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El Vaticano hace justicia

 

          Una de las noticias del verano fue la sentencia definitiva del Tribunal de Casación del Estado de la Ciudad del Vaticano, que condenaba a Angelo Caloia, presidente del Instituto para las Obras de Religión (IOR) durante veinte años, y a Gabriele Luzzo, apoderado del mismo, a ocho años y once meses de prisión, y a cinco años al hijo de este último, Lamberto, más la multa impuesta a los tres de 22 millones de euros.  Por delitos de blanqueo de dinero, peculado y apropiación indebida de bienes, tras haber vendido una serie de lujosos edificios donados al Vaticano en  Roma, Milán y Génova a un precio muy inferior al del mercado, embolsándose en su propio beneficio la diferencia, que era transferida a cuentas reservadas en Suiza.

El piadoso Angelo Caloia, de 83 años, fue profesor de Economía Política en la Universidad Católica de Milán, y sustituyó en 1989 en la presidencia del IOR al polémico clérigo norteamericano Paul C. Marcinkus hasta 2009.

Megalitos en Sorogain (y II)

 

        Volvemos el sábado siguiente, con más calma, a Sorogain, con la misma temperatura cálida, pero con cierzo suave, que la hace llevadera. Hoy no vamos a pasar la frontera y queremos visitar despacio los megalitos a un lado y otro de la pista, desde el albergue municipal de tres edificios, Casa Pablo, hasta el puerto de Aztakarri. Vemos de cerca la ruina de la regata Sorogain, seca en la parte alta, y solo con algunos charcos en la baja. Pasan de cuando en cuando algunos coches en las dos direcciones. Unas pocas familias han venido, igual que el sábado anterior, a pasar el día en algunos merenderos del trayecto, especialmente en la campa, donde hay muchos bancos de piedra y bocas de barbacoa, a la sombra de las hayas. También en torno al albergue hay varios automóviles aparcados. Delante del mismo hay un panel con indicación de los principales megalitos de la zona, y dos paneles con mapas de montes, que llevan el curioso título de Sendero de Euskalherria, ¡cuando todos los senderos son de Navarra! Y los mapas llevan ya años aqui. Por todo el valle están distribuidos paneles  con mapas geográficos y ecológicos, que son muy de agadecer.

Hoy vamos a limitarnos a recorrer el amplio corredor que drena en los buenos tiempos la regata Sorogain, que se abre entre los término montañosos, a nuestra izquierda, de Odiego, Odia, Ortxola, Zalaieta e Iturrumburu, y, a nuestra derecha, Arbilleta, Zaraka, Sorogain, Asundegiko Gaina; corredor, que cierra, en dirección a Urepel, el puerto de Aztakarri.

A pocos metros de la casa-refugio, en la orilla este del camino y con orientación norte-sur, esta el dolmen Odiego I. Solo conserva los dos ortostartos laterales de la cámara, aunque se aprecian las dimensiones del túmulo. Sus mateirales, como tantos de la zona, fueron aprovechados para construcciones modernas.

Cercano también a la casa, se halla el dolmen Odiego II, orientado norte-sur; el galgal ha desaparecido casi por completo;  la cámara se conserva intacta con sus dos losas laterales y la cabecera en pie. Siguiendo por la pista, llegamos al dolmen Asundegi, bajo la carretera, salvado por pelos cuando se tendió la carretera actual, sobre cuyo túmulo cayeron materiales  de construcción, que desplazaron  la cámara y la cubierta hacia el este.

Al pie de uno de los montes occidentales vemos la maquinaria con la que acaban de desbrozar unas cuantas hectáreas de maleza, supongo que para el nacimiento de pastos, porque vemos ovejas en las cercanías altas, a un lado y otro del terreno desbrozado.

En la vertiente este del valle pastan vacas pirenaicas y yeguas en una cantidad que no he visto en otros valles navarros. Incluso vemos un rebaño de cabras. Hay varios comederos y bebederos. En algunos mapas clásicos se llama a esta parte Sorolepo. Se para en la carretera una camioneta conducida por una moza. Le pregunto por el nombre del término para asegurarme. Me dice que le pregunte a su madre, que anda, con pañuelo a la cabeza y un cayado entre las vacas. Se lo pregunto y me dice:

-¡Sorogain!

