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¿En qué punto estamos?

 

       Con el relato liberal universal -único superviviente de los tres que dominaron el siglo pasado- muy debilitado, sobre todo después de la elección de Trump y del triunfo del Brexit; sin alternativa clara por parte del comunismo chino o norcoreano; del nacionalismo ruso; del islamismo asiático y africano, o de la revolución de los pobres del mundo. Cuando las revoluciones en la  tecnología de la información y en la biotecnología, capaces de desbordar todas las instancias políticas y económicas del planeta, se hallan todavía en una fase temprana. Cuando el mundo entero está empezando a dar los primeros pasos decisivos frente al temido colapso ecológico, la amenaza mayor hasta la irrupción de la pandemia del coronavirus en los cinco continentes…

todavía podemos decir, a día de hoy, que la actual peste vírica mata a menos personas que la vejez y que las enfermedades ordinarias; que el hambre mata a menos personas que la obesidad, y que la violencia mata menos, cada día, que los accidentes. Y todo esto, por vez primera en la historia desde hace muchos años, a pesar del auge del coronavirus, hoy 25 de abril de 2020.

Esperemos que la peste de este año de desgracia no cambie el signo positivo de esta era histórica.

Los panes y los peces

 

     Al leer y escuchar hoy el evangelio del evangelista Juan sobre la mutiplicación de los panes y de los peces (Jn 6, 1-15) y, al compararlo con los relatos del resto de los evangelistas, recuerdo lo que ya en otra página de este Cuaderno dije sobre esos textos. Los exégetas de hoy están lejos de comentar esa ación tan popular de Jesús como el cuento prodigioso que nos contaron de niños, entre otras maravillas de Jesús. Porque Jesús habla en esa o esas ocaciones de sí mismo como alimento de una turba hambrienta y necesitada de sustento y de consuelo. El pan y el pez representan a Jesús en la antigua Iglesia.  Y toda eucaristía o acción de  gracias, cena de fraternidad, fiesta de comunicación, de comunión entrañable, lo es  por el alimento recibido con alegría de Dios y multiplicado entre la gente, no sólo a través de la Palabra del Maestro, sino de la entrega de su cuerpo, partido por nosotros, y de su sangre derramada para nuestra salvación, imitada por sus discípulos. Las doce canastas de pan que sobraron en una ocasión significan las doce tribus de Israel, y las siete que sobraron en otra la idea de la perfección y la plenitud.

No hay Iglesia sin ese partir el pan y beber el vino de la donación y de la generosidad. Tampoco sociedad que merezca ese nombre. En estos tiempos de pandemia y de grave crisis económica, viendo las múltiples muestras de desprendimiento, de sacrificio, de comunicación, de solidaridad, de compasión, es fácil entender el sentido del milagro de Jesús y de los milagros llevados a cabo por todas las personas, a las que mueve la compasión y el amor, sean o no creyentes en su nombre. Muchos son ya los que dentro o fuera de la Iglesia lo entienden así, y vienen tiempos graves en los que lo entenderán mejor. Y en tiempos próximos sera aún más evidente que sin la continua multiplicación de panes y peces no habra ni política, ni economía, ni sociedad, ni religión, ni humanidad posible.

Últimos aforismos

 

Querer creer en Dios es ya creer ante Dios. Porque quien quiere creer quiere amar, y quien quiere amar ya ama. Y quien ama cree de verdad.

Después de mucho patatín y patatán, le dio un patatús.

Primero, la vida, y luego el cine, ha dicho el ministro de Cultura y Deporte en medio de la pandemia. Pero el caso es que no hay vida normal sin cine, es decir, sin cultura, sin deporte.

Un finado es un ser humano, al que le ha llegado su fin. Un con-finado es un ser humano al que, vg., en caso de pandemia, le ordenan recluirse para evitar esa posibilidad.

 

 

 

 

Diálogo entre creyentes y no creyentes (y II)

 

          La respuesta que recibió del periodista Arcadi Espada, bien conocido en este Cuaderno, debió de confirmar grandemente la experiencia de la que se lamentaba en su exposición el teólogo José Ignacio González Faus. Tras una maligna alusión a la citada Rahola, santa de la antidevoción de Espada, éste va directo a la cosa: la relación de nuestros contemporáneos con el que los cristianos llaman Cristo no tiene nada que ver con la fobia, sino con la indiferencia. No es que Cristo haya muerto, es que ha dejado de tener interés. Si, como cualquier otro grandioso relato del pasado, suscita la atención permamente de los estudiosos y la curiosidad cíclica de las generaciones, su actividad en nuestro mundo ya es similar a la que ejerce una bella y poderosa ruina. ¿A qué llamará Arcadi Espada nuestro mundo?

