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La leyenda del robo del cadáver

 

(Mt 28, 11-15)

 

Los miembros del Sanedrín se inventaron

que los amigos de Jesús robaron

de su sepulcro el cuerpo. Y a los soldados pagaron

por decir que se durmieron. Pero no los castigaron

porque a Pilatos de mil modos engañaron,

y de este modo evitaron

mil complicaciones. Así que se consolaron

todos con este ardid. Y la burda leyenda que tramaron,

 muchos años, como cosa verdadera propalaron.

Martes de Pascua

 

Corrían Pedro y Juan

(Jn 20, 1-9)

 

Las mujeres les llevaron
la noticia capital.
¿Eran cosas de mujeres?
¡Había que averiguar!
Salieron hacia la tumba
los de más autoridad.
Corrían  los dos discípulos
y corrían sin parar.
Llegó primero el más joven,
que al más viejo dejó atrás.
Pero llegado al dintel,
cuando llegó Pedro, Juan
quiso que fuera el primero
en entrar.

Vio las vendas y el sudario,
cada cosa en su lugar,
pero, siendo como era,
quería ver algo más,
algo aún más evidente,
más  tangencial.
Juan, que entró poco después,
creyó sin titubear.

¿Ayudó a creer a Pedro?
No sabemos nada más.

Lunes de Pascua

 

Las mujeres pascuales

(Mc 16, 1-8)

 

Ellas fueron pioneras
-¿mensajeras,
misioneras?-
en coraje,
al visitar el sepulcro.
Las primeras
en recibir
y transmitir
el mensaje,
que es el poderoso fulcro
de nuestra fe.

¡Qué egregia escena:
María la Magdalena,
María la de Santiago
y Salomé!

 

 

Pascua de Resurrección

 

El ángel de Dios descorre la losa

(Mt 28, 1-10)

Mateo, el evangelista,
usa palabras y signos
de la antigua tradición apocalíptica
para decir lo indecible
y explicar lo inexplicable.

Un recio terremoto
-el mayor  terremoto de todos los siglos-,
que estremeció a los guardianes
y a las valientes mujeres,
y el ángel del Señor –Malak Yahvé-,
rostro de relámpago, vestido de nieve,
que descorre la losa tumbal:

Vosotras, no temáis… Él no está aqui.
Resucitó de entre los muertos.
Venid y  mirad donde yacía…

Dios revela aqui,
definitivamente,
a su enviado mesiánico,
tras sacarle del pozo de la muerte,
donde estaba enterrada la historia de los hombres.

Las voces que te han cantado (y V)

 

Del libro del mismo título, de Paulina Crusat (1970)

 

¿Señor, ¿es que me has olvidado?

(Pierre Emmanuel (1916-1984)

 

Señor, ¿es que me has olvidado?
Que así caigo y vuelvo a caer
de cuerpo en cuerpo, de tumba en tumba,
y ya no sé alzarme otra vez.

Señor, mira, no te he olvidado.
¿Mas quieres hacerme creer
que esa escasa, triste memoria
sea el Tú que tanto esperé?

Señor, ¿es que me has olvidado?

Viernes Santo

 

Lamentación por la nueva Jerusalén

(Ba 4, 5-37; 5, 1-9)

Ánimo, pueblo mío, memoria de Israel.

Por haber ofendido a tu Dios,
has sido entregado a  todas las desgracias.
Irritaste a tu Padre y Creador
con el culto a mil ídolos modernos.
Olvidaste a quien, durante  muchos siglos,
alimentó tu identidad
y te dio todo cuanto tienes.
Acabaste desterrado de ti mismo:
viuda abandonada,
rebañito disperso,
viña destruida,
cedro desmochado,
campo de sal.
Te arrancaste el vestido de paz
para envolverte en el sayal de plañidera.

