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Antifascistas y anticomunistas

 

         Si, hace ya mucho tiempo, pasó la moda de que los últimos fascistas , para legitimarse a sí mismos, jugaran al anticomunismo, ha llegado ya la hora de que los últimos comunistas, para seguir igualmente legitimándose a sí mismos, dejen de jugar al antifascismo. Los seudo movimientos anti son los residuos que quedan, cuando ya han desaparecido los reales movimientos.

Viaje a Peñafiel (y V)

 

         En el barrio más antiguo de Peñafiel se yergue todavía la Torre del Reloj, otro de los símbolos de la vills, parte un día de la iglesia románica de San Esteban, edificada en 1086 y hundida seis siglos más tarde. En el siglo XVI ya tenía un artefacto relojero, y en 1884 una empresa francesa construyó la maquinaria actual. La campana del Concejo o campana del Reloj data de 1664 y ha sido desde entonces la música que ha marcado toda la vida de la villa, como portavoz de los mensajes del Concejo y de la parroquia a la par. El remontaje del Reloj es manual y su cuerda dura ocho días.

Cerca del Reloj y en el espacio que fue un día Hospital de Peñafiel, se levantó el Centro Cultural actual, en cuyo salón de actos se inauguran, la tarde del lunes, los actos del VI Centenario del nacimiento del Príncipe de Viana, con una película de Mario Camus, con guión de Antonio Gala, producida en 1985 por Televisión Española. Presentan primeramente los actos la dinámica directora del Centro, Juan Ramón y el joven alcalde de Peñafiel. Los tres son breves, claros, intensamente comprometidos con lo que llevan entre manos. La película, en blanco y negro, rodada en buena parte en el castillo de Olite, exhibe excelentes fotogramas y está centrada en unos largos y a veces patéticos diálogos entre el padre malo (Juan II) y el hijo bueno (el príncipe Carlos), en una incesante contienda.

La mañana del martes la dedicamos a visitar la cercana – tres mesetas y tres vallecicos- ciudad segoviana de Cuellar, en Tierra de Pinares, rico conjunto mudéjar y famosa por sus encierros de toros. En su día la recorrí despacio, pero, al entrar esta vez, por la carretera que parte de Quintanilla de Onésimo, me ha deslumbrado, tras visitar la iglesia de san Andrés, el colosal espacio luminoso de las murallas y el castillo de los Alburquerque, incomparable conjunto, todo ello restaurado y renovado como centro que fue de la celebración de las Edades del Hombre, el año 2017. A la vuelta, no podemos dejar de ver, al otro lado del Duero, los célebres viñedos de la marca singular Vega Sicilia, con las hiladas de cepas autónomas en terrenos orgánicos, pequeñas, verticales, con las parras ya incipientes. Referente mundial del buen vino, lo cultivan cinco empresas en España (Ribera de Duero y Rioja) y en Hungría, y lo sirven, con altos preccios, a 4.500 clientes nada menos que en 88 países de todo el mundo

Por la tarde, todavía tenemos tiempo de ver los altares barrocos de la iglesia de San Miguel y de contemplar, en torno a la Torre del Reloj, la red de chimeneas de las bodegas, que asoman sobre la misma tierra, aquí y allí, como gnomos, en la falda occidental del monte del castillo.

Con entusiasmo redoblado, y ya conocidos algunos de los personajes de la fiesta, asistimos a la intervención de Juan Ramón, alma reconocida de la celebración, acompañada con la proyección de espléndidas imágenes bien adaptadas al texto escrito y oral. Bien presentado por su compañero de organización de los actos, el catedrático de Filología griega en la Autónoma de Madrid, originario de Los Arcos, Jesús de la Villa. Como en sucesivas conferencias se estudian las diferentes etapas de la vida de Carlos, nuestro amigo prefiere con acierto, al ser la primera, la síntesis general, aunque poniendo muy de relieve la figura cultural, literaria y artística, del Príncipe. Como es habitual en él, eleva la leyenda casi a la categoría de historia y no deja símbolo sin subrayar y sin explanar. Es fácil de sopesar la admiración del escritor navarro por el nieto de Carlos III de Navarra y por el sobrino de Alfonso V de Aragón, admiración que logra, ahora que estamos en tiempos de vacunas, inocular en los presentes que llenamos, con los rigores impuestos por la pandemia, el cómodo salón.