Para el periodista catalán, el relato místico cristiano sobre el mundo, al que opone el de la observación del mundo -¡como si los cristianos fueran del todo ajenos a este último!comenzó, hace dos siglos, a hacerse ridículo y tuvo que ser alojado en los dominios regalados de la metáfora, donde sigue. Es un mundo que se va y harían bien los cristianos en reconocerlo. Por cierto, la metáfora ha sido siempre el alojamiento de todo lo que es no rigurosamente medible y pesable, y no sólo lo místico, sino gran parte de lo más valioso que posee el ser humano.

Si los intelectuales naturalistas no leen a los religiosos -¿no son muchos de ellos  religiosos y naturalistas al mismo tiempo!?- es, según Espada, porque no les es necesario, cosa que no ocurre  a la inversa: donde les es tan necesario como coger un avión y comprobar que no se cae. La diferencia es la misma que la que hay entre el rezo y los antibióticos. Es una cuestión puramente técnica: es la imaginación la que necesita a lo real, y no viceversa. Como el comer, exactamente, lo necesita, siendo con lo que trafica y de lo que se alimenta.

Así de sencillo. Claro que, si el cristianismo es solo, como deja caer el mismo autor,  una ficción sobre el hombre –de la que el rezo es fundamental expresión-, o una mera imaginación, todo acaba siendo tan sencillo  o técnico como apunta el célebre periodista Arcadi Espada.

Diálogo entre creyentes y no creyentes (I)

 

         En uno de los últimos números de la misma revista, el  teólogo jesuita valenciano, José Ignacio González Faus, escribe una Carta a un increyente. Comienza mostrando su respeto y su valoración a no creyentes y agnósticos, pero se encuentra con que hay más conocimiento de la increencia y del ateísmo por los cristianos que del cristianismo por los increyentes, al menos en el ámbito de su experiencia. Y entre los ejemplos concretos que aduce, añade que son más los cristianos que conocen a St. Hawking, Dawkins y demás, que los científicos no creyentes que conocen textos de Polkinghorne o D. Edwards. Como son más los cristianos que conocen a Marx que los marxistas que conocen algo de la doctrina social de la Iglesia.

Faus lamenta esta situación, que necesita ser remediada, pues todos los seres humanos nos encontramos unidos ante la unica verdad del hombre, que George Bataille llama súplica sin respuesta, o Fernando Aramburu resignación lúcida, aunque el teólogo valenciano prefiera para esta última la versión espiritualista de Comte-Sponville, en su libro El alma del ateísmo,  que le parece la mejor sistematización de la fe atea que conoce.

El brillante profesor y escritor jesuita constata que el libro religioso apenas se encuentra hoy en librerías especializadas, que sólo suelen existir en las  ciudades, mientras en las ordinarias suele estar en las baldas del esoterismo, magia y ocultismo, y suele ser de mala calidad. Y hasta extiende el ostracismo tácito en nuestro país a todo el pensamiento cristiano, incluidas las televisiones y demás medios informativos.

Reclama por tanto un poco de respeto. Piensa que los cristianos tenemos derecho a eso y que hoy hay buenos escritos cristianos más ponderados y menos agresivos que los de increyentes. Como si al cristiano no le molestase la existencia de increyentes, mientras a estos les molesta la existencia de cristianos. Pilar Rahola ha hablado hace poco de una `cristianofobia sutil´ en nuestro país…

«¿Algún estadista libre?»

 

     El director de la benemérita revista El Ciervo, el siempre ponderado y comedido Jaume Boix, titulaba así uno de sus editoriales del año pasado. Repasaba algunas de las primeras magistraturas del mundo y aterrizaba luego en nuestro país. Repetía con respeto los nombres de los líderes de nuestra Transición, junto al rey Juan Carlos, y se preguntaba: ¿Cuál de los actuales dirigentes, del Rey abajo, resiste una comparación con ellos? (…) Hay una alarmante falta de rigor histórico y una incuria intelectual y política en esa moda creciente de querer acabar con lo que llaman despectivamente el «régimen del 78». Una moda a la que se apuntan partidarios de la España roja, de la España rota, de la antes roja que rota, de la una, grande y libre (libre de rojos, rotos, inmigrantes, elegetebíes, faranduleros, vicetiples y demás chusmas de mal vivir).

