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¿Golpe de estado antropológico?

 

         Un estado de alarma causado por una pandemia como ésta es un espacio y un tiempo que ni pintados para todo tipo de falsedades, mentiras, engaños, trampas, trampantojos y otras nequicias. Lo triste es ver a políticos, profesionales prestigiososo, periodistas o escritores caer en las mismas miserias. Es el caso del buen escritor y pensador original a veces, que es Juan Manuel de Prada, en su último artículo escrito en ES, el semanario más leído en España. Las exageraciones, las hipérboles, las sinécdoques (la parte por el todo, el todo por la parte), son ingredientes desde hace muchos siglos de la más castiza sofistería, pero las palabras insultantes o menospreciadoras están fuera de cualquier admisible controversia. Para empezar, el estado de alarma es para Prada un golpe de Estado perpetrado por la patulea que nos gobierna. Luego vienen las sinécdoques (para ser suave) de afirmar que se ha suprimido de un plumazo el control parlamentario o despojado de competencias y de medios a las instituciones locales y regionales, mientras la vida económica ha convertido a los medios de comunicación en zombis sin publicidad, cada vez más permeables y mollares a las consignas gubernativas. Todo lo cual constituye un opíparo cimiento para la tirania política.

Pero, además de un golpe de Estado, el Estado Leviatán, fiscalizador despótico, ha dado un golpe más amedrentador todavía, que es el golpe de de estado antropológico anunciado en el título del trabajo -pero sin interrogantes en el original-, capaz de es  fiscalizar, regular y estabular nuestras emociones y pensamientos, y nuestra propia alma, convirtiendo al pueblo español en un rebaño egoísta y desalmado; a sus gobernantes en un estado policíaco monstruoso, y eclipsando a la Iglesia, ya solo un jarrón chino que a nadie importa, reponsables todos juntos de que los enfermos de coronavirus mueran en soledad, aislados de sus familiares, sin consuelo espiritual alguno, entregados a la  tierra o al fuego, como si fuesen muebles desencolados.

Para terminar con la invocación paulina Maran Athá (el Señor viene), no se sabe si en esta ocasión con claro propósito apocalíptico para acabar con tamaña abominación como la que estamos viviendo.

 

L

Domingo de Ramos

 

Mc 11, 1-11; Jn 12, 12-19

 

Entra Jesús montado en un pollino.
Ni rey ni emperador: un peregrino

piadoso que llega a Jerusalén
sin armas ni arreos ni palafrén.

Unos mantos por silla de montar
y ramos de palmeras al pasar.

El Hijo de David, dicho el Mesías,
que anunciaron las viejas profecías.

El que viene en el nombre del Señor,
el rey de la justicia y del amor.

Pero el pueblo esperaba otro caudillo,
con más poder y fuerza, con más brillo.

A caballo y  con halo de laurel,
que liberara al pueblo de Israel.

Y así del Galileo se olvidó
y  a su suerte insegura le dejó.

Qué breve entrada triunfal.
Y qué ingratitud tan descomunal.

Voces que te han cantado (IV)

 

(Del libro, del mismo título, de Paulina Cruset (1970)

 

Mary Elizabeth Coleridge (1861-1907)

 

Señor de los vientos, yo grito hacia Ti,
          yo, polvo del suelo,
y, aunque toda ráfaga se burla  de mí,
          hacia Ti vuelo.

Señor de las aguas, yo clamo hacia Ti.
Soy la mala hierba que llevan las aguas,
          que desgaja el río.
Que el torrente empuja – y a tus pies arrastra.

Corona-virus (Una vuelta al «Libro de Job») (I y II)

 

        CORONAVIRUS

(Una vuelta al Libro de Job)

 

En otros, benditos, tiempos,
hubiéramos salido en procesión masiva,
hubiéramos sacado por las calles las Vírgenes locales ,
los venerados Santocristos de la Semana Santa
y hubiéramos hecho rogativas populares,
cantando con fervor  las viejas letanías:

A peste, fame et bello
-Liberanos, Domine.

A subitánea et improvisa morte
-Liberanos, Domine.

Peccatores
-Te togamus, audinos.

Ut nobis parcas
-Te rogamus, audinos.

Ut nobis indulgeas
-Te rogamus, audi nos.

Pero ya en el siglo cuarto antes de Cristo,
muchos siglos antes
de los teólogos liberales,
de los exégetas de la historia de las formas,
de los ateos humanistas de nuestros días,
esa joya de la literatura hebrea,
que es el Libro de Job,
nos dejó este alado y veraz testimonio:

Te pido auxilio y no respondes,
me presento y no haces caso.
Te has vuelto cruel conmigo,
tu fuerte mano se ceba en mí.
Me haces cabalgar sobre el viento,
sacudido a merced del huracán.
Sé que me devuelves a la muerte,
al lugar donde se citan los vivientes. [30, 20-23]

Un hombre íntegro y recto,
temeroso de Dios y apartado del mal
es el que grita e impreca:
ha perdido  de golpe hijos y bienes
y la peste le devora.
Convertido en refrán de la gente,
la aflicción consume sus ojos,
sus miembros son como sombra,
llama al sepulcro padre mío
y a los gusanos madre y hermanos.

