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Lodosa, la villa de los seis castros (y IV)

 

         Volvemos hacia Lodosa y encontramos pronto el camino para llegar al oppidum más imponente  y espectacular de todos, que es El Castillar-El Viso, doble nombre bien merecido. Nos guiamos sobre todo por los restos del acueducto, que se encuentra debajo de él. Su posición no ofrece duda alguna. Es ahora un lugar de visita y recreo, sobe todo por el panorama que se goza desde aqui, con el Ebro a los pies, el extenso regadío anejo, con  sus variopintas casetas, y la retroescena montana, por donde llegaban las aguas del Odrón y del Linares hasta el acueducto de Alcanadre -Lodosa.

Construido durante el Bonce Final o Hierro Antiguo sobre los cortados levantados por uno de los mayores meandros del río íbero en el tramo más angosto de su paso por Navarra, ocupaba una superficie de 2.800 metros cuadrados Como lugar seguro y defendido no tiene rival. Unos jóvenes lodosanos encontraron en los años setenta restos arqueológicos, que pudo estudiar, una décsda después, un grupo de  investigadores riojanos en los años ochenta. Una pareja de Lodosa que pasa mientras recorremos el  terreno nos indica dónde hicieron las catas.  Hallaron aqui vajillas manufacturadas del Primer Hierro, celtibéricas, romanas y visigodas: lo que prueba su perduración en el tiempo. A pesar de roturaciones en la parte superior, es muy identificable el territorio del poblado, los restos de muralla con lajas de piedra y el perímertro del recinto con muros de tierra y piedra. En el flanco sur, donde se abría el foso, hay ahora una plantación de olivos. Al este y oeste del poblado se abrían los espacios ganaderos y actividades varias, hoy cubiertos por retamas blancas, armuelles glaucos, aliagas, sisallos y artemisas. Hay también una viña y un rodal de almendros.

Sigue viniendo gente al mirador, con una barrera de madera y unos bancos. A esta hora el sol luce más limpio y el cierzo no es demasiado fiero. Apetece quedarse aquí. Pero antes de que se haga tarde queremos ver otro de los primeros castros lodosanos, El Mochón, de 1.500 metros cuadrados, un espolón de yeso con muchas aristas encima del casco viejo de Lodosa, típico castro en altura menor. Aqui también encontraron los jóvenes del pueblo restos arqueológicos, como en el castro anterior. El espeso nivel de cenizas y carbones, donde se enccontraron vasos y cuencos cerámicos, molinos y numerosos restos de fauna doméstica y salvaje hace pensar en un incendio que destruyó el poblado e hizo que sus moradores subieran un centenar de metros más al norte y construyesen un castro más amplio (10.800 meros cuadrados), más alto y mucho má apto para el control del territorio. El Mochón sirvió hasta el siglo pasado de habitación a moradores en cuevas, típicas de muchos pueblos de ls Ribera.

Ese nuevo castro lleva por nombre El Abad, todo un macizo poblado en la Primera Edad del Hierro, donde son bien visibles su alta superficie, roturada hasta tiempos muy recientes,  sus grandes fosos, hoy cubiertos en el flanco occidental por pinares, y los terraplenes de sus murallas de tierra, piedra y yeso. Se identificaron aqui cerámicas celtíberas de gran valor, canas de piedra y molinos varios. Es probable que el incendio patente del castro en el siglo I a. C. fuera obra de las tropas romanas de Sertorio a su paso por aqui, en su viaje desde  su aliada Calahorra hacia  la ciudad berona de Vareia (actual Logroño).

Lodosa, la villa de los seis castros (III)

 

Llegan a donde estamos dos paisanos y una paisana con un perro y les preguntamos sobre el castro El Molino, que debe de estar muy cerca de donde estamos. El más joven nos dice que es de Sartaguda, pero no sabe a ciencia cierta. El mayor piensa que está abajo, a la izquierda, porque allí estaba el molino. Mirando, mirando, creemos verlo:

Ese mogote junto al río tiene que ser.

Dejamos el oppidum de la Torre de Rada, ahora de Velasco. Dejamos también tres parejas de cazadores de conejos, que han estado todo el tiempo disparando, cada pareja separadamente, en unas piezas al otro lado de la pista. Acertamos. Cerca de la Casa del Guarda y a un tiro de piedra lago de las ruinas del molino, está el último resto de un poblado del Bronce Final o Hierro antiguo, a juzgar por unas pocas cerámicas manufacturadas, arrasado por el río Ebro en uno de sus  leves meandros. Tal vez la escollera (esta vez, bloques de piedra, que colocó en la base del río la Confederación Hidrográfica del Ebro, ha salvado el mogote de tierra y piedra que todavía resiste justo en el borde del cauce, sobre el que montan, además, dos postes del tendido eléctrico.