Se preguntaba igualmente dónde  están los estadistas capaces de reconducir el desatino de los que abogan por finiquitar el régimen por el que España se constituye en un Estado social y democrático de derecho, diseñado en nuestra Constitución, y  qué es, tras 40 años de éxito, lo que les molesta de ese Estado ¿Por social? ¿Por de derecho? ¿Por monárquico, cuando todos proclaman como ejemplares los países monárquicos europeos?

Para terminar preguntándose de nuevo: ¿Dónde están los estadistas? Si conocen alguno, avísenlo, que  tendrá mucho trabajo y bueno por hacer. O también podemos buscarlos fuera, porque, como cuentan muy bien este número los artículos del premio El Ciervo-Enrique Ferrán, vamos a necesitar cada vez más y mejores inmigrantes. Pues que entren ya.

Segundo domingo de Pascua

 

Contra la primera herejía

(Jn 20, 19-29)

 

¡La paz esté con vosotros!
es saludo y contraseña

de Jesús a los suyos
-primera Iglesia de la historia-,
cerradas las puertas por miedo a los judíos.

No pierde mucho tiempo:
como el Padre le envíó,
así él los envía,
 por el ancho mundo esta vez,
mensajeros de su gracia,
dándoles el poder del perdón de los pecados.

La Pascua es la presencia gloriosa de Jesús crucificado.
Entonces y, poco después,
en la misma Iglesia

hubo quien sostenía que Jesús
era solo un puro espíritu,
que había dejado atrás la memoria de su cuerpo.
Por eso el catequeta evangelista, que es Juan
presenta al Maestro mostrando manos y costado,
regañando a Tomás por no creer
hasta tocar con sus dedos las huellas de su muerte.

La muerte de su cuerpo mortal
continúa la gloria de la Pascua.

Sábado de Pascua

 

La incredulidad de los Once

(Mc 16, 14-16)

 

Ni creyeron a Pedro,
ni a Juan,
ni a sus amigos de Emaús.
Y menos a María Magdalena y sus amigas,
que fueron a la tumba la mañana del domingo.

Hasta que vieron a Jesús,
sentados un día a la mesa.
Les echó entonces en cara
su necia incredulidad,
su espesa dureza
de corazón
por no creer que estaba vivo.

Y fue tal su conmoción,
tan honda desde entonces su confianza
en la persona de Jesús,
que lo dejaron todo
y se fueron por el mundo,
jugándose el tipo,
a predicar la vida y la muerte del Maestro.

 

Viernes de Pascua

 

La pesca de hombres

(Jn 21, 1-14)

 

Era de noche en el lago Tiberíades
y no pescaron nada.

-No hay pesca sin Jesús.

 

Muy de mañana
se llenaban de peces las redes.

-No hay pesca sin Jesús.

 

El discípulo amado
reconoció al Señor

-No hay pesca sin Jesús.

 

Pedro se arrojó entonces al agua
para estar junto a él.

-No hay pesca sin Jesús.

 

Todos ellos eran
pescadores de hombres.

-No hay pesca sin Jesús.

 

Ciento cincuenta y tres
eran los pueblos de la Tierra.

-No hay pesca sin Jesús.

 

Jesús tomó el pan y se lo dio.
Lo mismo hizo con el pez.

-No hay pesca sin Jesús.

Jueves de Pascua

 

Aparición de Jesús a María Magdalena

(Jn, 20, 11-18)

Está del todo claro,
que así lo quiso el evangelista llamado Juan:
Nadie, después de su madre,
le lloró como ella.
Porque nadie le amó como ella,
antes y después de su muerte.
Fue la primera en todo:
la apóstol de los apóstoles,
la discípula predilecta entre los Doce y el resto de discípulos.
Hasta quiso llevarse el cadáver de Jesús,
la mañana del domingo,
del huerto de José de Arimatea,
nuevo edén de salvación y vida nueva.
La única que se arrojó a sus pies y tocó su cuerpo nuevo.
La teóloga que trasmitió el kerigma de la nueva era:
Resucitó Jesús y subió a su Padre,
Dios de todos nosotros.

Mujer curada por Jesús,
de la que echó siete demonios,
fue durante muchos siglos confundida
con una hermosa meretriz,
con una pobre pecadora, perdonada por Jesús:
fácil carne de pintores, escultores, novelistas, hipócritas y enfermizos.
Y apartada así de toda preeminencia
en la Iglesia universal.

***

PD. Santa María Magdalena,
guía a las mujeres
que quieren hacer en esa misma Iglesia
lo que no pudiste tú.