Creo en el cielo de Dios

 

(Tras las dos profesiones de fe en la Resurrección de Jesús el Cristo, termino con este Credo el Tiempo pascual)

Creo en el cielo de Dios,
que es Dios,
y no en un más allá supramundano,
ni en un cielo metafísico,
ni en un lugar localizado en el espacio,
circuido en el tiempo,
ni en el cielo de los ángeles y los gorriones.

Creo que el cielo de Dios es el reino
de la suma libertad, en continuo, infinito progreso.
Porque amo la vida, porque amo este mundo,
y quiero serle fiel,
no me dejo arrebatar la esperanza en una vida eterna
y resisto la perenne tentación de las fuerzas de la muerte,
el amargo cinismo o la inútil desesperación,
porque busco más justicia y libertad,
más paz y amor, y una vida mucho más plena.

Creo en un Dios eterno.
y, por eterno, venidero y viniente,
heraldo de esperanza, principio y fin de todas las cosas.
Creo en ese Dios, realmente último,
distinto totalmente,
cualitativamente nuevo,
sentido terminante del hombre y del mundo.

Creo en el reino de Dios, dominio y señorío de Dios,
llamado cielo,
ni individualista ni espiritualista,
donde se alabe eternamente a Dios
y se olvide familia, amigos, mundo y universo.
Creo en el cielo, del que nos hablan los Evangelios,
que enseñó Jesus de Nazaret:
árbol de la vida, banquete nupcial,
agua viva, nueva Jerusalén,
armonía, belleza,
comunidad y amor,
por encima de toda experiencia, de todo pensamiento:
lo que el ojo nunca vio ni el oído oyó,
ni hombre alguno pudo imaginar,
preparado por Dios para aquellos que le aman.

Creo en la consumación en Dios del hombre y del mundo.
como vida eterna, justicia perfecta, transcendente amor,
libertad infinita,
definitiva salvación.
Creo que un día seremos liberados de todas nuestras culpas,
liberados de todos nuestros ídolos,
y aceptados por Dios de una vez para siempre .
Creo que aquel día,
la ambigua historia del mundo se hará transparente
y el sentido de esa historia
tendrá la respuesta final
que todos esperamos.

Creo que la creación entera
será liberada de la servidumbre de toda corrupción
y tendrá parte en la gloriosa libertad
de los hijos del Padre.
Creo que entonces será Dios todo en todo
y Él nos hará parte en su propia vida
de eterna, ilimitada, infinita plenitud.
Porque de Él y por Él son todas las cosas.
A Él la gloria por los siglos.

Viaje a Peñafiel (IV)

 

          Por la tarde, la iglesia de San Miguel, la parroquial de Peñafiel, de Renacimiento sobrio, está cerrada y la cercana de San Pablo, la joya del lugar, se abre a las ocho menos cuarto. Sobre los restos del alcázar del rey Alfonso X, su sobrino carnal, el Infante don Juan Manuel (1282-1348), hizo poner en 1324 la primera piedra del exuberante convento dominico, gótico-mudéjar -Bien de Interés Cultural-, todo arcos y ventanales en paredes de piedra y ladrillo, y dos torreones. Fue el autor de El Conde Lucanor duque y príncipe de Villena, señor de Peñafiel y de numerosas villas, mayordomo mayor de los reyes Fernando IV y Alfonso XI, y adelantado mayor de Murcia y Andalucía. En una dependencia de este convento dio a luz, el 29 de mayo de 1421, a Carlos de Aragón y Navarra, Príncipe de Viana, Blanca de Navarra, ex reina de Sicilia y esposa entonces de Juan II de Aragón, hijo de Fernando I de Aragón (también Fernando de Trastámara o Fernando de Antequera), duques ambos de Peñafiel.