Asomándonos peligrosamente, vemos solo una parte de la muralla defensiva, que guardaba el flanco occidentaal del castro, extendido hacia el este, que hemos visto antes en las fotos de Armendáriz, quien corrigió en su día la interpretación quasi oficial de que se trataba de una obra romana: un muro de poco más de un metro de espesor con doble paramento de piedra caliza de sillarejo calzada con ripios, con relleno compuesto de despojos de la misma piedra y grandes cantos rodados, con un alzado de  2,5 m. La muralla está complemetada por un foso de unos  a 5 a 6 m. de anchura y una profundidad de 3 a 3´5, con el fondo colmatado por tierra y derrubios de la propia muralla.  Desde el otro lado del río se verá mucho mejor. En los alededores de esta ruina se hallaron unas pocas cerámicas manufacturadas. Damos una vuelta por los alrededores para imaginar la terraza aqui levantada, que han ido deshaciendo durante siglos los elementos y los trabajos antrópicos:  un camino ancho con su ribazo lleno de mostazas blancas, una carretera y la caja del Canal de Lodosa.

Un caso parecido de poblado  reducido por otro meandro del rio lo vemos en el término de Las Peñuelas, en el yacimieno llamado El Encinillo, descubierto y estudiado por arqueólogos riojanos a mediados de los ochenta. Encontraron cerámicas acanaladas e incisas, también prpias del Bronce Final y Hierro Antiguo. Debio de ser abandonado en el Hierro Medio, y sus habitantes debieron de correr la misma suerte que los del poblado cercano, El Molino. Su estado actual no solo está deteriorado por el meandro del río, sino, igualmente, por las obras del Canal y por la roturación agrícola.

Partimos hasta Alcanadre (en árabe, el puente, los arcos, el acueducto: Acueducto Alcanadre-Lodosa)), pueblo riojano vecino, de poco más de 600 habitantes, y almorzamos en uno de los rincones de su extenso regadío, al que llegamos por un soberbio paseo con plátanos ya podados.

 

 

Lodosa, la villa de los seis castros (II)

 

        Tomamos el ramal que nos lleva directamente hasta la entrada de Sartaguda, pasamos el puente sobre el Ebro, que un día me tocó inaugurar, y llegamos por un carretil hasta el escarpe nororiental de una terraza pleistocénica, donde se alza la llamada Torre de Rada, llamada antes también Torre de Sartaguda, en el término de Cabizgordo, que llegó a ser un importante enclave medieval, a finales del siglo XV, desde donde se domina un amplio tramo del Ebro entre Lodosa, al fondo occidental, y la cercana Sartaguda, que un día también se llamó Sartaguda del Ebro, plantada en una terraza horizontal sobre  el río, ahora entre pinos al norte, al sur y al oeste.

Pero ¿qué hacemos aqui, si hemos venido a visitar los castros de Lodosa?  Pues, porque hasta el siglo XVIII  este terreno fue de Sartaguda y, porque  junto a  la torre se muestra, y se esconde a la vez, un formidable oppidum celtíbero, de una hectárea de extensión, que descubrió hace unas décadas, como otros muchos, Javier Armendáriz. Pero no nos adelantemos. Sancho Fernández de Velasco (1418?-1493), señor de Arnedo, del linaje de los Haro y de los condestables de Castilla, casado con María Enríquez de Lacarra,  construyó esta torre defensiva en la misma frontera castellano-navarra, que, tres décadas después, dejó de tener carácter militar.

Su propiedad pasó, entre otras, a manos del vizconde de Cardona  y del duque de Altamira, quien en 1768 la donó al ayuntamiento de Lodosa, que, a su vez, la vendió (con sus 5.700 metros cuadrados de terreno) en 1856 al Sindicato de Riegos La Torre, que la revertió de nuevo al consistorio. Esta historia explica el porqué los actuales regidores lodosanos han decidido llamarla Torre de Velasco, ya que la denominación de Rada hace solo referencia a los colonos que en el siglo XX la habitaron. Lo cierto es que en 1970 la familia de Antonio Zabala la abandonó, y, tras ser declarada Bien de Interés Cultural (BIC), el actual ayuntamiento lodosano quiere convertirlo en un centro de utilidad pública. Y para eso Construcciones Leache ha montado allí una grúa, lleva muy adelantada la reconstrucción y limpieza de la torre y de los matacanes, que estaban muy deteriorados.