Y de hí no sale. Se queja luego de la falta de pastos y de la sequía. Le digo lo que estamos buscando y me señala la Santxoten Harria, que tenemos cerca.  Es el cromlech más espectacular de la zona, de forma ovalada, muy amplio y de piedras más altas que las habituales, llamado por algunos santuario, cerca de un pequeño barranco y encima de la pista; fue publicado por López Sellés en 1955 y excavado por Pedro Arrese en los ochenta. Un peligro para los ortostatos, estos y cualesquiera otros, es el ganado mayor, que se rasca en ellos llegando a veces hasta tumbarlos.

Quinientos metros, más o menos, hacia arriba, junto a la regata, totalmente seca, localizamos el dolmen Sorogain o Aztakarri, por el monte cercano o el puerto próximo, con una losa en el cráter y el resto esparcidas en derredor. Junto al túmulo, una cista, que parece también funeraria. Al otro lado del puerto, un pastor francés llama a las ovejas que pastan altas y las hace bajar veloces, como un torrente blanquigris. Varios paisanos están con sus coches mirando el paisaje,

Bajamos hasta el albergue y tomamos un refesco en la terraza, donde queda solo una pareja joven. El señor que lleva ahora el refugio municpal se queja de la poca gente que viene los  últimos meses:

Parecía cuando la pandemia que todo el mundo quería vivir en el campo. Pero eso no es verdad. Está claro que la gente prefiere la playa.

A nosotros también nos parece poca gente para ser uno de los días mejores del úiltimo agosto, y un paraje tan bello.

Megalitos en Sorogain (I)

 

         Los calorazos de este último agosto nos disuadieron de salir al campo. Solo un sábado más suave y algunos sábados más templados de septiembre nos animaron a volver cerca de los Pirineos.

El primer día subimos a Sorogain, entre  las moles del Pilotasoro y Mendiaundi, con el cauce de la regata lleno de charcos.  Conocía yo el paraje hasta el albergue, pero no había pasado de alli, a menos que en uno de los encuentros anuales del Valle de Erro de ambas vertientes, a los que me invitaba el excelente alcalde Pedro Mari Murillo, hubiéramos ido más lejos. Esta vez pasamos la frontera imvisible con Francia por un carretil que sobrevuela el abismo y aparcamos, en el lugar del Mirador, al pie de  una ladera en frente del corredor de los Alduides, en cuyo extremo se asienta el pueblo de ese nombre y, a nuestra derecha, el macizo de los Pirineos españoles y franceses. A un lado vemos el campanil de la iglesita de Esnazu, y, al otro, entre una hilada de pequeños alcores, los caseríos y granjas del pueblo más cerano a Navarra, Urepel, que siempre me recuerda la fiesta del marcaje de las vacas, primer acto oficial al que me invitaron siendo presidente del Parlamento Foral. Mirando más alto, a un lado tenemos las cumbres baztanesas del Auza, el Gorramendi y las peñas de Itxusi, y más cerca de nosotros el macizo de Quinto Real, con el Adi (1459) como su mejor bandera montaraz

Estamos al final del viejo camino que unía Urepel con el collado de Pilotasoro (lugar donde los pastores jugaban a pelota), o Beardegi. Hay otro coche aparcado. Un paisano ya maduro nos saluda, sentado en un poyo natural. Baja de la cumbre de la ladera una pareja joven. Subimos poco a poco hasta la valla de alambre que separa el Valle de Erro de Quinto Real. La hierba está rala y todo el terreno punteado de hollagas abrasadas por los caloresde los últimos meses. Encontramos el dolmen descubierro por Barandiarán en 1948, con las losas desplazadas y el galgal expoliado. Cerca de la valla encontramos el dolmen, que lleva el nombre de Pilotasoro I, semicubierto y vaciado, y recorremos toda la línea para contemplar los seis túmulos del sitio, algunos ya muy desfigurados. Y todavía nosotros inventamos alguno más. En el extremo sur pastan unas ovejas.