Uno de los biznietos de don Juan Manuel mandó construir en una de las cabeceras de la iglesia del convento una capilla funeraria, de piedra caliza muy blanca y minuciosamente labrada, terminada en 1536, en estilo plateresco. En una arqueta de piedra, entre dos escudos de la Casa, reposan los restos del Infante, encontrados en la misma iglesia, el año 1955, en una caja de madera. Por lo demás, la iglesia de San Pablo, hoy del convento de los Padres Pasionistas, es, por dentro y por todos los lados, una iglesia de la Congregación, llena de santos y santas de la misma. Solo una talla de Santo Domingo de Guzmán en una de las capillas nos recuerda el origen dominicano del templo.

La mañana del lunes la dedicamos toda entera a la necrópolis de Pintia, en el municipio de Padilla de Duero, no lejos de Peñafiel. Acostumbrados a visitar castros celtíberos en Navarra, no podíamos dejar de visitar esta imponente necrópolis de los vacceos, primos hermanos de los nuestros. Los vacceos eran un pueblo celta, proveniente del norte de Europa, que fundaron varias ciudades autónomas entre sí, entre ellas, Pintia. Los vacceos ayudaron a los arévacos de Numancia frente a los romanos, que por eso persiguieron a los primeros. Lo cierto es que en el pago de Las Quintanas se descubrió una ciudad destruida por un incendio. Posteriormente, los visigodos de la zona instalaron su necrópolis sobre la antigua ciudad vacceo-romana. Hoy, Las Quintanas son solo un panel informativo en un mar de campos de cereal, regados por aspersión, como todos los campos -sernas o viñedos- de la Ribera del Duero.

Lo importante es aquí la próxima necrópolis de Las Ruedas una de las zonas arqueológicas más famosas de España, Bien de Interés Cultural desde 1993. De una seis hectáreas de extensión, estuvo activa entre el siglo V. a. C y el inicio del II d. C. Cerca de la carretera, junto a un rodal de pinos, entramos a pie libre, sin mediación alguna –se hacen también, en fechas concretas, visitas guiadas- al recinto abierto del yacimiento, en manos, afortunadamente, de la Universidad de Valladolid, tras los muy didácticos paneles que nos ponen al corriente de todo. Y se nos informa claramente de la odisea que ha sido el descubrimiento, la excavación y el estudio del lugar, que sólo ocupa una parte de lo que fue tanto la ciudad como la necrópolis, porque los dueños de las fincas cerealísticas se han negado a vender, por fines culturales, sus posesiones aledañas.

Lo que en primer lugar vemos es una larga extensión de altas piedras calizas, de color blanco y media magnitud, hincadas en el suelo, distribuidas por todo el llano; a la derecha, una hilada de cipreses, y otra de árboles que parecen acompañar a un arroyo, que es el arroyo de La Vega. Los celtas cremaban los cadáveres, ataviados con los elementos propios de su condición social, que, junto a los huesos, eran recogidos en un recipiente cerámico (urna cineraria) y trasladados a un hoyo abierto en el camposanto, donde sus parientes y amigos aportaban comida y bebida en otros recipientes para facilitarles el viaje al más allá. Lajas de piedra, procedentes del próximo cerro de Pajares, servían para señalar las tumbas y permitir la visita, donde se hacían libaciones, se elevaban plegarias…

Centenares de tumbas de incineración se han ido descubriendo en las excavaciones, de las que destacan las vinculadas a la aristocracia pintiana, tanto de guerreros como de mujeres e hijas, algunas de ellas con más de cien piezas. Un porcentaje significativo de tumbas estuvo y está señalado por piedra calizas, clavadas en el suelo, algunas de ellas monumentales, que han dado lugar al topónimo Las Ruedas. Impresionantes son los montones de piedras, donde se incineraban los cadáveres, y otros parecidos, donde, según costumbre céltica, se exponían los cuerpos de los guerreros muertos en combate, a los que se reservaba el privilegio de ser devorados por los buitres, que llevaban su espíritu a los cielos.

