¿Autonomía o aislamiento?

 

         En la democracia moderna, como en la antigua, hay una fuerza centrífuga e individualista, que lleva a las personas que viven en sociedad a ser propietarios de sí mismos, por encima de cualquier vínculo social, y también una fuerza centrípeta, que induce a las mismas personas a crear vínculos comunes, que crean a la vez comunicación, solidaridad y ámbitos diversos de copertenencia. El equilibrio estable de las dos fuerzas hace posible la sociedad de hombres libres y solidarios, que componen la verdadera sociedad democrática.

Si uno de los excesos de esta sociedad es la masificación, otro es el aislamiento. Las estadísticas actuales alertan cada día sobre las muchas personas que viven  y mueren  solas en los países ricos, llegando en algunos casos hasta la mitad de la población, y nos asustan con algunas de las consecuencias públicas de esa soledad: consumo de antidepresivos, insomnios, infartos, demencias, suicidios… En Gran Bretaña, han obligado a Teresa May a nombrar un ministrro que se encargue de la soledad. Lo cierto es que en  algunos países, que pasaban por ser los más adelantados y prósperos, el ideal de autonomía empujó, hace ya medio siglo, a ciertos líderes políticos a conseguir que nigúna persona adulta dependiera económicamente de ningún familiar. Se formó así una sociedad de solitarios, que sólo dejan de serlo cuando sus necesidades -generalmente, en una edad muy avanzada- los entregan a los cuidados de la asistencia social. El documental del ítalo-sueco Erik Gandini, La teoría sueca del amor (2015), que presenta la ingeniería social del individualismo de Estado, nos acerca a esa triste realidad.

Lo cual no puede ni debe llevarnos a la ilusión de que otros tiempos, muy distintos a los nuestros, denominados patriarcales, agrario-tradicionales, fueran mucho mejores. La búsqueda del equilibrio necesario entre sociedad y soledad, entre libertad y solidaridad, entre  aislamiento y masificación sólo puede llevarse a cabo y encontrar salidas airosas, y no solo fortuitas, en nuesrtra misma sociedad contemporánea, no sólo con todos los abundantes medios a nuestro alcalce, sino sobre todo con el ejercicio de todas las virtudes posibles, que hacen la vida justa, la única que debe aspirar el hombre.