda la Ribera Media. Seguimos rodeados de cactus hasta llegar a unas sencillas escaleras de tierra y madera, que nos llevan a la torre fusilera, erigida sobre una  de las viejas torres de la Atalaya.

En este promontorio, entre 355 y 377 metros, parque natural hoy, ocupado todo él por  pinos alepos y sisallos autóctonos, estuvo el castro celtíbero y después la ciudadela medieval. Armendáriz halló aquí cerámicas celtíberas y manufacturadas. El viejo poblado debió de extinguirse a finales de la Edad de Hierro.

El año 924, el ejército de Abderramán III llegó a la fortaleza de Bitra Alta, Petra Alta, en tierras cristianas, y se llevó, como cuentan las crónicas  árabes, el primer botín con que Dios los gratificó en el curso de esa campaña. La ciudadela medieval llegó a medir 4 hectáreas, y todavía son visibles hoy la puerta de acceso o puerta falsa, la rampa de entrada, el aljibe (Pozo de los moros), la muralla de tapial hecho de piedras de yeso y argamasa. el foso septentrional y el llamado Portil del lobo, poterna o puerta secundaria y arqueada en el extremo norte. La población medieval estaría en derredor de las actuales ruinas de la iglesia de Santa Lucía, del siglo XVIII, dos muros endebles aún en pie, sostenidos por cinturones de hierro.

Rodeamos todo el ámbito de la antigua ciudadela y bajamos esta vez, con un rodeo más cómodo, sobre las hondas quebradas yesosas del flanco occidental. A estas horas refulge cegadoramente el penúltimo sol sobre los techos metálicos de fábricas, naves y almacenes, mientras el Arga discurre sereno hacia los dominios no  menos accidentados de Funes, camino del Aragón y del  Ebro. Más oscuros, se adivinan en el ancho regadío peraltés los cardos  y los pimientos cucones, que tienen también sus días festivos en el calendario festival de Peralta.

Los tres castros de Peralta (II)

 

        Al Este del término municipal de Peralta dominan los aluviones fluviales, y al Oeste los yesos. De Norte a Sur se distinguen tres pliegues: el anticlinal de Falces, el sinclinal de Peralta y el anticlinal de Andosilla, con una serie de crestas en dirección NO-SE, separadas por valles excavados en las margas yesíferas: Alto de Carricas, Barranco de Vallacuera, Sierra de Peralta, Caluengo  (466 m.), Olivos, Los Prados, Dehesa y Montecillo.

Petralta (Piedra Alta) en los textos de los siglos XI y XII, fue reducto avanzado desde el siglo X en la naciente monarquía pamplonesa. Fue después tenencia del Reino bien documentada en los siglos siguientes. La fortificación, con nombre árabe de La Atalaya, significa torre, altura o posición eminente y fue realidad desde el siglo X. La torre principal estaba en ruinas en el año 1400, pero el resto del fortín seguía en pie. Fue derruido parcialmente por orden del cardenal Cisneros, junto con otros de Navarra, en 1516.

Pasamos el puente de origen gótico, muy reformado en el siglo XVII y en el XX, y recalamos en El Sotillo, junto al río Arga, que llega escaso, dejando toda la cascajera al aire. Seguimos avanzando por el camino fluvial que lleva hasta Falces, pero nosotros bordeamos por arriba la Canal de Vallacuera hasta llegar al raso, desde donde divisamos las huertas solares de Falces y desde donde podemos contemplar a placer la espectacular Sierra de Peralta (popularmente, los Montes de Peralta), que llega hasta Miranda, formación de arcillas y yesos alternantes desde el Oligoceno-Mioceno, en forma de puntas de diamante o diminutas pirámides, todas plantadas, como en todo el contorno, de pequeños pinos alepos, resistentes en la peores condiciones de terreno.

Nos acercamos luego a lo que queda del castro llamado Vallacuera, con orígenes en el Bronce Final, a una altura de 321 metros, de apenas 1.500 metros cuadrados de superficie, en gran parte vaciado por el río. En él se encontraron cerámicas manufacturadas y un molino de mano; abandonado probablemente en el Hierro Medio, fue aprovechado de nuevo en época bajo imperial, para terminar del todo en el siglo V.

Tomamos el desayuno sobre la hierba en un extremo de El Sotillo, junto al río. En una de las antiguas cuevas, bajo los acantilados de yeso, con sus variadas figuras geométricas, producto de la erosión, han puesto una perrera, donde un perro inoportuno no deja de importunarnos durante un buen rato, pero luego nos deja dormir. En los años Treinta del pasado siglo, el 20% de la población peraltesa vivía en cuevas.

Encima de nosotros tenemos la torre fusilera, del tiempo de las guerras carlistas, hecha de muros de yeso con aspilleras en los lados, quizás sobre sobre el lugar de unas de las torres de la Atalaya. Y hasta allá que nos vamos. 