La torre, de tres pisos, es de planta cuadrada, construida en sillarejo y mampostería y, parcialmente, en sillar, de piedra caliza y arenisca, coronada por matacanes de rollo, y está adosada en su  flanco oriental a  una capilla del siglo XVI, de planta rectangular, de la que quedan los arranques con las nervaduras de las bóvedas de ladrillo y tres contrafuertes. Por la parte sur están desmontando lo que era un amplio corral.

La torre, como he dicho, y las aledañas construcciones tenían un protohistórico precedente, el formidable oppidum celtíbero, en plena Edad del Hierro, coincidente con el ocaso de dos  próximos poblados ribereños, El Molino y El Encinillo, en las mismas orillas del Ebro, cuyos pobladores debieron de buscar un asentamiento más amplio, más seguro y más vistoso, y solo a menos de cuatrocientos metros del río. La estructura del castro, hoy terreno baldío, no es difícil de ver: la muralla, muy rebajada, de tierra y grava, y el foso, muy colmatado, de 5 metros de ancho, muchos más en la parte occidental, y de 3-4 metros de alzada, donde aún se pueden ver trozos  pequeños de piedra arenisca, ajenos al lugar, y que no fueron utilizados en las construcciones de siglos posteriores. En el  terreno fueron encontradas unas pocas vajillas celtibéricas y romanas (sigillata, común y dolia), pero tan pocas, que nos impiden conocer detalles sobre la perduración del castro en época imperial y posteriores.

A 1.400 m de aqui, en el término llamado El Torco (hueco, hoyo, bache, charco grande), Armendáriz descubrió un yacimiento agrícola, con cerámicas celtibéricas, subordinado seguramente al que acabo de describir, muy dañado por las obras del Canal de Lodosa.

Lodosa, la villa de los seis castros (I)

 

          Tras el ciclo Neolítico- Calcolítico-Edad del Bronce, desde el V milenio antes de Cristo hasta El Bronce tardío, un nuevo modelo socio-económico comienza a experimentarse, a partir de los siglos XII-X,  desde el sur de lo que un día se llamaría Francia, desplegándose por la Cerdaña, y llegando hata la Península, que por algo se llamará Ibérica, por los pasos naturales del Pirineo Centro-Oriental.  Bien es verdad que sin cambios bruscos, que sepamos, y con la dilatada duración habitual de tales fenómenos colectivos, siendo los poblados estables levantados en las cuencas Segre-Cinca los primeros modelos de esa nueva cultura. Desde el Bajo Aragón, el cambio llega al Valle del Ebro en Navarra, y llega hasta el interior de la actual Álava (La Hoya, Laguardia) y el Alto Valle del Duero. El riguroso estudio del yacimiento El Alto de la Cruz, en Cortes, nos ha servido del mejor ejemplo para conocer, a través de diversos poblados superpuestos, los cambios acaecidos  desde el siglo IX  anterior a nuestra Era.

Al visitar el singular y antiquísimo yacimiento de Los Cascajos en Los Arcos, hablé, siempre siguiendo a nuestro maestro Javier Armendáriz, de aquella cultura llamada  Campos de Hoyos (asentamientos de cabañas y chozas al aire libre) y de su relativa extensión por la zona de la actual Merindad de Estella y por el corredor en dirección a Pamplona. Las innovaciones y transformaciones que trae la nueva cultura, que tomará en nombre de Campos de Urnas irán asentándose en lo que hoy es Navarra en los primeros siglos del primer milenio antes de Cristo, época del Bronce final y comienzos de la Edad del Hierro (s. VIII, a. 725 a. C.). Limitándome ahora a la Ribera de Navarra, vemos durante estos siglos el abandono de numerosas  poblaciones que habitaban áreas interiores de la Ribera Baja -Bardenas- y Alta  para asentarse en las fértiles llanuras aluviales del Ebro, Arga, Aragón y Cidacos. Son poblados expansivos, compactos y fortificados comunitariamente con murallas, fosos, torres, y estacas de madera; en altura o en llano, pero siempre buscando la mejor posición defensiva, de control del territorio y hasta de visibilidad estética y prevalente; urbanizados mediante una calle central, con manzanas de casas de planta rectangular, sobre zócalo de piedra de yeso, arenisca o caliza, con aparejo de adobe y techo común de paja y ramas; con economía de base cerealista y carne de cabaña ganadera, y, en su caso, de frutos de regadío; con nuevos servicios cerámicos (vasoss manufacturados, ricamente decorados con motivos geométricos con técnicas de escisión e incisión); desarrollo de la metalurgia en adornos, armas y herramientas; uso del caballo, y cremación de cadáveres en necrópolis separadas de los poblados.