Y este treno final, que hace temblar la historia:

Ojalá que alguien me escuchara.
¡He dicho mi última palabra!
A Yahvé le  toca responder. [31, 35]

¿Pero habló acaso a la ligera el censor de Yahvé?
Después de oír al Dios omnipotente,
se dió cuenta Job de que éste todo lo podía
y de que era capaz de cualquier proyecto.
Pero ¿habló sin pensar de maravillas
que le superaban  e ignoraba?
Lo cierto es que Job acabó arrepentido,
echado en el polvo y la ceniza. [42, 2-6]

¿Quién había leído, en serio, entre nosotros
el Libro de Job?

Es verdad que, siglos más tarde,
Jesús de Nazaret, la Palabra de Dios,
nos reveló un Padre celestial,
Padre-Madre bueno y generoso,
a quien pedir, a quien buscar, a quien llamar
en todo momento y situación.
Pero el duro mensaje de Job
no quedó, ni mucho menos, desfasado.

Los teólogos más despiertos,
antes y después del Concilio Vaticano Segundo,
nos enseñaron solícitos
la plena autonomía del mundo,
de un mundo autónomo,
con sus leyes implacables,
sus azares injustos,
sus virus virulentos y virales.
Y la plena autonomía del hombre,
capaz de las más repugnantes fechorías,
no enviadas ni queridas por Dios.
Por eso redoblamos, a lo largo de la vida,
la lucha infatigable por la paz y justicia en el orbe,
por la armónica acción universal
en contra de todas las catástrofes:

A peste, fame et bello
-Liberemus omnes nos.

Muchos de los que, niños aún,
llevaban el farol en las viejas rogativas
no han rezado un solo padrenuestro
durante la peste actual del COVID-19.

Acaso, libres como son,
se han tomado muy en serio
la autonomía del mundo.
Pero otros muchos también
que creemos en esa autonomía
y a la vez en el Dios creador del universo,
o de los varios universos,
el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo,
a quien cada día veneramos,
a quien cada día invocamos,
le pediremos un día humildemente
igual que Job, pero con más confianza-,
cuenta de de ese tremendo secreto:
ese secreto nunca revelado,
que conturbó las mentes
geniales de Newton, Leibnitz o Pascal
y de  tantos hombres, ilustres o no,
de nuestro tiempo.

¿No había modelo mejor de autonomía?
¿No había vida autónoma del mundo
sin tantos sufrimientos,
sin tantas injusticias,
sin tantas variedades de enfermedad y muerte?
¿Era necesario el coronavirus
para dejar patente

la magnitud de Dios,
el poderío del mal,
la finitud del hombre?

En tiempos de los recios profetas,
de Jeremías o Ezequiel,
las numerosas y solitarias muertes
de la actual pandemia
habrían sido el justo
castigo de Yahvé a su pueblo preferido
por sus mil idolatrías.
Pero al día de hoy,
¿quién podría albergar concepto tan mezquino
y tan injusto
sobre el Dios del Nuevo Testamento?

Discípulos de Kant, pensamos firmemente
que el mal endémico del mundo
postula otra existencia, otra vida mejor,
que pueda equilibrar
las seculares,

innumerables,
injusticias de la historia.
No pueden quedar sin más,
en la lúgubre sima del olvido o del absurdo
tanta muerte prematura,
tanta vida dolorida,
tanto horror,
tanto penar
-tanta peste, guerra y hambre-,
tanta víctima en cualquier
rincón del mundo.

Alguien me dirá tal vez, sensato:
¿qué es toda una vida humana,
unos meses, unos años
del peor de los tormentos
comparado con la dulce, feliz eternidad?
Los sufrimientos del tiempo presente
-escribe Pablo de Tarso-
no son comparables
con la gloria que un día se mostrará en nosotros.

Pero queda todavía sin respuesta
la amarga y juiciosa pregunta de Job.

Virus vil, virus maldito

 

 

VIRUS VIL, VIRUS MALDITO,

CON ESPIGAS Y CORONAS

NUESTRAS VIDAS NO PERDONAS

EN TU CONTAGIO INFINITO.

PAGARÁS CARO EL DELITO

DE HOMICIDA ESPESO, INMUNDO,

INVISIBLE, INVERECUNDO:

ACABAREMOS CONTIGO,

EL MÁS CRUEL ENEMIGO

QUE NOS TOCÓ EN NUESTRO MUNDO.