Pero a nosotros todavía nos impresiona más, a veces hasta las lágrimas, ir leyendo, en la zona mejor estudiada, y adornada de cipreses, cada una de las leyendas o epitafios, sobre cada hoyo, escritas por los profesores vallisoletanos, con los años de cada difunto, su sexo, posible oficio, a lo que se añade en muchos casos epitafios clásicos, poemas antiguos o actuales, entre ellos, los del buen poeta vallisoletano Aderito Pérez Calvo (1926-2012). Siento mucho no poder trasladarlos aquí.

En la necrópolis no falta una zona pedagógico-educativa para colegios de niños que la visitan. También en el ángulo sur occidental del cementerio hay unas docenas de epitafios de personas de la zona, enterradas aquí, con su nombre y el muy frecuente atributo: hijo hija de estas tierras. Al final de la escalera que nos sube a la cima de una pequeña pirámide, formada con la tierra excavada en el lugar, hay una pequeña escultura en hierro con una cruz unida a un trisquel céltico. Toda una oración por todos los que descansan aquí.

Viaje a Peñafiel (III)

 

              Ya que aquí, como en muchas partes de España, se come, los domingos, después de las tres, tenemos tiempo para preguntar a un paisano por el asador más próximo:

Siguiendo por esa calle que sube, tienen uno a la derecha y otro a la izquierda.

El primero a la derecha que encontramos se llama El Corralillo, en la calle del mismo nombre. Estamos solos en la terracilla, desde donde se ve el ala occidental del castillo que acabamos de visitar. El dueño se lamenta de los meses de reclusión, pero no ha perdido el humor. El plato no se elige. Aquí es automático: lechazo y ensalada de Peñafiel. Con vino que tampoco se discute. Nosotros no distinguimos entre paz y gloria terrenales.

¿Y qué hacer en esa hora tonta entre la siesta y el tiempo de salir? Pues nos vamos al próximo castillo de Curiel, que nos ha llegado a los ojos varias veces. Basta seguir al río Duratón, que llega fatigado a su destino, y ya casi hemos llegado. El municipio de Curiel tiene 120 habitantes, pero tiene de todo. La iglesia de Santa María, gótico mudéjar del siglo XV. El Museo Etnográfico, ubicado en los antiguos lavaderos. La Escuela del ayer, que era como la mía, hasta en la estufa, que casi nunca funcionaba. La ermita del siglo XVI. El Arco de la Magdalena, uno de las puertas, que se abrían a la muralla, que llegaba hasta el castillo. La iglesia de San Martín, reconstruida como bodega. Y el Rollo y Cruz de Canto.

El castillo de Curiel no es tan elemental y vertical como parece desde lejos. Se diría que es un bonsái del de Peñafiel. Pero ¡ojo!, que es mucho más antiguo, construido en la Alta Edad Media sobre el castellum romano, levantado a la vez sobre un oppidum de la Edad de Bronce, como lo revelan unos fosos bien visibles. Fue un castillo eje en la repoblación del Valle y punto estratégico para su control, propiedad de varios reyes leoneses y castellanos, y hasta parte de la dote de varias reinas, como Berenguela de Castilla y Catalina de Plantagenet. Hecho una ruina hace unas décadas, una empresa hotelera lo reedificó y convirtió en una Posada Real, a comienzos de este siglo. En este momento, la maldita pandemia lo tiene cerrado.

Pero Curiel tiene otro castillo, el castillo llano, en la parte baja del pueblo, el castillo-palacio de los Zúñiga, levantado el año 1410 por Diego López de Estuniga o Zúñiga, procedente en línea directa del primer caudillo navarro Íñigo Arista. Se conservan solo dos torres y el paño de muralla entre ellas. Las ruinas del interior, donde se encienden las flores de mayo, es espectacular. El palacio pasó a la Casa de Osuna. Y en 1920, su enésimo propietario lo vendió a trozos al mejor postor, de España o de California.