Muchos que ayer te elogiaban te maldicen.
Muchos que ayer en ti se cobijaban
han huido de ti,
se avergüenzan o se burlan de tu misma existencia.
Los pobres rebeldes ha tiempo que no te necesitan.
Los ricos te respetan pero ignoran tus doctrinas.
Los jóvenes apenas te conocen.
Muchos de los cultos letrados,
alejados de ti,
apenas te conceden unos años de vida.

¡Quién te ha visto y quién te ve, Sión cristiana!

Pero tú, pueblo mío, si vuelves a tu Dios,
y si le buscas con mayor empeño.
Si olvidas de una vez los ídolos impuros
de la honra, del dinero y del poder,
y vuelves a tus viejos títulos divinos
de paz en la justicia
y gloria en la piedad,
podrás levantarte del suelo de tus ruinas
y volver a la cima de la altiva esperanza,
y mirar para oriente,
y ver otra vez a tus hijos exiliados,
convocados por Dios,
que vuelven hacia ti.

Porque a Dios, tu Señor, le gusta rebajar
todo monte elevado, toda duna encrespada;
rellenar vallonadas y barrancos,
y nivelar la tierra
para que puedas un día caminar seguro,
entre bosques aromáticos,
a la luz elegre de su gloria.

Jueves Santo

La cena del Señor

Tras conocer la tensa cercanía de su muerte, 
pudo haberles dejado en testamento
un sublime discurso apologético,
un emotivo manifiesto
o algún compromiso difícil de cumplir.
Fue su última cena. Tras muchas cenas y comidas
con toda clase de gentes,
algunas  con notorios pecadores,

No quiso abandonar a los suyos a su suerte,
huérfanos de su presencia.
No quería olvidarlos en sus vidas inciertas,
ni que a él le olvidasen en las sombras del pasado.
Les dejó como herencia perpetua
aquello que tenía más  a mano,
alimento común de cada día,
elemento de unión y comunión
en las fragosidades de la vida cotidiana:
el pan que comían
el vino que se bebían,
en vísperas de su muerte.
Signos reales de su persona,
de su cuerpo entregado,
de su sangre derramada.
Cada vez que rompieran el pan en común
y en común repartieran el vino,
lo harían en memoria de la vida y la muerte de Maestro,
esperando
su venida futura.

Durante muchos siglos,
miles de filósofos y teólogos ilustres
estudiaron la presencia,
física y metafísica de Cristo,
llenando bibliotecas enteras en torno del misterio.

Pero es una lección elemental
de pastoral aldeana:
el pan es pan y el vino vino,
partido y compartido
en nombre y en recuerdo exigente de Jesús de Nazaret,
presente con la fuerza indefinible
del Espíritu de Dios.

 

Muertos del coronavirus

 

Ay, muertos,
innumerables muertos por el coronavirus,
tan cerca de nosotros,
y más lejos que nunca.

Muertos solos en vuestras celdas
de los hospitales
o de las residencias de ancianos,

o de los nuevos, improvisados,
morideros

en tiempos de pandemia.

Nunca os visteis tan solos en vuestra larga vida.
Sedados, en la mejor de las hipótesis,
dentro de un respirador,
o ahogados en silencio por la voraz neumonía,
sin la última mano, muchas veces,
de vuestros hijos o nietos,

o de algún amigo leal en vuestras vidas;
sin la palabra confortante
de algún servidor del Dios de la esperanaza;
a veces, sin siquiera la palabra terapéutica
del médico o la enfermera.

En la sociedad de la ciencia y del progreso,
del reino de las infinitas libertades,
no hemos sabido hacerlo mejor,
por  miedo del contagio.
Igual que en la Edad Media o en los tiempos antiguos.

Números de una lista interminable
de muertos anónimos
-solo a unos pocos los salvan los medios informativos-,
numerado está también el ataúd
destinado al horno crematorio, cuando hay sitio,
o a la tierra de todos.

Aunque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos,
lo es también de muertos que quieren vivir,
y no se ha olvidado de vosotros
en ningún momento.
Seguramente le habéís vivido
más cercano que nunca en vuestra triste
agonía

que en toda vuestra existencia.