 

Los tres castros de Peralta (I)

 

    La mañana de este sábado febreril sigue anclada en el reino aéreo de una anticiclón duradero. Las mañanas y noches están siendo frías, pero el sol luce redondo durante el día, y la lluvia sigue sin aparecer en todo el mes. Si no fuera porque la media del agua embalsada en Navarra es inferior a la del conjunto de España, e inferior incluso a la de la cuenca del Tajo y del Júcar, diría que es un día inmejorable para salir de excursión.

Algunos almendros han resistido las heladas continuas y dejan entrever unas pocas flores sonrosadas. El tráfico Pamplona-Tudela  es grande y parece cuadruplicado en el cuadrivio que se forma con la carretera Falces-Marcilla, en el termino de Arlás, nombre  del antiguo despoblado en el siglo XIII, donde queda el restaurante-bar o Venta que lleva ese nombre, junto a talleres Zubiri, algunos almacenes, vivos o muertos, y algunas granjas. La construcción del cuadrivio viario dejó bien visible la pendiente de la parte sur oriental del cabezo, de 20.000 metros cuadrados, que se alza hasta una altura de 302 metros y que eligieron los habitantes del Hierro Antiguo para plantar su modesto poblado. Entonces tenían el río Arga a solo 800 metros, muchos siglos antes de que los peralteses de fines del siglo XX lo alejaran hasta los 1.900 metros de allí.

La subida es fácil. Todo el cabezo es un tupido sisallar, donde la única curiosidad son las innumerables caracoletas y algunos caracoles, vaciados sin duda por los pájaros que se nutrieron de ellos. No queda resto alguno de muralla, que sin duda, si la hubo, fue aprovechada por los posteriores habitantes romanos y los que los siguieron hasta la extinción del poblado en el medievo. Este tuvo una iglesia parroquial dedicada a Nuestra Señora, cuyas ruinas, visibles durante mucho tiempo, han desaparecido por completo. Sólo queda en el flanco occidental un montón de piedras, mayormente cantos rodados, sacados de las fincas aledañas. Es evidente el foso perimetral, que parece doblarse en la parte suroeste. En este lugar Javier Armendáriz encontró cerámicas celtíberas y manufacturadas y un as ibérico, amén de muchas cerámicas romanas y otros restos medievales. Lo más sobresaliente fue un as romano, del tiempo de Tiberio, acuñado en la ceca de Graccurris (Alfaro).

Almorzamos en unos soportes  delante de la nueva y sencilla ermita de San Pedro de Arlás, toda de ladrillo rojo, levantada el año 2000 por la antigua y numerosa Cofradía de San Pedro, que guarda la imagen del santo, imagen romanista c.1600, bendecida en 1954. Junto a la ermita, rodeada de dos irregulares rodales de cipreses y de acacias, levantaron dos altos mástiles, rematado uno en una cruz y otro sosteniendo una campana. Pero no hay papelera alguna y tampoco un elemental panel que ilustre el lugar.

Delante de nosotros, entre neblinas, los cortados yesíferos de Peralta, sobre el río, y, mucho más cerca, unos extensos campos de habas,  en torno a  una caseta de riego.

 

 

 

La Iglesia perseguida en Nicaragua y Venezuela

 

           Conocida es de todos es la dictadura de Daniel Ortega en Nicaragua, y su persecución a la Iglesia católica, con el obispo de Matagalpa, Rolando Álvarez, en la cárcel,  condenado a 26 años, quien no quiso ser desterrado a Estados Unidos y, ha sido después despojado de su nacionalidad nicaragüense.

Menos conocida es la la persecución en Venezuela. Nicolás Maduro es un poco más diplomático que su amigo Daniel Ortega, pero sus intenciones no son muy dispares. Cuatro años le ha costado dar el placet al cardenal Baltazar Porras, arzobispo de Mérida, nombrado por el papa arzobispo de Caracas.  Cuatro años en que solo ha podido ser administrador apostólico. La acogida que tuvo por parte de Diosdado Cabello, vicepresidente del Partido Unido de Venezuela y número dos del Régimen, como vicepresidente de la República, pasará a las antologías del Anticlericalismo. En su programa televisivo Con el mazo dando, y señalando la fotografía del cardenal, y jugando falazmente con las fechas, Diosdado se preguntó ante sus  televidentes:

-¿Quién es este que está aquí? Porras. Por cierto, a él lo nombraron ahorita arzobispo de Caracas. Él está pasado de edad, porque, según ellos, son hasta los 75 años, pero este bicho tiene ya 78.

Añadió luego: -Yo no voté por él. ¿Hicieron elecciones para eso? ¿No hacen una elección? Deberían hacer una elección para ver si yo voto por él. ¿Arzobispo de Caracas, no? Eso sí, es verdad que no importa; esos duran 20, 30, 50 años, y ellos ahí. Pero luego les molesta que los demás se reelijan.

Tras una arenga contra la jerarquía católica, a la que llamó golpista y politiquera, mostró una fotografía de la Conferencia de obispos de Venezuela, con cuerpos de zamuros (aves  carroñeras) y rostros de los prelados: -Con el zamuro mayor al frente, terminó diciendo, refiriéndose al cardenal.