El lugar es ideal para yantar y, ahora que se ha la gente, también para sestear. Después bajamos hasta Urepel, seguimos hasta Alduides, y en la terraza de la que fue un día Casa del Valle de Erro, como reza la leyenda encima de la puerta, tomamos un buen café, cosa rara por estos pagos. En frente de la casa hay un panel en castellano y en francés sobre las rutas de evasión de Francia hacia España durante el Gobierno de Vichy y la segunda guerra mundial, hecho en colaboración con el Gobierno de Aragón. Damos una vuelta por el pueblo, donde hay una ikastola católica de primera enseñanza.  Salimos luego por la carretera que une los Alduides con Eugi, atravesando Quinto Real, que tanto nos gusta. Aqui, todavía con sol, nos tomamos un refresco. Y vemos con pena la caída de la lámina de agua, que abastece Pamplona, dentro de una sequía que parece no acabar nunca.

 

Un amigo centenario

          Hoy, 26 de septiembre, llega a sus 100 gloriosos años mi amigo Joaquín María Boneta (Estella, 1922), ingeniero  y humanista, una de mis referencias vitales en la anterior generación, en la que, muerto mi amigo Tarsicio de Azcona, ya quedan muy pocas. Le conocí en la Casa de Misericordia de Pamplona, en la habitación donde residía su hemano sacerdote, Jacinto, orador insigne y escritor, gran dependiente tras un desgraciado accidente doméstico. En los muchos años que estuvo en residencias privadas y públicas, no faltó nunca, por las tardes, su hermano Joaquín. Allí hablamos mucho y nos hicismos amigos. Luego hemos mantenido una constante correspondencia hasta hoy. Joaquín vivió apasionadamente los tiempos de la Segunda República en Estella, de los que hoy es tal vez el único testigo, y puso en mis manos unos preciosos testimonios de ese lustro, que un dia enriquecieron este cuaderno. Es también autor de unas memorias inéditas sobre su etapa dramática en el Madrid de la guerra civil, que alguien debería sacar a la luz para ilustración y aleccionamiento de todos. Huyendo de toda retórica y de todo exceso, cosas que él aborrece, le he felicitado con esta  insulsa coplilla:

Centenario patriarcal
ha llegado a ser Joaquín.
Encomienda de postín
en la tierra
y en la patria celestial.

Domingo, 25 de spetiembre

 

El rico malo y Lázaro (Dios ayuda) el pobre

(Lc 12, 16-21; 16, 19-31)

 

Cuando un día alguien le pidió
que dijera  a su hermano que partiera la herencia paterna
con él,
Jesús, el Maestro, respondió secamente:
¿Quién me constituyó juez o repartidor
entre vosotros?
Él venía a proclamar el reino de Dios a todo su pueblo,

no a repartir, como hacían los maestros de la ley,
herencias terrenas.
Por eso les mandó guardarse de toda codicia
y añadió la breve parábola
-tema ya conocido en los libros
proféticos y sapienciales-
de aquel hombre rico, al que sobraban las cosechas.
Pensó en ampliar los graneros para el trigo,
la bodega para el vino y el trujal para el aceite,
y así poder vivir tranquilo y feliz muchos años:
Descansa, come, bebe y banquetea,
se decía a sí mismo.
Pero Dios le dijo un día:
Necio! esta misma noche,
te reclamarán la vida. Las cosas que preparaste
¿para quien van a ser?
Así es el que atesora riquezas para sí
y no se enriquece en orden a Dios.

Tal vez partiendo de este texto
y de otros equivalentes,
urdió el genio de Lucas la preciosa parábola
del rico malo y Lázaro el pobre,
o del pobre  Lázaro y el rico epulón,
basada en un cuento egipcio demótico del siglo I,
presente también en relatos rabínicos del  tiempo:
inversión de la suerte de pobres y ricos después de la muerte
y celestes heraldos venidos del cielo a los seres mortales.

Los dos compartieron una vida desigual:
mendigo llagado el uno,
yacente junto al portal del rico,
y este otro,
vestido de púrpura y lino, de festín en festín.
Los dos también probaron la muerte.
El rico fue echado en el Hades
y el pobre llevado al seno de Abrahán.
El rico condenado, avezado a mandar,
pidió por dos veces al viejo patriarca

que enviara a Lázaro el pobre
a suavizar sus tormentos
y avisar a sus hermanos vivos en la tierra
que no vivieran como él.
Ya tienen a Moisés y los profetas,
replicó dos veces Abrahán.
Si no oyen a ninguno de los dos,
tampoco harán caso a un muerto resucitado.