Conviene recordar, aunque sea tan someramente, todo esto, antes de visitar algunos de los yacimientos de Lodosa, todos en torno al río Ebro, villa que, tal vez a la par de Los Arcos, tiene la primacía de yacimientos y monumentos arqueológicos en Navarra.

Nos acercamos a la próspera villa fuvial, cuyo parque describí no hace mucho, en uno de los primeros días del año 2022, con un sol entrenubado y un frío moderado e incitador, por ese nuevo laberinto, esta vez seguro y claro, de carreteras, que rodean a dos de los castros montanos encima del casco histórico: El Abad y El Mochón. ¿Fue este último el primer oppidum o castro lodosano? Le disputan ese honor El Molino, El Encinillo y El Castillar-El Viso

Bautismo de Jesús

 

Mc 1, 7-11; Lc 3, 15-16; 21-22; Mt 3, 11-17; Jn 1, 25-34

Cuando muchos se preguntaban
si Juan era el Mesías, el Ungido de Dios,
Juan les aclaró:

Yo os bautizo con agua,
pero está a punto de llegar
el que es más fuerte que yo,
a quien no soy digno de desatar
(oficio de esclavos no judíos)
la correa de sus sandalias.
Él os bautizará
con el espíritu salvífico de Dios.

                   …

Jesús fue bautizado por Juan.
La Iglesia primitiva aprovechó
varios textos del Antiguo Testamento
midrás literario-apologético
para explicar desde el primer momento
quién era Jesús, el bautizado,
muy superior a Juan, su bautizador,
Y contó que los cielos se rasgaron
mientras oraba Jesús tras su bautismo,
y  descendió sobre él el Espíritu                                                 Is 11, 2; 61, 1
en forma corporal de paloma,
con el lema sonoro;           

Tú eres mi hijo amado,
a quien tanto quiero                                                                        Is 42, 1

Porque él es el anunciado por Juan, 
el que bautiza con el Espíritu de Dios.
Hijo de Dios, ungido por Dios,                                                    Sal 2, 7
el  davídico Mesías  prometido.
El Hijo amado del Padre,
el siervo de Yahvé,                                                                        Is 52, 13-53
enviado a un pueblo pecador.                                                                    

 

        

Libros y músicas de Navidad

 

                  Me paso estos dos días siguientes a la Epifanía terminando de leer los libros sobre la Navidad y terminando de escuchar mi música preferida navideña, además de los villancicos populares, que escucho y gozo a todas horas. En cambio,  he dejado de lado, casi sin darme cuenta de ello, el mundo de la pintura, que otros años solía ser una fuente de inspiración de los poemas. Este año, la verdad, no ha habido novedades. Me he dedicado más a componer poemas, entre ellos algún villancico, y a repasar libros recientes de exégetas norteamericanos, entre los que no puede faltar el que me abrió la visión de la nueva exégesis cristiana -protestante y católica- acerca de los protoevangelios de Mateo y Lucas, el veterano Raymond E. Brown, autor de The Birth of the Messiah (1979), traducido ya al español por mi condicípulo de Comillas, Teodoro Larriba, en 1982: El Nacimiento del Mesías. Comentario a los Relatos de la Infancia. Fue juzgado en su aparición como definitivo y magistral.

En cuanto a la música, tampoco he innovado nada, salvo alguna canción popular que no conocía o alguna que he sacado del baúl de la memoria de mi infancia y que me ha servido de musiquilla pegadiza todo el tiempo. De entre los clásicos, Bach, Händel, Vivaldi…, he vivido y  revivido de manera especial  el Weihnachtsoratorium, no en mi habitual versión de J. E. Gardiner, sino en en la Nikolaus Harnoncourt (1929-2016, grabada en 1982 para la  televisión austríaca, en la iglesia del monasterio de Wallhausen, con el coro de niños de Tölz haciendo de sopranos y contraltos, como en los tiempos del autor. No puedo prescindir del Oratorio bachiano, y sin él, como sin villancicos, no puedo vivir la Navidad. La música me compensa con creces la letra, de un excesivo a veces pietismo intimista y efusivo, y hay arias, corales y coros, de los que no puedo salir, comenzando por los seis versos primeros del primer coro:  Jauchzet, frohlocket, auf, preiset die Tage, que estoy seguro, cantan todos los bienaventurados en el cielo de Dios.