Aúnún hay otro lugar que poder ver y disfrutar en Curiel; el bar en medio del pueblo, regido por un matrimonio polaco, donde se solazan un corro de varones y otro familiar, y nosotros con un café, de nuevo bajo un castillo.Seguro que todos estos vecinos saben bien y lo repiten con frecuencia el refrán identitario de su pueblo, cuando les hablan del pueblo vecino

Buen castiilo tendría Peñafiel / si no tuviera a la vista el de Curiel

Vueltos a Peñafiel, damos una vuelta por calles y plazas, ya conocidas, desde la célebre del Coso hasta el Parque de la Judería, con su playita fluvial. Los títulos actuales del callejero local, como ya anoté la vez anterior, van escritos en una base de madera, en la que se escriben también los nombres anteriores, muy diversos entre 1931 y 2000, año de la iniciativa.

Viaje a Peñafiel (II)

 

                        Con el sol primaveral y el suave cierzo que nos acompaña estos días, nos vamos, hoy, domingo, al monasterio de Santa María de Valbuena, en la pedanía de San Bernardo, dedicada al más popular de los fundadores del Císter, pasando por extensos viñedos y campos de trigo y cebada, algunos de veza o de ajos, moteados por pequeñas bodegas, pequeñas, nuevas y de diversa y bella factura. En la recepción de la Fundación de la Edades del Hombre -la antigua cocina de la abadía- nos prestan unas audio-guías y con ellas recorremos despaciosamente el viejo cenobio.

Fue fundado en 1143  por la condesa Estefanía Armengol, hija de Armengol V, conde de Urgell, y de su esposa María Pérez, nieta del conde Ansúrez, señor de Valladolid y de otras ciudades castellanas, y hombre clave en el reinado de Alfonso VI. Sus primeros monjes cistercienses vinieron de la abadía francesa de Berdoues o Berdona (Mediodía-Pirineos), filial de la abadía-madre de Morimond, en el Alto Marne. Fue muy protegida y mimada por los papas, los reyes y nobles castellanos, que le donaron numerosas viñas y campos de cereal, molinos  y aceñas, pesqueras o piscarias y salinas, granjas, bosques, huertas, prados y pastos, y toda clase de ganados. Los monjes trajeron de Francia variedades de cepas, que después se hicieron famosas y hoy están entre las mejores del mundo. Llegó a tener bajo su jurisdicción otros siete monasterios en Castilla y Portugal. En el siglo XV, tras un período de decadencia, se le aplicó la reforma de la Congregación de Castilla y dejó de depender de la abadía francesa para pasar a ser filial de la hispana de Poblet. Terminó sus días por la Desamortización de Mendizabal, cuando se pusieron en venta todas las dependencias, excepto la iglesia, que continuó como parroquia del lugar. En 1950, el Instituto Nacional de Colonización, como ya he he dicho, lo compró al último de sus dueños, y la archidiócesis de Valladolid adquirió la propiedad de los edificios monacales. Es Monumento Histórico-Artístico Nacional desde junio de 1931.

El imponente conjunto religioso-civil del siglo XII, rematado por el cimborrio octogonal y la espadaña posterior, alberga la típica igesia cisterciense, clara, sobria y excelsa, llena posteriormente de retablos barrocos, con el luminoso central, atribuido a Pedro de Correas, y otros con obras originales o de discípulos de Gregorio Fernández y Alonso de Berruguete. En esta iglesia celebramos poco después, a las doce menos cuarto, la fiesta grande de Pentecostés con una treintena de vecinos. El coro, muy activo, lo forman cinco mujeres y un varón. El párroco tiene cuatro celebraciones que presidir esta mañana y tiene tanta prisa, que no se le puede seguir ni en el Gloria ni en el Credo, este, además, en su versión niceno-constantinopolitana, más larga y que casi ha olvidado la gente .