 

 

 

 

 

 

 

La parábola del Hijo Pródigo

 

           Aun rompiendo por un día el silencio, que me he impuesto hasta el día 25, no puedo menos de recordar, tras escuchar ayer en la misa del domingo la parábola del Hijo Pródigo, la sorpresa que sufrí, hace un cierto tiempo, cuando supe que los mejores, o muchos de los mejores exégetas de nuestro tiempo, tanto católicos como protestantes, la consideraban una creación del evangelista Lucas. Al parecer de tales sabios biblistas, solo cuatro de todas las parábolas que aparecen en los evangelios tienen la condición de candidatas al codiciado honor de remitirse al Jesús histórico: El grano de mostaza, Los viñadores perversos, La gran cena y Los talentos/las minas.

La parábola del Hijo Pródigo, tal vez la más bella de todas, tiene toda la pinta, por su estructura literaria, por las fuentes de su inspiración, por su vocabulario, por su sintaxis, de ser obra del evangelista griego llamado Lucas, seguramente maestro, predicador, dirigente de una o varias comunidades, hacia el fin del siglo I, que tenía tiempo para escribir pequeñas obras maestras -otras doce parábolas que aparecen en su evangelio también serían suyas-, antes de incorporarlas a su gran proyecto literario; quizás algunas de ellas partiendo de dichos o comparaciones de Jesús. Hay exégetas que afirman que, si la parábola fuera creación del Maestro, él tambien podría ser el autor del evangelio de Lucas (?). Y añaden que estudios detallados de aspectos de la parábola reflejan la clase de conocimientos de la literatura grecorromana, que cabría esperar de un cosmopolita culto en vez de un profeta judío de Galilea. Expresión, por otra parte,  de una cierta teología de la conversión, tiene todas las características de la teología del evangelista. Otro exégeta, Marc Rostoin, mantiene la teoría de que la hermosa parábola podría ser una reelaboración, hecha por Lucas, de la breve y tradicional parábola, o más bien alegoría, sobre Los dos hijos, que trae el evangelista Mateo (21, 28-32).

 

«Biografía no autorizada del PNV»

 

           Tiene razón que le sobra el escritor, ensayista e historiador navarro Fernando Vaquero Oroquieta para estudiar y presentar los numerosos hechos inquietantes de los que ha prescindido la leyenda rosa que, como halo romántico y hasta superterrestre, ha venido coronando la historia no escrita del PNV. Y no es porque no exista una seria y rigurosa bibliografía sobre el partido de Sabino Arana, como se expone al final de este estudio, sino porque la inmensa mayoría  de la gente no la conoce y se queda cándidamente con la leyenda inducida.

Pero bastan los primeros capítulos de esta obra, didáctica y pedagógica sobre todo, para que la leyenda se esfume como las boiras de primavera. Si, además, a esos capítulos fundamentales les añadimos los tan desconocidos que nos hablan de los contactos del PNV con los nazis, con la CIA, y los archiconocidos sobre las relaciones con ETA, que hemos sufrido en nuestras propias carnes, estamos a punto de ver configurada otra leyenda, muy distinta de la anterior, con mucho mayor fundamento histórico.

En algún punto, para ser veraces, habría que matizar y averar bien lo que se dice, por ejemplo, en el que trata de las extravagancias ridículas del arqueólogo Gil en Iruña-Veleia. Yo mismo acabo de enterarme de que la Diputación alavesa, que vio pronto la parodia, le puso fin y la mandó a los tribunales, era en 2007 una Diputación peneuvista, con una valiente consejera de cultura, de EA, e igualmente la Diputación que en 2020, disconforme con la primera y leve sentencia condenatoria, la recurrió pidiendo más años de cárcel y mucho mayores multas, lo que consiguió solo parcialmente un año después.

En cuanto a los últimos decenios de gobiernos del PNV, habría que distinguir bien los regidos por los lehendakaris Ardanza, Imaz o Urkullu del binomio Arzallus-Ibarretxe,  tal vez el período más triste de toda la historia del PNV. Por lo demás, dado el éxito innegable, administrativo, político y electoral del partido-guía en todo el País Vasco, habrá que reconocer lo que las mismas gentes de la vieja zona minera de Vizcaya, otrora feudo del PCE y del PSOE, o de Vitoria, Laguardia y la Ribera, un día plazas fáciles para el PSOE y el PP, me han dicho tantas veces. No es ahí la leyenda rosa la que cuenta, sino la eficacia y la eficiencia de los jelzales, y la inhablidad de los dos grandes partidos españoles, que no han sabido acomodar sus políticas nacionales al microclima vasco. Y me temo que no sea en este caso una nueva leyenda negra.