Últimos aforismos

 

Durante el estado de alarma por la pandemia del corona-virus, los perros sacan a pasear a sus dueños.

Los virulentos virus virales.

Ojalá que, tras lavarnos tanto las manos durante la pandemia, no nos las lavemos nunca más después, por no comprometernos en alguna causa justa.

El rey Felipe VI, al desentenderse de su padre, acusado de corrupción, se ha desprendido del mayor virus de la Corona que amenazaba a la Monarquía española.

Los bulos no tienen bula.

Nunca fue tan arduo doblar a brazo partido una línea estadística curva y ascendente  como la del contagio del corona virus sobre el mapa de España.

 

 

 

 

Los profetas de Israel y los pobres (y III)

 

         El profeta Miqueas era originario de Moreset, en el reino de Judá, al oeste de Hebrón. Actuó en los reinados de Ajaz y Ezequías, antes y después de la toma de Samaría (721 a. C) y quizás hasta la invasión de Senaquerib (701). Fue en parte contemporáneo de Oseas y, por más tiempo, del primer Isaías. Por su origen campesino se parece al profeta Amós, con quien comparte el lenguaje concreto y a veces rudo contra los grandes señores, el juego de palabras y las rápidas imágenes literarias. Nada sabemos de su vida ni de su vocación profética. Al igual que su predecesor, fustiga a los ricos acaparadores, a los acreedores despiadados, a los comerciantes fraudulentos, a los sacerdotes y profetas codiciosos, a los jefes tiranos, a los jueces venales:

¡Ay de aquellos que planean injusticias, / que traman maldades en sus lechos / y al despuntar el día las ejecutan,  /porque acaparan el poder! / Codician campos y los roban,  / casas y las usurpan;  / atropellan al hombre y a su casa, / al individuo y a su heredad. (2, 1-2).

Escuchad esto / jefes de la casa de Jacob, / y dirigentes de la casa de Israel,  / que aborrecéis la justicia / y torcéis todo el derecho,  / que edificáis a Sión con sangre / y a Jerusalén con crímenes. / Sus jefes juzgan con soborno,  / sus sacerdotes enseñan a sueldo,  / sus profetas vaticinan por dinero,  / y se apoyan en Yhavé diciendo:  / ¿No está Yahvé en medio de nosotros? / ¡No nos alcanzará ningún mal. (3, 9-11).

¿Tengo que soportar / la casa del malvado / con riquezas injustas / y una medida escasa e indignante?  / ¿Daré por justa la balanza tramposa / y la bolsa de pesas fraudulentas? /  Sus ricos [de la ciudad] están llenos de violencia,  / sus habitantes dicen falsedades / y tienen lenguas mentirosas! (6, 10-12).

¡Los fieles han desaparecido del país, / nos queda un justo entre los hombres! / Todos planean asesinatos, / cada cual tiende trampas a su hermano. / Adiestran sus manos para el mal: / el príncipe impone exigencias, / el juez actúa por soborno, / el poderoso declara su propia codicia / y él y ellos lo traman.  / Su bondad es como un cardo, / su rectitud como un espino. (7, 2-4).

Los profetas de Israel y los pobres (II)

 

         El profeta Oseas, oriundo del reino del Norte, es contemporáneo de Amós, pero no parece que haya visto la ruina de Samaría, el año 721. Fue el período que vivió muy sombrío para Israel: conquistas asirias de 734-732, revueltas interiores, cuatro reyes asesinados en quince años, corrupción religiosa y moral… Oseas se había casado con uma mujer a la que amaba y que le abandonó; pero siguió amándola y volvió con ella después de ponerla a prueba. Esta dolorosa experiencia personal se convierte en símbolo de la conducta de Yahvé con su pueblo. Todo su mensaje tiene como tema fundamental el amor de Dios despreciado por su pueblo. Oseas arremete sobre todo contra las clases dirigentes de la sociedad: los reyes degradados y degenerados, o los sacerdotes, ignorantes y rapaces. Igual que Amós, Oseas condena las injusticias y las violencias contra el pueblo más débil y pobre, aunque insiste más que aquél en la infidelidad religiosa para con Yahvé, asociado a Baal y Astarté en el culto licencioso de las colinas.

Una y otra vez el profeta condena los crímenes de Israel y de Judá y anuncia el castigo de sus iniquidades:

Escuchad la palabra de Yahvé, hijos de Israel, / que Yahvé pone pleitos a los habitantes de esta tierra, / pues no hay fidelidad ni amor, / ni conocimiento de Dios en esta tierra, / sino perjurio y mentia, asesinato y robo,  / adulterio y violencia, sangre y más sangre... ( 4, 1-2).