Antes hemos visto detenidamente la capilla del Tesoro o de San Pedro, capilla funeraria tal vez, con sus pinturas murales, góticas, que adornan las paredes de varios sarcófagos; el claustro de dos alturas (siglos XIII y XVI, respectivamenre), con las diferentes pandas del mismo: del capítulo (la majestuosa sala de los trabajos, ahora de exposiciones); del refectorio; de la cilla; del mandatum... En las bóvedas y muros del claustro y en algún intradós de los arcos se conservan vestigios de pinturas manieristas de gusto italiano, sobre la Pasión de Cristo, San Bernardo y otros temas, obra de los maestros palentinos de la época, y salvados muy parcialmente, en la última restauración, de la capa de yeso que los borraba desde el siglo XVIII. En las enjutas de la galería superior, gótica y renacentista, se suceden por los cuatro costados cincuenta y dos tondos o medallones, con cabezas de muy buena talla, rodeadas por anillos o por hojas y frutas, que representan niños, jóvenes, adultos y ancianos, tanto varones como mujeres. Solo es bien reconocible  la del emperador Carlos V, firme protector de la Orden cisterciense.

Salimos deslumbrados al Patio del Compás, antiguo patio de huéspedes, donde contemplamos unas bonitas esculturas contemporáneas. Y ponemos rumbo hacia el castillo de Peñafiel, otra de las maravillas de la zona. En mi visita anterior, estaba tan cansado tras pedalear por toda la viila, que aquel alto castillo blanco me pareció inaccesible. Hoy todo ha sido fácil, tan fácil como fantástico. No es que tengamos mucho interés por ver el Museo del Vino, que en él se alberga -visto el Museo Vivanco, de Briones, ¿para qué más?-, y tampoco el castillo imaginario nos entusiasma, tras haber visto tantos castillos falseados. Lo que nos gusta contemplar es Peñafiel desde su castillo, y el castillo como símbolo, santo y seña, corona mural, yelmo blanco y hasta pararrayos histórico de  Peñafiel: pinna fidelis.

Monumento Nacional desde 1917, mide 35 m de anchura y 210 de longitud, y está defendido por una doble muralla. La interior, constituida por 28 cubos y cortinas almenados, y transitables a través de un adarve. En el centro aproximado se yergue, airosa y rebusta, solemne como Minerva, la torre del homenaje, de 34 m de altura y tres plantas. De la primitiva torre, existente ya en el 943, se apoderó Almanzor, cuarenta años más tarde, y fue reconquistada el año 1013 por  el conde Sancho García. Uno de sus alcaides fue Álvar Fáñez, primo hermano del Cid. Fernando III el Santo instituyó el señorío para su hijo Alfonso X, quien lo transfirió a su sobrino el infante Juan Manuel. Este reedificó el conjunto en la primera mitad del XIV. De mano en mano de reyes, cayó en las del  infante Trastámara, Fernando de Antequera, y después en las de su hijo Juan II de Aragón y de Navarra, padre del Príncipe de Viana. Mandado destruir por Juan II de Castilla, fue reeedificado en el siglo XV por el noble Pedro Téllez Girón, maestre de la Orden de Calatrava, cuyos  escudos campean en la torrre principal. El ayuntamienrto actual, propietario del castillo, trabaja denodadamente en la compleja y costosa reconstrucción -la grúa por testigo- del mismo, y en el estudio de su historia y debida divulgación.

La terraza principal es el mejor balcón sobre la villa de Peñafiel, atravesada directamnente desde el sur por el río Duratón, que llega desde Somosierra y, tras hacer unos jeribeques, desagua, a nueve kilómetros al norte, en el padre Duero, que pasa culebreando, o dando saltos orográficos, como se quiera, por el campo de Peñafiel. El campo, mayormente vitivinícola y cerealista, está cercado, en los cuatro puntos cardinales, por un corro de colinas discretas, en las que destaca algún escarpe o espolón, que seguramente cobijó algún oppidum vacceo (celtíbero) y se convirtió, siglos después, en fortaleza, castillo o poblado medieval. Recordamos otros balcones semejantes sobre campos y sobre ríos similares: Lerma, Toro, Zamora, Ledesma, Ciudad Rodrigo…

Pero ya es hora de bajar de tan altas esferas.