La vida musical de la catedral de Pamplona

 

                   Aurelio Sagaseta Aríztegui, maestro de la Capilla de Música de la Catedral de Pamplona, acaba de publicar, en la colección Música en la Catedral de Pamplona, el número 7, titulado La vida musical de la Catedral de Pamplona en el siglo XX. Los últimos Beneficiados, en formato de cuaderno, sencillo y elegante a la vez, de 112 páginas. Nueve breves capítulos sobre estructura jurídica de la Capilla de Música; actividad musical y maestros de capilla; organistas y órganos; anecdotario de músicos eclesiásticos de la Capilla;; músicos seglares; componentes de la Capilla de Música desde el último tercio del siglo XX; giras artísticas de la Capilla de Música; enajenación del patrimonio capitular y desubicación del coro central; publicaciones de la Capilla de Música; tres apéndices y cuatro notas a cuatro transcripciones musicales, dos del mismo autor de la publicación.

Todos los capítulos tienen un específico interés, sobre todo siendo tan grande nuestra ignorancia sobre esta preciosa historia. En los tres apéndices nos enteramos de las publicaciones de la Capilla, discos compactos y grabaciones accesibles en la Red. El capítulo sobre las enajenaciones nos guarda una crítica sincera a una gatada que desconocíamos y que merece la natural censura. El anecdotario de músicos eclesiásticos me parece particularmente delicioso, habiendo conocido a varios de los aqui tratados con gentileza delicada y comedida. Entre las Giras de la Capilla leo con nostalgia la memoria de las visitas a las catedrales europeas de Bruselas, Luxemburgo y Estraburgo, que tuve el honor de preparar en el lejano 1994.

Una buena antología de fotos en blanco y negro y en color ilumina y embellece el cuaderno. El conjunto de trabajo tan costoso como eficaz nos lleva a la conclusión objetiva, y sin que aqui se haga blasón de ello, del esplendor sin parigual de la actual Capilla de la Catedral de Pamplona, que es resultado principal de una entera y larga vida del actual maestro, Aurelio Sagaseta, dedicada de lleno a la misma, y  ¡aún está el sol en las bardas!  Pero al mismo tiempo se nos expone aqui la densa y meritoria historia reciente de la misma, su mejor ejecutoria, sin la cual tampoco podríamos entenderla. Lo que nos produce, como dirían los clásicos, un buen verde: un gustazo, un gran placer.

Nuestro Armario

 

         Llevé mi primer lote de ropa y material de farmacia, en los primeros días de la invasión de Ucrania, a una ONG cercana a los jesuita, cuando en cualquier esquina se recogían materiales para el país invadido. Y ayer llevé el segundo, después de mucho preguntar dónde y cuándo recogían ahora cosas para el mismo fin. Y fue en el Colegio Oficial de Enfermería de Pamplona: en la puerta norte. Dos tardes a la semana. Título y reclamo: Nuestro Armario.

Había toda una colmena de gente a la entrada, pero sin rumor y menos  bullicio. Unos entraban y otros salían. Digamos mejor que otras salían. En el local de la recepción, un sin fin de cajas de zapatos nuevos y multitud de lotes de calcetines, calzoncillos, bragas, camisas, camisetas, pañuelos y demás ropas de vestir, fruto de donaciones de comercios, tiendas y particulares. Dos enfermeras veteranas y amables atendían a los donantes. En el local contiguo, con mucha más gente dentro, se exponía, como si de un comercio  sencillo y normal se tratara,  todo lo que,  debidamente revisado y útil, había ingresado, días antes, en el local anterior: vestidos, faldas, camisas, jerseys, chaquetas, pantalones, blusas… Mujeres, jóvenes y chicas ucranianas, mayormente, miraban, sopesaban, calculaban, comparaban, se probaban, elegían y… se llevaban, sin pagar un euro, sin que se afanasen los vigilantes, que no existían, sin que  sonara alarma alguna, aquellas prendas que necesitaban.

Todo en orden, todo discreto; todo sin nombres, sin fotos, sin publicidad ni propaganda alguna. Con el lenguaje, humano, silencioso y cotidiano, de la solidaridad.