Id con Dios. Con Dios quedad.
A Dios os encomendamos. Que Dios
está con vosotros.

 

Las lecciones de cada día

 

        Todos los días, en todos los medios informativos, miro, leo, veo y oigo, medito y contemplo, admiro y agradezco los cientos, los miles de aciones de generosidad, solidaridad, compasión de la buena, amor puro… de cientos, de miles de mujeres y varones, empresas, bancos, fábricas, grandes superficies, comercios, talleres, colegios profesionales, despachos, laboratorios, estudios, universidades, colegios, conventos, parroquias, diócesis asociaciones de todo género, grupos espontáneos de jóvenes, de adultos, de mayores…, uniéndose proactivamenrte a los miles de científicos, políticos, sanitarios, policías, militares, guardias civiles, trabajadores de trabajos esenciales, que llevan un mes luchando de cerca contra el coronavirus.

¿Cuándo habíamos visto y admirado una cosa así? ¿Cuando pensamos que esta sociedad, que,  sin autocrítica alguna, solemos criticar y tachar de insensible y superficial, iba a comportarse tan socialmente,  tan humanamente?

No sé como seremos, cómo será nuestra sociedad después de la pandemia. Cientos de trabajos intelectuales versan sobre ese futuro. Lo que sí sé es que esta proliferaciónde de altruismo, de alterismo (de alter-altera), de otreidad, de projimidad, de fraternidad/sorortidad es lo mejor dentro de esta endiablada, pervertida, tristísima situación. Si  tenemos todavía el valor de evocar el refrán No hay mal que por bien no venga, éste es ese bien, el bien supremo. Dure lo que dure. Y ojalá que por siempre.

¿Golpe de estado antropológico?

 

         Un estado de alarma causado por una pandemia como ésta es un espacio y un tiempo que ni pintados para todo tipo de falsedades, mentiras, engaños, trampas, trampantojos y otras nequicias. Lo triste es ver a políticos, profesionales prestigiososo, periodistas o escritores caer en las mismas miserias. Es el caso del buen escritor y pensador original a veces, que es Juan Manuel de Prada, en su último artículo escrito en ES, el semanario más leído en España. Las exageraciones, las hipérboles, las sinécdoques (la parte por el todo, el todo por la parte), son ingredientes desde hace muchos siglos de la más castiza sofistería, pero las palabras insultantes o menospreciadoras están fuera de cualquier admisible controversia. Para empezar, el estado de alarma es para Prada un golpe de Estado perpetrado por la patulea que nos gobierna. Luego vienen las sinécdoques (para ser suave) de afirmar que se ha suprimido de un plumazo el control parlamentario o despojado de competencias y de medios a las instituciones locales y regionales, mientras la vida económica ha convertido a los medios de comunicación en zombis sin publicidad, cada vez más permeables y mollares a las consignas gubernativas. Todo lo cual constituye un opíparo cimiento para la tirania política.

Pero, además de un golpe de Estado, el Estado Leviatán, fiscalizador despótico, ha dado un golpe más amedrentador todavía, que es el golpe de de estado antropológico anunciado en el título del trabajo -pero sin interrogantes en el original-, capaz de es  fiscalizar, regular y estabular nuestras emociones y pensamientos, y nuestra propia alma, convirtiendo al pueblo español en un rebaño egoísta y desalmado; a sus gobernantes en un estado policíaco monstruoso, y eclipsando a la Iglesia, ya solo un jarrón chino que a nadie importa, reponsables todos juntos de que los enfermos de coronavirus mueran en soledad, aislados de sus familiares, sin consuelo espiritual alguno, entregados a la  tierra o al fuego, como si fuesen muebles desencolados.

Para terminar con la invocación paulina Maran Athá (el Señor viene), no se sabe si en esta ocasión con claro propósito apocalíptico para acabar con tamaña abominación como la que estamos viviendo.

 

L