 

 

Viaje a Peñafiel (I)

 

         Hace años, estando investigando en Simancas, tomaba en Valladolid un  un autobús, los sábados y domingos, e iba a visitar algún lugar histórico en la provincia o en las provincias cercanas. Uno de ellos fue Peñafiel. Ahora, acompañado y con un coche devorador de tiempo y espacio, vuelvo a la ciudad de los Trastámara, con motivo del VI centenario del nacimiento de Carlos de Aragón y de Navarra (Príncipe de Viana), a los actos de homenaje que organiza el Ayuntamiento de la ciudad y la Junta de Castilla y León, siendo nuestro amigo Juan Ramón Corpas una de las almas del homenaje. Nos lleva hasta allí no sólo la solidaridad con un amigo creador y solidario cultural al mismo tiempo, sino también la exigencia de una presencia navarra, por privada que sea, cuando falta el acompañamiento institucional debido Y todo el mundo sabe por qué.

Desde que por tierras del alfoz de la villa de Roa, que atravesamos por verla, enlazamos con el cantado río Duero, ya no lo dejamos de vista ni tampoco, a derecha e izquierda, bien hincados en tierras aluviales o recostados en las faldas de una larga teoría de colinas, los famosos viñedos de la Ribera del mismo. Y ahí seguía, impasible, incólume, inconfudible, el castillo de Peñafiel, tan blanco como la piedra caliza de sus tierras, sobre una loma estrecha y larga, que muchos escritores han descrito como un buque varado en altas tierras castellanas. Un buque que transporta en sus bodegas, tras su travesía por el mar revuelto de la historia de España, una buena parte de la de Castilla.

Como no hay tiempo que perder en estos casos, nos acercamos, la primera tarde, a la cercana pedanía de San Bernardo, integrada en el pequeño municipio de Valbuena de Duero, dentro del Campo de Peñafiel,  y creada a mediados del siglo XX por el Instituto Nacional de Colonización con los colonos de tres pueblecitos que desaparecerían después bajo el embalse de Buendía en Guadalajara. El poblado que se adorna con unos sencillos jardines delante de cada casa, con una plantación de rosales y de otras plantas y flores, ahora  en pleno esplendor, como pocas veces he visto en lugares parejos, se organizó cerca de la célebre abadía cisterciense, fundada en 1143. Además de la iglesia del monasterio, el claustro y dependencias monacales, el conjunto actual, muy renovado,  alberga la Fundación de las Edades del Hombre, obra cultural señera de Castilla y León, y, adjunto, en otros edificios aledaños, un muy preciado hotel termal. Todo, a unos pocos metros del Duero.

Visto por fuera monasterio, y reservada para el día siguiente la visita, damos un paseo por unos sotos a  orillas del río, dentro de un parque natural, donde en siglos debieron de estar la huerta o huertas, el bosque tal vez, y dependencias agrícolas y ganaderas del Cister de Valbuena.

 

Domingo de Pentecostés

 

Jn 20, 19-23; Lc 24, 36-9; Hech 1, 1-13

 

    Lo contó bellamente el evangelista Juan
en una catequesis parabólica.

Era la tarde del día primero de la semana,
nuestro domigo de Pascua.
Estaban los discípulos de Jesús, no solo los Once,
con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

La paz esté con vosotros,
les dijo Jesús, mostrádoles las manos y el costado.

Y todos se alegraron grandemente.
Repitió el saludo, y añadió:
-Como me ha enviado el Padre, yo os envío.
Sopló entonces con todas sus fuerzas y les dijo:
Recibid el Espíritu Santo. A quienes
perdonéis los pecados, les serán perdonados,
y a quienes se los retengáis, les serán retenidos.