Los Reyes Magos

 

                                                               Los Reyes Magos
                                                               son los culpables
                                                               de los regalos.

                                                                         ***

                                                               Fueron modelos,
                                                               fueron dechados:
                                                               los regalantes
                                                               y el regalado.

                                                               Los Reyes Magos…

                                                              No por el oro,
                                                              que siempre es caro;
                                                              la mira y el incienso,
                                                              que son muy raros.

                                                               Los Reyes Magos…

                                                              Pero nos fueron
                                                              acostumbrando
                                                              en cualquier tiempo
                                                              y  espacio

                                                              Los Reyes Magos…

                                                             a llevar siempre
                                                             a do vayamos
                                                             una cosita
                                                             debajo el brazo,

                                                             Los Reyes Magos…

                                                             o, si es posible,
                                                             entre las manos:
                                                             no siempre cofre
                                                             ni relicario.

                                                             Los Reyes Magos…

                                                             Presente a veces
                                                             lo apellidamos,
                                                             de tan presente
                                                             que lo estimamos.

                                                             Los Reyes Magos…

                                                             A veces donativo.
                                                             Mejor, regalo,
                                                             porque con él
                                                             nos regalamos.

                                                             Los Reyes Magos…

                                                            Por eso son
                                                            los reyes, magos.
                                                            No lo serían
                                                            sin los regalos.

                                                                      ***

                                                            Los Reyes Magos
                                                            son los culpables
                                                            de los regalos.

Nueva parábola sobre los Magos

 

A María no se le ocurrió
escribir una carta a los Reyes.
Eran tan malos todos los conocidos,
tan tiránicos y aviesos, tan crueles…
Por eso, cuando un día llegaron,
según Mateo, tres magos desde Oriente,
José pensó que, por los regalos,
aquellos magos parecían reyes.
María se atrevió a preguntar:
Con perdón, ¿qué profesión tienen ustedes?
Los tres, cansados de responder
a esa misma pregunta tantas veces,
respondieron de consuno: –Astrólogos,
que estudiamos lo que los cielos contienen,
y adivinos también de esta tierra,
que buscamos la verdad donde estuviere.
No tenemos tronos ni palacios
ni nada de cuanto se le pareciere.

No supo José qué contestar
a razones tan serias, tan congruentes,
y entonces María agradeció
los regalos de los tres, y doblemente.

En el Cabezo de la Mesa, Ablitas

 

                 La Asociación Patrimonio Ablitas nos presenta una de las más ricas y variadas ofertas arqueológicas que puede ofrecer cualquier población navarra: un castillo restaurado, una calzada romana ejemplar, una villa romana a punto de terminar su excavación, una iglesia, un oppidum celtíbero, una ruta patrimonial, y las rutas de la judería, de la morería y de los cristianos dentro de la villa. Como ya en otros viajes anteriores di cuenta de algunas de esas opciones, elegimos esta vez el oppidum celtltíbero, que solo lo teníamos visto de lejos.

Es una mañana navideña, que se diría de mayo. Florecen a su gusto los almendros y algunos cerezos ornamentales. Ha llovido mucho, las últimas semanas, y el campo está neto, limpio y alegre, y nos invita con todas sus fuerzas sensuales a gozar de él.

El yesoso Cabezo de la Mesa, como su nonbre indica, es inconfundible y no nos cuesta un segundo dar con él, cosa muy distinta de cuando quisimos encontrar por vez primera la calzada o la villa romanas. Ocupa una privilegiada posición geoestratégica sobre buena parte del Valle del Queiles y terrazas occidentales del Ebro. Estamos ante un poblado de 3 hectáreas dentro de las 8 que tiene la superficie de todo el  cabezo, dedicada seguramenrte en aquel tiempo a la ganaderia y actividades de todo tipo. Entramos por el lado suroeste del mismo, término llamado El Portillo, por donde pasa el actual camino de Ablitas a Mallén, que fue el profundo foso excavado por los primeros pobladores en el  terreno para aislar el poblado y su entorno del montecillo alargado llamado Peñadil. Con un poco de imaginación podemos rehacer parte del foso primitivo y desde ahí seguimos una pista, que nos lleva plácidamente entre espartales, escambrones y variadas plantas menores gipsófilas hasta la cima de la mesa del Cabezo, al que recubren por completo. Los trocitos de yeso del camino, con muy variadas formas, refulgen heridos por el sol y son como señales que nos aseguraran la dirección correcta.