(…)

El vino y el mosto  hacen perder el sentido. / Mi pueblo consulta a su madero / y su palo le instruye, / porque un espíritu de prostitución le extravía / y se prostituyen sacudiendose de su Dios. / Sacrifican en las cimas de los montes, / queman incienso en las colinas,  / bajo la encina, el chopo, o el terebinto, / ¡porque es buena su sombra! (4, 11-13).

Los sacerdotes son blanco continuo de las adminiciones y amenazas del profeta:

Como bandidos emboscados / son la pandilla de scerdotes; / asesinan por el camino de Siquén, / y  cometen infamia ( 6, 9).

Los reyes y los príncipes son borrachos, agitadores, intrigantes, coléricos, devoradores de jueces, infieles a Yahvé;

Han entronizado reyes sin contar conmigo, / han nombrado príncipes sin mi conocimiento.  / Con su plata y su oro se han fabricado ídolos, / para su perdición (8, 4).

Los profetas de Israel y los pobres (I)

 

         Entre los pueblos vecinos de Israel conocemos ya casos de éxtasis proféticos en Mari del Eufrates en el sigo XVIII a. C., o en Biblos, en sl siglo IX. Moisés pasa por ser el máximo profeta de Israel, al que siguieron figuras tan relevantes como Aarón, Josué, Débora, Samuel, Natán, Elías, Eliseo… En tiempos de Elías (sigo IX) vemos activos grupos y hermandades de profetas. El mensaje divino puede llegar al profeta por visión, audición y, las más de las veces, por una inspiración interior, que el profeta traduce a su pueblo de muy varias formas: desde un poema lírico a una lamentación fúnebre, pasando por oráculos -la forma más habitual-, parábolas, sermones o diatribas.

Las profetas, órganos principales del progreso de la Revelación, cultivan los motivos principales de la religión del Antiguo Testamento, a los que dedican su vida, pagándolo caro con frecuencia, incluso con el martirio: 1) la unicidad y exclusividad divina de Yahvé (continua denuncia y condena de cualquier idolatría); 2) la santidad de Yahvé opuesta a la impureza y pecado de los hombres (moralidad del hombre y del pueblo de Israel), y 3) la esperanza de la salvación del Resto del Pueblo escogido (tras el castigo y el juicio postrero).

Dentro de esa moralidad, basada en el derecho promulgado por Dios, la defensa de los pobres y oprimidos, junto a la denuncia y condena de cualquier violación de su dignidad y de sus derechos, ocupa un lugar preferente en casi todos los profetas, especialmente en los grandes vates sagrados del del siglo VIII, VII y VI a. C.

Dejo ahora de lado, por ser el más conocido y el más extenso, al más grande de ellos, Isaías (s.VIII y sus dos imitaciones posteriores), poeta genial y autor los más hermosos textos proféticos hebreos. Y me quedo con tres contemporáneos suyos, llamados profetas menores. El primero es Amós, pastor del desierto de Judea, que fue expulsado de Israel y volvió a sus habituales ocupaciones. Es el tiempo del próspero reinado de Jeroboán II, cuando el lujo de los grandes resulta un insulto para la miseria de los menos favorecidos, mientras el esplendor del culto oficial encubre la ausencia de una religión verdadera. Amós condena, en nombre de Dios, con el crudo y contundente lenguaje del hombre rural, la vida corrompida de las ciudades, las injusticias sociales, la falsa seguridad que se pone en los ritos sin alma y en los que el alma no se compromete.

Contra Betel y sus casas lujosas:

Sacudiré la casa de invierno / con la casa de verano, / se acabarán las casas de marfil, / y muchas casas desaparecerán, / oráculo de Yahvé (3, 15).

Contra las mujeres de Samaría:

Escuchad esta palabra, vacas de Basán / que moráis en la montaña de Samaría, / las que opimís a los débiles, / las que maltratáis a los pobres… (4, 1).

En su elegía por Israel:

¡Ay de los que convierten en ajenjo el derecho / y tiran por tierra la justicia, / detestan al censor en la Puerta / y aborrecen al que habla con sinceridad! / Pues bien, ya que vosotros pisoteáis al débil / y le cobráis tributo de grano, / habéis construido casas de sillaes, /pero no las habitaréis; / habéis plantado viñas selectas, / pero no cataréis su vino  (5, 7-11).

Contra el culto exterior:

Yo detesto, aborrezco, vuestras fiestas, / no me aplacan vuestras solemnidades. / Si me ofrecéis holocaustos, / no me complazco en vuestras oblaciones,  /ni miro vuestros sacrificios de comunión de novillos cebados.  ¡Aparta de mí el ronroneo de tus canciones, / no quiero oír la salmodia de tus arpas! / ¡Que fluya, sí, el derecho como agua / y la justicia como arroyo perenne! (5, 21-24).