Era la escena fundante de la Iglesia:
experiencia pascual y acción misionera.
La Pascua es presencia gloriosa de Jesús Crucificado,
paz reconfortante, vivaz y creadora,
que ahuyenta el miedo con la gracia de la vida.
El Espíritu es la antigua y nueva creación,
el soplo original del que depende el mundo.
La Pascua se vuelve misión, envío del Padre
y envío del mismo Jesús a todo el mundo.
Gracia creadora de perdón
para una humanidad dividida y enfrentada,
que busca la paz en cualquier lugar y tiempo.

Lucas añade en el libro de los Hechos
la experiencia del mi
smo grupo apostólico,
-incluidas las mujeres y la madre de Jesús y sus hermanos-,
el día grande de Pentecostés, la antigua fiesta de la siega,
la fiesta actual de la alianza renovada.
El Espíritu se describe aquí
impetuosaa ráfaga de viento,
que llenó la casa donde se encontraban,
y unas lenguas como de fuego,
posadas sobre cada uno de ellos.

Todos se llenaron de ese Espíritu
y empezaron a hablar en varias lenguas
con gente de toda etnia y locución,
como, en tiempos de Moisés y de Samuel,
hacían los profetas.
De modo que  muchas personas,
aunque fueran solo las nueve de la mañana,
creyeron que estaban llenos de mosto.
Pero no, era muy pronto.
Era el mosto ferviente del Espíritu Santo.

Últimos aforismos

 

Por eso nos gusta tanto exhibir y exagerar los vicios de los demás: así cultivamos nuestra buena conciencia. Las virtudes y las buenas obras de los otros nos crean, por el contrario, y por comparación, una mala conciencia.

 

W.A. Mozart me parece el músico más pascual. Si Bach y Haydn son los músicos de la pasión y muerte de Cristo, Mozart es el músico de la Resurrección.

 

La pandemia de la Covid-19 es la primera experiencia global y simultánea de una seria fragilidad sanitaria global en un mundo global. Sin duda, una poderosa prueba de cosmopolitismo, de indudables consecuencias.

Política y libertad religiosa

 

                            La religión es un hecho fundamental en la vida y naturaleza humana, y desde la política tenemos que proteger esa gran libertad que contempla nuestra Constitución  en su Artículo 16. Lo dijo nada menos que la vicepresidente primera del Gobierno, Carmen Calvo, en la presentación, días pasados, del programa Municipios por la Tolerancia, iniciativa de la Fundación Pluralismo y Convivencia, que tiene como objetivo ayudar a los ayuntamientos a gestiomar la diversidasd religiosa de forma democrática, inclusiva y plural. Tras comentar la evolución de la diversidad religiosa en nuestro país y calificarla como una realidad que nos ha colocado en un espacio moderno, avanzado y de libertades, confirmó su primera declaración: Yo soy una gran defensora del hecho religioso como una parte connatural de lo humano Soy absolutamente respetuosa, porque la religión y los sentimientos religiosos de diverso tipo salvan Por eso doy un gran valor a las políticas públicas que protegen la libertad y ayudan al culto y al desarrollo de las religiones en nuestro país.

Dejando a un lado ese desgraciado tópico de los sentimientos religiosos, que la vicepresidente del Gobierno sanchista diga eso ya es mucho, y habría que cotejarlo, día a día, con la conducta de su Gobierno para con las religiones que conviven en España. A esto añadió el socialista Abel Cabaallero, alcalde de Vigo, presidente de  la Federacón de Municipios y Concejos de España, colaboradora junto a la Universidad de Deusto de la Fundación, que las religiones tienen  que encontrar el apoyo institucional. Para deshacerse seguidamene en elogios al Gobierno español, como pionero en la defensa de los valores profundos…

Propagandas aparte, la noticia bien merecía haber asomado a los medios informativos, esos que no suelen informar de estas cosas, por carentes de interés.