Desde el alto de la Mesa podemos apreciar mejor los tres escarpes o farallones del Cabezo por el norte, el este y el oeste, cediendo terreno por el sur, compuesto de varios cabezos o cabezuelos. La recorremos toda hasta el punto geodésico, en la punta nororiental. Los arqueólogos nos hablan de un foso de 12 metros de anchura, hoy colmatado y cubierto por el espartal, y de una muralla de 2 metros de altura con doble parámetro de sillarejo a seco, y de unas viviendas levantadas sobre las rocas de yeso. Aquí se encontraron cerámicas celtibéricas y molinos de mano del Hierro Medio y Final. Lo que sí son evidentes, con fines defensivos,  las talladuras hechas en la parte exterior de los farallones yesosos, que rebrillan al sol. Más difíciles de encontrar fueron los restos de la primera población, Bronce Final y Hierro Antiguo, perdidos por las laderas del macizo.

No hay indicios de la ocupación romana, pero sí en el llano que rodea al Cabezo, como muestra la villa romana, El Villar. La ocupación celtíbera  del castro debió de coexistir con otros poblamientos menores en los terrenos aledaños: granjas, caserías, centros artesanales, que tenían el aprovechamiento común del pequeño río Mendianique y el arroyo Ginestas. Es posible que la población de la ciudad celtíbera del Cabezo, o parte de ella, se fuera a vivir al nuevo poblamiento celtíbero  de Kaiskata, a partir del siglo II a. C., en el hoy vecino Cascante. También en los vecinos montecillos Monterrey y El Carasol se han enconntrado restos de alguna presencia celtíbera, que así se llaman, tal vez torres defensivas  levantadas con fines de control territorial.

Si desde la terraza del castillo rehabilitado de Ablitas, las vistas eran muchas y vistosas, el pan-orama (todas ls vistas) desde aqui es grandioso: las villas del Queiles: Cascante, Murchante, polígono de las Labradas… y luego, las del Ebro: Fontellas, Cabanillas, Fustiñana, la Bardena Negra, y  entre neblinas, los caseríos de Ribaforada y Mallén. Bajo la orla lejana, serrada y plateada de los Pirineos navarros y aragoneses. A cuatro pasos como quien dice, las laderas nevadas del Moncayo, fulgurantes como espejos. Más cerca aún, Ablitas, con su torre y su castillo restaurado sobre los tejados rojizos de sus nuevas casas. Y la luminosa lámina de la laguna, los vastos olivares, los verdes claros campos de alcachofas y los verdes intensos de bróculi, la inmensa torada de toros rojizos, libres por sus amplios dominios, y los viñedos del Pago de Cirsus, propiedad de un venezolano, en las faldas amoratadas de su fértil colina, con los puntos verdes de sus olivos y cipreses ormanentales, al otro lado de las viñas de los vecinos ablitero.  Y ahí, cerca, ahora sí fácil de contrar, la villa romana, El Villar, cubierta con un dosel de metal y cerrada por ahora para mayor seguridad, y la modélica calzada romada, también entre cipreses romanos, junto a tres rústicos corrales, que parecen más antiguos que ella.

Sobre Juan 1, 1-14

 

Sobre Juan 1, 1-14

 

El Verbo, el Logos, la Palabra
era Dios,
Hijo-Hija
de Dios.
Palabra
de creación.
Vida y luz verdadera,
que a las tinieblas del hombre venció.
En el mundo estaba,
pero el mundo no la conoció.
Vino a su pueblo
y su pueblo no la recibió.
Pero a todos aquellos que la recibieron
los hizo hijos de Dios.
La Palabra, al fin, se hizo carne
y entre nosotros acampó,
y vimos, tras su muerte afrentosa,
la gloria de su Resurrección.

***

Por los siglos, la Palabra
con nosotros se quedó,
para que también nosotros
podamos ignorarla y despreciarla.
Son cosas
de un sumo amor.

Cosas…
                   de Dios.